Francisco J. Chavanel
[Canarias7, 26 de febrero de 2008]
Han pasado casi diez meses desde las elecciones autonómicas, y desde entonces los poderes político y económico permanecen atentos a la pantalla, incapaces de articular un solo movimiento coherente, no sea que la terminen encharcando y les pasen factura los que ganen dentro de dos semanas. Es otra de nuestras excrecencias a eliminar. No somos nada, apenas nadie, si no tenemos a Madrid de nuestra parte. Si no sabemos el nombre del partido vencedor, nuestros interlocutores a la hora de negociar infraestructuras, fueros históricos, subvenciones devenidas por la ultraperiferia, habitamos en Babia, un lugar tan misterioso como inalcanzable.
Todos los movimientos del Gobierno local salido de las últimas elecciones nos da la misma información: están a la espera, en una sala minúscula en la que apenas caben las ambiciones de los socios, tentándose la ropa por si el tiro sale por la culata. ¿Qué han hecho desde que formalizaron su alianza? Aparte del silencio revelador de Soria, Rivero ha pasado de ser un púgil ágil, con ganas de librar el combate en la esquina del contrario, a arroparse en la prudencia, a no responder a la primera, a maldisimular su natural desprecio hacia López Aguilar, a aterrizar de una vez en la gran verdad: que sus cálculos, y los de su organización, podrían estar equivocados…, que la amistad con el PP podría estar llegando a su fin si la necesidad aprieta y los socialistas repiten Ejecutivo en la Nación.
Sólo hay que ver a López Aguilar. Exultante y provocador parece la viva imagen del nuevo sargento de la plantación. Es inocultable su ansioso deseo de venganza después de los malos tragos que le obligaron a pasar (el espectáculo de tratarlo como un despojo durante la investidura de Rivero sobraba). Se marcha a Madrid para que no le crujan más y para, desde allí, seguir la tortura de machacar lo que más odia: el nacionalismo canario que ni le respeta ni le tolera, aunque la aversión es mutua y los pecados compartidos. En este juego falla la verdad. Nada de lo que se dicen se asoma a lo que realmente existe. Si pudieran se eliminarían de la faz de la tierra con el disparo letal de unos cuantos insultos.
Todos sabemos que el compromiso de Rivero con el PP es serio y quiere cumplirlo. Pero Soria conoce CC Tenerife, cómo se las gastan sus coroneles, y el temor de la parroquia a perder comba en su particularísimo duelo pleistocénico con Gran Canaria. En el momento en que encuentren la manera de minimizar los efectos perniciosos de López Aguilar, mediante, seguramente, un pacto con el PSOE local y nacional, todo trasmutará con extraordinaria facilidad. Y si no es así habrá guerra civil en el pacto centro-derecha, en cada uno de los partidos, en cada una de las familias, en cada una de las islas, por lo que habrá que elegir entre la enfermedad y su remedio, que para el caso es como si fuera veneno.
En este tipo de diatribas es en lo que ha estado precisamente esta autonomía en los últimos diez meses. De gobernar muy poco, pues el terreno estaba minado. De negociar con Madrid, nada, ya que el Gobierno central ni siquiera recibió a Rivero. Hemos visto resolución en Paulino, deseos enormes de cambiar ciertos monopolios, encontronazos legales a la hora de aplicar políticas restrictivas para los foráneos, apertura a todos los sectores, recibiéndolos y hablando con ellos sin exclusivismos, pero el coche, sin eufemismos, no camina lo suficiente. En materia económica aún estamos esperando alguna medida para analizarla.
Nada nuevo. Es lo que ocurre cada cuatrienio. Ante tamaña pérdida de tiempo y de esfuerzos inútiles, ¿no sería mejor hacer coincidir las elecciones autonómicas con las nacionales, o preferimos rebozarnos en la salsa de la laxitud y convertir una legislatura de cuatro años en tres?
Su comentario