Jueves, 28 de Febrero de 2008

Superioridad moral

Jorge Marsá

El martes leí en La Provincia una entrevista con Javier Doreste, candidato de Izquierda Unida al Congreso, y la pregunta parecía ineludible: ¿es posible que militen en los partidos políticos de derechas personas decentes, que participen en ellos por convicción, o todos los que se integran en estas organizaciones son gente despreciable que se mueve exclusivamente por interés pecuniario? Para algunos, como Doreste… y muchos otros, la pregunta debe resultar retórica, porque tienen clara la respuesta: “A los partidos de la derecha les une una sola cosa: el dinero”.

En efecto, el titular de la entrevista no dejaba lugar a dudas: hay quienes se consideran tan moralmente superiores a los que no comparten sus ideales políticos que son incapaces de encontrar ni un ápice de dignidad ética en la defensa de otros credos políticos. Esta actitud cainita, esta radical descalificación del adversario político no es, desde luego, característica propia del partido al que pertenece el entrevistado, no es siquiera signo que distinga exclusivamente a los integrantes de los partidos políticos, aunque obligado es reconocer que entre ellos resulta moneda más corriente, mucho más, que en el resto de la sociedad.

Parece ser idea generalmente compartida que el grado de crispación que distingue a la escena política española de otras próximas es responsabilidad de los equipos dirigentes de los dos grandes partidos. Y comparto que ahí residen los principales responsables, pero no los únicos, ni muchos menos. Son amplia mayoría entre los militantes políticos de izquierdas los que actúan como si nos enfrentáramos a una catástrofe de proporciones políticas apocalípticas en caso de que Mariano Rajoy llegara a la presidencia del Gobierno. Y similar la cantidad de militantes de derecha que piensa que el país se va a pique, sin remedio, si José Luis Rodríguez Zapatero permanece un día más al frente del Gobierno.

Este sectarismo radical que no ve más que pura maldad en el adversario, esta ceguera que embota las ideas, distingue a la mayoría de los militantes de los partidos, a no pocos de sus simpatizantes y a algunos ciudadanos también incapaces de pensar por sí mismos sin las muletas de sus prejuicios políticos. Afortunadamente, no constituyen la mayoría de la sociedad española, a la que no hace falta recordarle la obviedad de que el país no se fue a pique a consecuencia de la llegada de Aznar o Zapatero al Gobierno, que simplemente han sido dos malos presidentes, pero no el Apocalipsis.

Me parece que la sociedad en su conjunto está más sana en este aspecto que buena parte de su sector más politizado. Quizá haya que pensar en la militancia política como una actividad de riesgo, porque da toda la impresión de que afecta a la cordura de algunos y que puede acarrear incluso la pérdida de la dignidad personal en otros. O al menos eso es lo que pensaba ayer al leer en Canarias7 las declaraciones de un hombre que siempre consideré limitado, pero no indigno, un hombre manipulado, sí, pero no indecente: “Medina: AC-25M sabía que no podía usar las siluetas”. El presidente de El Guincho acaba de descubrir además que hay otros que hacen lo que el ha hecho durante los últimos años, y le parece mal: “acusó a AC de mezclar al grupo ecologista en esta polémica”. Lo dicho, hay actividades que pueden perjudicar, y gravemente, el entendimiento y la dignidad de una persona.