Nuevamente el líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, ha desaprovechado otra oportunidad para presentarse como alternativa de gobierno frente a Rodríguez Zapatero. Al presidente le basta con dejar hablar al opositor, que le hace buena parte de la campaña y le ofrece, además, numerosas razones para que un buen puñado de españoles vote al PSOE por miedo al PP. En fin, que con enemigos como éstos, quién precisa de asesores de campaña, pensarán los socialistas.
Los populares insisten en esa fallida estrategia de exagerar hasta límites poco creíbles determinadas situaciones, como la coyuntura económica actual. De tanto escenificar catástrofes, los principales errores de Zapatero como la reforma del Estatuto catalán y las características políticas selladas al proceso de negociación con ETA, los salva el presidente por esa insistencia innecesaria de Rajoy en convencer a los que ya tiene convencidos, a sus fieles votantes, con exageraciones de una situación que de por sí, bajo mi punto de vista, constituyeron errores políticos de calado de Zapatero.
A mi modo de ver, no será la izquierda más progre la que se sume al voto fijo del PSOE. Rajoy y el PP parecen empeñados no sólo en renunciar al sector de la ciudadanía de centro indeciso (permítase la definición), segmento clave a mi modo de ver, sino de dejárselo en bandeja al actual presidente. Para pifiarla nuevamente, el aspirante volvió a dar golpes bajos, disparatando con que el presidente “ha traicionado a las víctimas del terrorismo”. Estas deformaciones de la realidad, tan losantianas, que hace fruncir el ceño al moderado ciudadano.
¿Y el debate qué tal? Pues hay que decir que la representación de Zapatero y Rajoy, porque a eso no se le puede llamar debate, fue algo mejor que las actuaciones de los tertulianos profesionales de 59 segundos o el arte moderador partidista de Gabilondo en Cuatro. Ni debate político, ni debate periodístico.