Raúl García Brink
[Canarias Ahora, 26 de marzo de 2008]
Hace ya unos cuantos días que vengo escuchando en los medios de comunicación que Sarkozy propondrá al premier británico Gordon Brown la constitución de un nuevo eje atlántico París-Londres, cuyo pivote fundamental será la promoción de la energía nuclear como alternativa ante la cada vez más acuciante crisis energética.
Es cierto que las fuentes de energías fósiles, es decir, el gas y el petróleo, son recursos finitos, recursos que tarde o temprano terminarán agotándose. Y, claro, no es de extrañar que cada país intente situarse en las mejores condiciones para afrontar no solamente el reto de nuestro futuro energético, sino también el del calentamiento global. Ahora bien: creo que merece la pena reflexionar sobre un asunto fundamental para el futuro de la sociedad mundial y para el futuro de la civilización, al menos bajo los parámetros en los que se ha desenvuelto hasta la actualidad.
Me parece gravísimo y poco serio intentar construir los cimientos de ese nuevo eje estratégico sobre una tecnología cuyas ventajas no están nada claras desde el punto de vista energético y que puede dar lugar a consecuencias imprevisibles desde el punto de vista de la seguridad de las personas, el medio ambiente así como la estabilidad y la paz a escala global. En primer lugar, hay que considerar la baja eficiencia de las centrales térmicas nucleares que apenas aprovechan el 30% de la energía producida. Además tampoco está muy claro que las reservas actuales de uranio puedan abastecer a medio plazo la demanda, sobre todo si se terminan construyendo las centrales previstas en China o Sudáfrica. Y no olvidemos la clara vinculación entre la tecnología nuclear civil y la militar: el hecho de que la guerra fría pertenezca al pasado no debe hacernos olvidar que los arsenales nucleares siguen existiendo. Creo que no me equivoco si digo que una hipotética escalada de la amenaza nuclear en el futuro será directamente proporcional a la extensión y difusión de dicha tecnología, puesto que la línea que separa el uso civil del militar es difusa, por no decir que se confunde claramente.
Resulta desalentador observar cómo otras alternativas más seguras, saludables y pacíficas no han sido reivindicadas como fundamento de la política exterior de ninguna alianza estratégica. Parece como si nuestra civilización y su forma de contemplar el mundo no pudiese ir más allá del crecimiento desbocado que está provocando la esquilmación compulsiva de nuestros recursos. Estoy seguro de que si se inviertese la misma cantidad de dinero en ahorro y eficiencia energética que la que se dedica a investigar y construir centrales atómicas de cuarta generación, lograríamos frenar o, al menos, mitigar el calentamiento global que sufre nuestro planeta. Y puestos a elegir, creo que sería mucho más razonable apostar en una transición hacia las energías limpias por la cogeneración, es decir, por las centrales térmicas de ciclo combinado en la medida en que son mucho más eficientes que las nucleares. Harina de otro costal es debatir por el lugar donde se deben situar las instalaciones de regasificación en Canarias, aunque con lo duro de oído que es el consejero de industria y energía, no sé yo si se sacara algo en claro. O conjeturando todavía un poco más, imagínense ustedes una suerte de coalición internacional cuyos cimientos fuesen la defensa, promoción y desarrollo de las energías renovables.
Claro que esto no sería más que un sueño irrealizable. El concepto de energías renovables tal y como se entiende en la actualidad implica un nivel de democratización energética difícil de concebir con el actual estado de cosas. Diversificar la producción energética, ya sea a escala doméstica o de centrales termosolares, implicaría la pérdida del control de la columna vertebral de nuestra civilización. Piensen en cómo se reduciría el poder de muchos gobiernos o de corporaciones energéticas y petroleras. Así que habrá que esperar a algún think tank de turno encuentre la manera de domesticar las energías renovables y su distribución. Entonces, sin lugar a dudas, las energías renovables se convertirían en el sólido cimiento de ejes, alianzas y acuerdos internacionales.
En resumidas cuentas, la nueva ofensiva nuclear -disfrazada ahora de sostenible y necesaria para cumplir con los objetivos de Kyoto- es una huida hacia adelante inconsciente y un ataque directo al más que razonable desarrollo sostenible. Hace años pensaba que en el siglo XXI se abriría paso un modelo de civilización más sensato y más justo, pero no contaba con tanto Sarkozy suelto por ahí. Todo un error de cálculo, aunque supongo que ellos tampoco contaban con una conciencia ecológica global tan extendida. Lo comido por lo servido: esto no ha hecho más que empezar.
Rafael Cano
10:55 | 27 Marzo 2008 | Permalink
Con la excepción de Francia, hasta que hace poco se aprobó una central en Finlandia, llevábamos décadas sin que consiguieran colocar una en Europa. Lo intentaron, pero no pudieron: la batalla de la opinión pública la habían ganado los ecologistas y los políticos no se habían atrevido a autorizar ninguna central nuclear. Por el contrario, ya había países como Alemania o Suecia donde se había previsto acabar a medio plazo que este tipo de centrales. Ahora, el calentamiento global ha dado alas a la industria nuclear y están dispuestos a aprovecharlas, pero volverá a depender de quién gane la batalla en la opinión pública: si las centrales nucleares continúan siendo impopulares, seguirá vigente la vieja proclama ecologista: ¿Nucleares? No, gracias.
chino cudeiro
11:07 | 27 Marzo 2008 | Permalink
Me temo que lo que está detrás de esa promoción de la energía nuclear es algo bastante más siniestro.
Las grandes potencias necesitan seguir contando con una energía finita que ellos puedan administrar unilateralmente, a través del control de los recursos necesarios para obtenerla. La energía nuclear cuenta con estos requisitos, pues necesita de uranio, un mineral sobre el que las grandes potencias tienen todo el control (la mayoría de minas de extracción pertenecen a Francia y a Inglaterra).
No es cuestión de ser conspiranoicos. Pero tampoco de ser tan ingenuos como para no darnos cuenta de lo que está pasando.