Hace relativamente poco tiempo, el vínculo de los habitantes de la isla con el territorio era mucho más evidente: no sólo la tierra daba de comer, sino que a falta de televisión, Internet, parques infantiles e incluso coches, se intimaba con la naturaleza, digamos que por narices. Sólo hay que remontarse hasta principios de los años setenta para descubrir una isla con casi 35 personas por cada turismo privado –ahora seríamos menos de tres, o sea que cabríamos todos a la vez en ellos y aún podríamos dejar algunos cientos aparcados–, o con unas ingestas de calorías o grasas por debajo de las actuales de Marruecos, por la pobreza y la dependecia de un puñado de productos locales.
Actualmente, nuestra relación con el entorno no es tan básica, y hemos asumido una cierta independencia de él. Por ejemplo, que un año apenas llueva a la mayoría se la trae al pairo, exceptuando el fastidio por la pérdida del disfrute estético que supone ver la isla reverdecer… Pero además, desarrollamos gran parte de nuestro ocio sin ni siquiera salir de casa; manejamos y desechamos despreocupadamente infinidad de sustancias tóxicas; consumimos mucha más agua o energía de la que nos hace falta… En definitiva, hemos roto casi cualquier relación de responsabilidad con el medio que nos envuelve: nos hemos infantilizado. Por otra parte, no es tarea sencilla a estas alturas valorar nuestra repercusión medioambiental: la mesa camilla de nuestro salón bien puede haber puesto su granito de arena a la deforestación amazónica, o la pila que preferimos no reciclar puede acabar intoxicando a un par de peces en un lejano archipiélago tropical. La huella ecológica del occidental medio es, aparte de enorme, peligrosamente difusa.
Por ello, el compromiso y la responsabilidad con el entorno hace tiempo que no son lo que eran: ya no se trata solamente de mantener limpia la playa a la que volveremos a ir, sino de solidarizarnos con personas que viven en el otro extremo del planeta, o de reducir las emisiones de unos residuos que, en caso contrario, tampoco íbamos a ver ni nos iban a molestar, allá en atestados vertederos o flotando en el aire a miles de kilómetros de nuestras narices. Pero además, la mayor parte de nuestra acción positiva al respecto la deberíamos desarrollar en lugares tan poco naturales como el supermercado o nuestro cuarto de baño, con lo cual el despierte y –en el peor de los casos– el absoluto desentendimiento, si no justificados si son cuando menos previsibles.
Al contrario que las generaciones pasadas, podemos elegir entre multitud de opciones de vida e infinidad de maneras de relacionarnos con el territorio que nos alberga, desde el sentido común hasta la mayor voracidad. Y también al contrario que todos ellos, nuestra inmediata supervivencia no depende de ello –otro cantar es lo que suceda con las generaciones venideras–. Se trata, como en muchos otros asuntos, de gestionar adecuadamente nuestro recién estrenado margen de libertades. Una vez que hemos dejado de estar coaccionados por las circunstancias, el siguiente paso debiera ser elegir racionalmente.