Jorge Marsá
Los medios se hacían eco la semana pasada de la preocupación en el Partido Demócrata de EE. UU. por el tono de la confrontación entre sus principales candidatos a la presidencia, Hillary Clinton y Barack Obama. Y tras la apabullante victoria del último, el sábado en Carolina del Sur, la gran mayoría de los analistas políticos coinciden en que a Hillary le han terminado por pasar factura los ataques de Bill Clinton a Obama. Puede que allí lo entiendan así; pero aquí poco se entiende: porque los ataques del ex-presidente estadounidense parecen tímidas y recatadas alusiones en cuanto los comparamos con los que se gastan en la política española.
Y es que, por desgracia, nos vamos acostumbrando a la bronca permanente que alimentan los políticos de este país, y ya incluso nos resulta extraño lo que es habitual en casi todas las democracias: que los políticos debatan sobre sus propuestas a la sociedad sin insultarse, sin descalificarse, sin considerar que el país está en peligro si gobierna el adversario. Conviene recordarlo, porque quizá se nos esté olvidando: lo que llamamos crispación no es una característica de la política democrática en general, sino de la española en particular.
Obligado es reconocer, no obstante, que ese cainismo que divide a la sociedad en buenos y malos, que traza la raya entre los nuestros y los otros, es una seña de identidad que distingue a esta sociedad de otras, y que ha caracterizado la política española de los dos últimos siglos, exactamente, desde 1808.
En la España actual, los culpables de la crispación política son identificados con facilidad. Desde la izquierda, se culpa al Partido Popular por su impresentable oposición, que a todo se opone sin distingos ni matices, y la conclusión se puede establecer en forma de pregunta: ¿qué se puede esperar de un partido político dirigido por un personaje como Ángel Acebes? Y tienen razón. Desde la derecha, se culpa al Partido Socialista y a sus aliados nacionalistas de una práctica política dirigida a aislar y demonizar al PP que ha fomentado la actual crispación, y se hacen pregunta similar: ¿qué se puede esperar de un partido político dirigido por un personaje como José Blanco? Y tienen razón. Todos tienen razón… y ninguno se equivoca. En nada. Puro sectarismo.
En Canarias, probablemente ha sido José Manuel Soria el político que mejor ha encarnado en los últimos años este espíritu sectario de quien no tiene adversarios sino enemigos. Pero este clon de Aznar ha perdido el trono con el aterrizaje en la política de las Islas de Juan Fernando López Aguilar, el líder socialista, que parece siempre enojado, se ha convertido en el rey del insulto y la descalificación radical de sus oponentes. Las declaraciones públicas de López Aguilar suelen incluir siempre muestras de su “superioridad moral”, de su desprecio por CC y el PP, pero quizá ninguna haya retratado tan bien el crispado espíritu que le anima como la que La Provincia transformó en titular en su edición del domingo: “Aguilar: ‘Desde Madrid hago más daño a CC y PP”.
Al parecer, de eso se trata, de hacer daño. ¡Qué visión de la política la de alguien que considera que el objetivo es hacer el mayor daño posible al adversario! Tristeza provoca el personaje. Pero es verdad que, él como los otros, consiguen hacer daño. Han dañado, y de qué forma, el espacio público de esta sociedad, lo han convertido en terreno yermo para los auténticos debates políticos. Y es que el pensamiento, las ideas, en política como en cualquier actividad, no pueden ni expresarse ni escucharse entre tanto griterío. Aunque quizá sea ése el problema, que ante la falta de ideas, mejor a gritos.
Jorge Marsá
11:39 | 3 Febrero 2008 | Permalink
¿Somos una democracia madura?
J. M. Ruiz Soroa
[El Correo, 3 de febrero de 2008]
Según han referido los periódicos, el presidente del Gobierno lanzó en su balance de legislatura la idea fuerza de que la española es ya una «democracia madura», lo cual permitirá en el futuro diseñar y aplicar las políticas correspondientes mediante la utilización sistemática de la regla de la mayoría. El tiempo del respeto al consenso cruzado entre progresistas y conservadores habría ya cumplido su misión histórica, habría sido algo así como una útil andadera para llegar a la mayoría de edad, pero no sería ya necesario para continuar, precisamente por la madurez alcanzada por el sistema. El único núcleo intangible sería el contenido en la Constitución, pero fuera de él la mayoría que apoya el gobierno puede avanzar según sus propias convicciones ideológicas e intereses pragmáticos, sin atender al criterio de la oposición.
Esta idea merece, a mi juicio, una máxima atención y análisis por varias razones. En primer lugar, porque con toda probabilidad su autor será el próximo presidente de Gobierno. Y en segundo, porque no se trata de una idea más, sino del eje que estructura la visión política de Rodríguez Zapatero para el futuro a medio plazo de España, como se ha demostrado los últimos cuatro años. En efecto, más allá del contenido concreto de las diversas políticas que ha impulsado a lo largo de la legislatura, la inspiración siempre subyacente a ellas ha sido la de apuntalar una mayoría de progreso al margen del principal partido de la oposición, crear un bloque mayoritario estable que permitiese apartar a la que él considera derecha retrógrada de cualquier influencia determinante en el ejercicio del poder político. Lo cual, si tenemos en cuenta el volumen de población representado por esa derecha (prácticamente un tercio del país) sólo puede realizarse sin grandes convulsiones si contamos con un sistema estable que permita absorber los enfrentamientos inevitables que se van a producir. La madurez del sistema es una condición de posibilidad para la nueva política. Por ello, la cuestión a plantearse es la de si el diagnóstico del presidente es o no ajustado a la realidad. Y la respuesta nos interesa a todos, porque todos sufriremos si se equivoca.
En este sentido, lo primero que llama la atención es el carácter voluntarista del diagnóstico, hasta el punto de que se fundamenta en un alto grado en la peripecia personal de quien lo emite. Quiero decir que para Rodríguez Zapatero la sobrevenida madurez del sistema se apoya esencialmente en la circunstancia de que es él precisamente quien ocupa su dirección desde el Gobierno. Mientras estuvo en la oposición, su análisis y consiguiente recomendación era la del pacto universal gobierno-oposición en todos los temas conflictivos, de lo que se deduce que entonces no veía signos de sólida madurez en el sistema. ¿Qué ha cambiado? Nada sustancial sino su llegada al poder. Pero confundir la propia peripecia con el estado objetivo de la sociedad es un paso bastante aventurado, que sólo desde un cierto optimismo solipsista se puede dar.
Yendo a datos más objetivos, conviene indagar en el contenido de este concepto de ‘madurez’ tal como lo aplica el presidente. Indudablemente, conecta con la tipología que teorizó Arendt Lipjhart sobre las democracias ‘tipo Westminster’ o ‘tipo consociativo’, dos modelos ideales o polos extremos entre los que se mueven los diversos casos reales. Mientras que en los modelos consociativos (típicos de la Europa continental) los grandes temas se deciden por consensos cruzados entre las fuerzas políticas opuestas, en el modelo anglosajón de Westminster se priman los gobiernos mayoritarios que desarrollan con plena autonomía sus programas propios, reduciendo a la oposición a un puro papel negativo hasta que le llegue su turno de gobernar. Se supone que España se habría desplazado hacia este modelo Westminster gracias a su adquirida madurez, luego podrían comenzar a practicarse entre nosotros políticas apoyadas en la mayoría sin miedo a las tensiones resultantes. Es de notar, sin embargo, que los politólogos han subrayado que esta forma de gobierno se corresponde con unas sociedades muy concretas, en las que existe un consenso social básico muy amplio y asentado sobre el modelo de sociedad y de país, así como sobre los objetivos generales que debe perseguir la acción pública. Las sociedades anglosajonas (británica, estadounidense o australiana) no están sometidas a las fracturas ideológicas o culturales de las continentales y, precisamente por ello, pueden soportar un estilo de ‘adversary politics’ sin riesgo para su cohesión.
¿Es éste el caso español? Cabe dudarlo. Cierto que existe un consenso estable y básico en el modelo socioeconómico a mantener, lo cual es un dato favorable. Pero subsisten otros desestabilizadores, como son los siguientes. Uno: en nuestra democracia existen actores políticos de relevante importancia (representan al más del 20% de la población y dirigen subgobiernos territoriales) que no aceptan el marco constitucional y se declaran partidarios de ‘cambiar de ley’ a corto plazo (no cambiar la ley, sino cambiar de ley, que es algo auténticamente revolucionario). Existe una línea de fractura territorial u horizontal que hace que España esté como nación en permanente ‘carne viva’. Otro: nuestro sistema democrático no ha sido capaz de absorber y procesar con razonable eficacia unas elecciones celebradas bajo condiciones especiales y toda la legislatura ha estado envenenada por esa incapacidad de procesar y digerir una anomalía (compárese con la facilidad con que el sistema de Estados Unidos resolvió la crisis de las papeletas mariposa en las elecciones de 2000). Da igual quién tenga la culpa de ello, el dato relevante es que el sistema no ha sido capaz de procesar una crisis puntual. Otro más: en nuestra democracia, las instituciones arbitrales más importantes (desde el Poder Judicial hasta el Tribunal Constitucional, pasando por los organismos reguladores sectoriales) están exhibiendo un serio déficit de funcionalidad debido al tironeo partidista a que se han visto sometidas, de manera que el sistema completo está perdiendo aceleradamente sus frenos y contrapesos. Para terminar: un testigo fiable e imparcial como su presidente ha definido el clima generado en el Parlamento por la política adversarial de la última legislatura como «insoportable».
En estas condiciones, definir nuestro sistema político como uno ya maduro para aventuras westminsterianas parece más un ‘wishful thinking’ que un diagnóstico correcto. Lo demuestra una circunstancia añadida: la de que el presidente se queja, precisamente, de que la oposición no ha apoyado al Gobierno en ningún asunto relevante durante su mandato. Lo cual es parcialmente cierto, como es patente. Pero es que, precisamente, en el modelo mayoritario puro la función de la oposición es oponerse a todo y todos, nunca la de colaborar. Con lo que resulta que la queja de Rodríguez Zapatero desmiente su propio diagnóstico.
Combinar políticas de consenso y políticas de mayoría es un arte difícil, al alcance sólo de los prudentes. Reivindicar o idealizar el consenso como receta universal carece de sentido, sobre todo cuando quienes lo reclaman son quienes lo rompieron a su conveniencia en el pasado más próximo. Pero reclamarse de repente tan maduro como para emprender una singladura mayoritaria puede ser arriesgada presunción. Un filósofo como Michael Oakeshott escribía que para una comunidad lo importante no es tanto avanzar rápido o muy lejos, como avanzar todos juntos. Claro que era un conservador confeso, y nuestro presidente no lo es. Pero las buenas ideas, a veces, no tienen color partidista.
Jorge Marsá
11:52 | 4 Febrero 2008 | Permalink
Carnaval, carnaval
Santiago González
[El Correo, 4 de febrero de 2008]
En España, a la política le pasa algo parecido a lo que le ocurría a la cocina, al decir de Julio Camba: que «está demasiado influida por el ajo y las preocupaciones religiosas».
El pollo que se ha montado a cuenta de la nota episcopal remite, aunque sólo vagamente, a la prédica del cura en la secuencia inicial de ‘Divorcio a la italiana’: «Por tanto, queridos y amadísimos conciudadanos, os exhorto a dar vuestro voto a un partido que sea popular, o sea, democrático, y por tanto respetuoso de la fe cristiana. Un partido, para concluir, que sea democrático y cristiano».
¿Es la España de 2008 como la Italia de 1961, año del rodaje de la película de Pietro Germi? No parece. También ha pasado tiempo desde el 13 de octubre de 1931, en que Azaña formuló su célebre y errado «España ha dejado de ser católica». No hay cuestión religiosa. ¿A qué viene entonces tanto lío? Vayamos a los hechos y veamos el párrafo que tanto ha molestado al Gobierno: «El terrorismo es una práctica intrínsecamente perversa, del todo incompatible con una visión moral de la vida justa y razonable. No sólo vulnera gravemente el derecho a la vida y a la libertad, sino que es muestra de la más dura intolerancia y totalitarismo. Una sociedad que quiera ser libre y justa no puede reconocer explícita ni implícitamente a una organización terrorista como representante político de ningún sector de la población, ni puede tenerla como interlocutor político».
Por más que se lea y se relea, no se acierta a ver donde está la perversión. Lo que se ataca en los obispos es el ser, no sus manifestaciones, no sus actos. No ha habido el menor revuelo por la explícita -ésta sí- petición de voto de la Junta Islámica para la izquierda, sin haberlo pedido nunca en los regímenes islamistas a favor de quienes prometan abolir la horca para los homosexuales o erradicar la ablación del clítoris a las niñas. Sin embargo, el párrafo episcopal es irreprochable. Hace muchos años que uno, fuera de la disciplina de la Iglesia, piensa eso mismo y lamenta que la Conferencia Episcopal no haya conseguido inoculárselo a sus prelados vascos. Es más, ese párrafo era la doctrina oficial de los socialistas hasta hace bien poco. Y del PNV de Imaz. Es el Pacto de Ajuria Enea, troncos (ver punto 1º).
El 25 de octubre de 1986 era sábado. Por la mañana, dos terroristas en una moto colocaron una bolsa con un artefacto en el techo del automóvil en el que viajaban el gobernador militar de Guipúzcoa, Rafael Garrido, su mujer y su hijo pequeño. Los tres murieron en el acto.
Aquella misma tarde, Herri Batasuna celebraba una manifestación multitudinaria en Bilbao con el lema ‘Negoziazioaren alde’ (Por la negociación). Los convocantes hicieron una pintada en la plaza del Sagrado Corazón con dicho eslogan. Las Juventudes Socialistas, cuyo secretario general era entonces Patxi López, replicaron escribiendo bajo el grafitti: ‘Negociar, ¿qué?’, a lo que los autores de la pintada original replicaron con una tercera: ‘La paz’.
Hoy sería perfectamente verosímil este diálogo de pintadas, aunque con los protagonistas cambiados. La pintadas de Herri Batasuna las harían hoy los jóvenes (y los no tan jóvenes) socialistas y el ¿qué hay que negociar? lo preguntaría alguien del PP o un obispo. Español, claro. Los prelados vascos, a los que Ramón Jáuregui llamaba al cisma, estarían ayudando a los pintores.
Hace cuatro años, la misma Conferencia Episcopal (bueno, la misma no; entonces sí la presidía Rouco Varela) emitía una nota en cuyo punto 5 se reclamaba el respeto a la legalidad internacional en la guerra de Irak, sin que el Gobierno concernido echara los pies por alto. Si se molestan en buscar, descubrirán que siempre, antes de las elecciones, los obispos recuerdan a la feligresía sus compromisos por pertenecer al club respecto a asuntos como: el aborto, la droga, la familia, el terrorismo y por ahí.
No se entiende que nadie discuta en estos tiempos su derecho a reflexionar en público y a pedir a quienes compartan sus creencias que lo tengan en cuenta a la hora de votar. En realidad, estamos ante una disputa entre católicos. Sólo un creyente puede blasfemar. Ahora que estamos en carnavales, sólo para la gente que observa la Cuaresma tiene sentido pleno esta fiesta de consolación pagana y un poco trasnochada. No es casual que sean los católicos socialistas (Pepe Blanco y Moratinos) los más mosqueados con la curia episcopal. Tampoco que el disfraz más abundante en el entierro de la sardina sea el de obispo o monja embarazada.
Llama la atención, por último, que los profetas de la Alianza de Civilizaciones se muestren tan reactivos contra la jerarquía de la que más cerca nos toca, y no sólo por razón de vecindad. Para encontrar una Iglesia Católica comparable a las teocracias islamistas hay que remontarse diez siglos atrás, a lo más negro de la Edad Media. Lo malo del anticlericalismo elemental y primario que en estos días admiramos los espíritus laicos es el pestazo a ajo que desprende. Y a extemporáneas preocupaciones religiosas.
Jorge Marsá
11:36 | 6 Febrero 2008 | Permalink
Progreso en unidad
Fernando Savater
[UPyD, 4 de febrero de 2008]
A finales del pasado año, casi simultáneamente, tuvieron lugar dos acontecimientos multitudinarios y estentóreos en nuestro país. En el estadio bilbaíno de San Mamés tuvo lugar el partido de fútbol entre las selecciones de Euskadi y Cataluña, dónde con pretexto deportivo se atacó al Estado de Derecho en que vivimos, se insultó a sus instituciones, se vitoreó al grupo terrorista ETA (“la lucha armada es el camino”…¡en catalán!) y se hicieron otras varias patochadas, no por ridículas y adolescentes menos irritantes. Quizá nada demasiado grave, desde luego, pero todo un síntoma de arrogancia separatista a tener en cuenta. Pocas horas después, tuvo lugar en la plaza madrileña de Colón una concentración “en defensa de la familia” dónde los manifestantes contaron con un obispo y medio cardenal por cada diez mil personas, lo cual es un privilegio eclesiástico no pequeño. En ese acto, con pretextos piadosos, se atacó la democracia y uno de sus ingredientes básicos, el laicismo, tan necesario en ella como el sufragio universal. Por supuesto no se trataba en realidad de defender la institución familiar católica, que nadie ataca ni puede señalar la mínima merma en sus derechos, sino de agredir a las otras formas de familia posibles, tan decentes en la sociedad española actual como la más tradicional de las vigentes.
Pues bien, esos dos akelarres (palabra euskérica, por cierto, que significa “prado del macho cabrío o cabrón” y que alude a antiguos rituales de brujería), perfectamente legales ambos –digo yo- y no por ello menos detestables, marcan bien los dos principales extremismos ideológicos, disgregadores y sectarios, que afectan a nuestro país. Sería muy deseable que de las próximas elecciones saliera una mayoría suficiente para combatir contra ambos, es decir para luchar –no verbalmente, sino con reformas institucionales, educativas y hasta constitucionales llegado el caso- en defensa de la unidad del Estado de Derecho y a favor de su laicidad (de la cual es elemento indispensable una buena educación cívica en los centros escolares). Tras repasar los programas electorales de unos y de otros, no encuentro más que un partido que se proponga consecuentemente este objetivo. A ver si adivinan cual es…¿El PSOE? ¿EL PP? ¿Izquierda Unida? Frío, frío…
Jorge Marsá
11:37 | 6 Febrero 2008 | Permalink
Garrafón
David Torres
[El Mundo, 6 de febrero de 2008]
Cuenta la leyenda que a Fernando VII (ese lechuzón cenizo, sanguinario y borbón) le ponían las carambolas de billar tan a huevo como al Invicto los atunes enganchados al anzuelo o los jabalíes atados de una pata, no vaya a ser que el bicho se escapara y montara la Transición antes de tiempo. Más fácil incluso se lo están poniendo a Rajoy, que ha hecho todo lo posible para perder estas elecciones, pero que aún puede superarse.
Nunca hay que subestimar la legendaria capacidad del líder del PP para abrir la boca cuando tocaba cerrarla y para meter la pata en todos los charcos. Lo ha demostrado en todos los frentes: colocándose la chapita de homófobo, probándose la mitra de obispo o lanzando un mensaje navideño en plan jefe del Estado, como si estuviera concursando en una edición monárquica de Operación Triunfo. El último sainete lo montó al decapitar públicamente a Gallardón para demostrar que su proyecto político no tiene ni pies ni cabeza. Y que si alguna vez la tuvo, ahora anda rodando por ahí.
Con un equipo de perdedores probado a sangre y fuego en las últimas elecciones, para que no quepan dudas, Rajoy se ha lanzado a tumba abierta contra el peor Gobierno de la historia de la democracia haciendo la peor oposición. Tiene una clara ventaja: en el circo feliz de Zapatero no es que crezcan los enanos, es que ya los fichan en la NBA. El hombre se acostó con la paloma de la paz para engendrar a Cristo y se despertó con un buitre que acababa de poner el huevo de la muerte en la T-4. Un accidente, dijo, en clara consonancia con las últimas corrientes científicas que defienden que, básicamente, el universo es un error. Más ejemplos: los soldados muertos de Afganistán, que volvían en ataúdes de pana -Alvite dixit-, y los antiguos amiguetes de ANV, los pacíficos corderos batasunos ramoneando en la cárcel la lechuga del rencor.
Con todo, el gran batacazo del zapaterismo ha venido por el lado del bolsillo, que es por donde suelen desfondarse todos los políticos cuyas buenas intenciones rebasan claramente su cociente mental. Rajoy lo tiene a huevo no porque en el ciclo económico toque racha de vacas flacas, ni siquiera porque la lista del paro ya supere netamente la de la compra, sino porque los responsables del Gobierno han usado el desastre para hacer chirigotas de Cádiz. Fernández de la Vega, que se hace fotos con obreros vestida de Dior, y Solbes, que receta conejo contra la inflación.
El ojo caído de Solbes, guiñando cual chica fácil, es el penúltimo enano del circo electoral, el parche pirata que demuestra que el Ibex, más que hacer aguas, se hunde, y que los 400 euros bananeros sólo son el botín prometido tras el abordaje. A la sonrisa de Coca-Cola de Zapatero, Rajoy debería echar un buen chorreón de ginebra, pero lo que nos espera el 9-M es garrafón.