Jueves, 31 de Enero de 2008

Hacer daño

Jorge Marsá

Los medios se hacían eco la semana pasada de la preocupación en el Partido Demócrata de EE. UU. por el tono de la confrontación entre sus principales candidatos a la presidencia, Hillary Clinton y Barack Obama. Y tras la apabullante victoria del último, el sábado en Carolina del Sur, la gran mayoría de los analistas políticos coinciden en que a Hillary le han terminado por pasar factura los ataques de Bill Clinton a Obama. Puede que allí lo entiendan así; pero aquí poco se entiende: porque los ataques del ex-presidente estadounidense parecen tímidas y recatadas alusiones en cuanto los comparamos con los que se gastan en la política española.

Y es que, por desgracia, nos vamos acostumbrando a la bronca permanente que alimentan los políticos de este país, y ya incluso nos resulta extraño lo que es habitual en casi todas las democracias: que los políticos debatan sobre sus propuestas a la sociedad sin insultarse, sin descalificarse, sin considerar que el país está en peligro si gobierna el adversario. Conviene recordarlo, porque quizá se nos esté olvidando: lo que llamamos crispación no es una característica de la política democrática en general, sino de la española en particular.

Obligado es reconocer, no obstante, que ese cainismo que divide a la sociedad en buenos y malos, que traza la raya entre los nuestros y los otros, es una seña de identidad que distingue a esta sociedad de otras, y que ha caracterizado la política española de los dos últimos siglos, exactamente, desde 1808.

En la España actual, los culpables de la crispación política son identificados con facilidad. Desde la izquierda, se culpa al Partido Popular por su impresentable oposición, que a todo se opone sin distingos ni matices, y la conclusión se puede establecer en forma de pregunta: ¿qué se puede esperar de un partido político dirigido por un personaje como Ángel Acebes? Y tienen razón. Desde la derecha, se culpa al Partido Socialista y a sus aliados nacionalistas de una práctica política dirigida a aislar y demonizar al PP que ha fomentado la actual crispación, y se hacen pregunta similar: ¿qué se puede esperar de un partido político dirigido por un personaje como José Blanco? Y tienen razón. Todos tienen razón… y ninguno se equivoca. En nada. Puro sectarismo.

En Canarias, probablemente ha sido José Manuel Soria el político que mejor ha encarnado en los últimos años este espíritu sectario de quien no tiene adversarios sino enemigos. Pero este clon de Aznar ha perdido el trono con el aterrizaje en la política de las Islas de Juan Fernando López Aguilar, el líder socialista, que parece siempre enojado, se ha convertido en el rey del insulto y la descalificación radical de sus oponentes. Las declaraciones públicas de López Aguilar suelen incluir siempre muestras de su “superioridad moral”, de su desprecio por CC y el PP, pero quizá ninguna haya retratado tan bien el crispado espíritu que le anima como la que La Provincia transformó en titular en su edición del domingo: “Aguilar: ‘Desde Madrid hago más daño a CC y PP”.

Al parecer, de eso se trata, de hacer daño. ¡Qué visión de la política la de alguien que considera que el objetivo es hacer el mayor daño posible al adversario! Tristeza provoca el personaje. Pero es verdad que, él como los otros, consiguen hacer daño. Han dañado, y de qué forma, el espacio público de esta sociedad, lo han convertido en terreno yermo para los auténticos debates políticos. Y es que el pensamiento, las ideas, en política como en cualquier actividad, no pueden ni expresarse ni escucharse entre tanto griterío. Aunque quizá sea ése el problema, que ante la falta de ideas, mejor a gritos.