Fernando Marcet Manrique
En Zelig, Woody Allen nos muestra un personaje extremadamente inseguro, tan necesitado de la aprobación de las personas que le rodean, que incluso se transforma físicamente para llegar a ser uno más entre el grupo. Nazi cuando se encuentra entre nazis, judío cuando se encuentra entre judíos, negro cuando vive entre negros. Así es Zelig. Y así somos, en mayor o menor medida, todos y cada uno de nosotros.
Sólo una clase de individuo se encuentra hasta cierto punto por encima de este fenómeno. Yo los llamo autosuficientes sociales. Un psicópata, por ejemplo, es para mí un autosuficiente social, un individuo que carece por completo de empatía. No puede ponerse en el lugar de los demás porque contempla al resto de seres humanos como entes completamente ajenos a él. No necesita la aprobación de nadie, no necesita caer bien, no necesita ser querido, porque para él su mundo interno es todo el mundo. Eso no quiere decir que los autosuficientes sociales sean todos unos psicópatas. Hay muchos grandes líderes; hay también grandes científicos, y pensadores… pero también grandes fanáticos. Porque precisamente una subclase de autosuficientes sociales la representa quienes tienen unas convicciones tan firmes que son incluso capaces de sacrificar la necesidad de caer bien o de hacer amigos con tal de no pasar por encima de dichas convicciones. Esas convicciones pueden proceder de análisis racionales más o menos rigurosos, pero a veces no son más que actos de fe. Actos de fe, incluso, en ocasiones disfrazados de análisis racionales.
En el extremo contrario, podemos ubicar esa necesidad que tenemos los seres humanos de ser aceptados y queridos como forma de explicar algunos fenómenos sociales muy importantes. En Cataluña, y en otros lugares de España, pero sobretodo en Cataluña, el nacionalismo empezó a percibirse como un tipo de aceptación social. Hablar catalán pasó de ser una opción a convertirse en una obligación, si no querías ser marginado y condenado al ostracismo. Eso es algo que sucede en todas las sociedades del mundo. Entre las mujeres aimara de Bolivia encontramos otro buen ejemplo, pues en su pueblo se puso de moda llevar sombreros bombín, de esos que habían exportado los Españoles en el XVI para cambiarlos por plata u oro. Hoy en día no hay ninguna mujer aimara que no lleve el sombrerito. Porque la que osara no llevarlo sería rechazada, y a nadie le gusta sentirse rechazado. Sin ir tan lejos, cualquier canario sabe que una guagua es una guagua, y que decir “autobús” es algo propio de godos, vocablo por tanto inadmisible y socialmente rechazable.
Tenemos, pues, dos grandes antagonismos. Por un lado, autosuficiencia social, por el otro, necesidad de ser admitidos socialmente. Como pasa con casi todos los extremos, en medio hay un espacio que yo voy a llamar “ideal”. Y lo voy a llamar ideal porque considero la autosuficiencia social una patología tan perniciosa como el afán de ser aceptados a toda costa. Del mismo modo que no podemos, como Zelig, estar todo el día “camaleoneando” para adaptarnos a las personas que nos rodean, tampoco podemos tener una imagen de nosotros mismos tan anquilosada y tan inamovible que no nos permita siquiera discutir con quienes muestran ideas distintas de las nuestras.
Pepilla
12:40 | 29 Febrero 2008 | Permalink
Gracias por este comentario, instructivo y enriquecedor. Un análisis exhaustivo y valioso de la mente y sus complejidades. Comparto con usted cada una de las líneas de su escrito.