Carmen Merino
[Canarias7, 29 de enero de 2008]
Es como si te dieran peces en lugar de proporcionarte una caña y enseñarte a pescar. Esto de los de 400 euros por barba se llama caridad. Los socialistas no gobiernan para los pobres. Sólo lo hacen para los pobres de espíritu, para los que no llegan a percatarse que el Estado no está para taparte un agujero de mierda, para salvarte la cara un mes, sino para invertir en la puesta en marcha de las medidas que sean adecuadas para evitar que la crisis económica se cebe con las economías más débiles y arrastre con la confianza de las que hasta ahora marchaban bien o relativamente bien.
La última oferta de los socialistas en el parqué preelectoral resulta ofensiva. Sin más. Un insulto a la inteligencia. Una tomadura de pelo que, desgraciadamente, se pegará al oído de los necesitados sin que por ello suponga para ellos ninguna solución. Una manera de repetir, como tantos han dicho, un modelo paternalista que a la postre es puro caciquismo, compra del voto pura y dura que a los que se dicen progresistas debería provocar vergüenza.
«Es fácil de poner en práctica, fácil de entender y fácil de que comience a surtir efecto a partir del próximo mes de junio». Así la ha definido la ministra Elena Salgado. Y puede que no exista mejor definición.
De lo que se trata es de que sea una cosa fácil, para salir del paso de esa crisis económica que según ellos nunca existió pero que, en todo caso, se cierne sobre sus expectativas electorales. Porque los socialistas van a lo fácil.
Se creen que están gobernando un país de idiotas y como tal nos tratan a todos. A los de rentas medias, a los de rentas medias y a los de rentas bajas.
A alguno de los que no sonrojan jaleando la buena nueva se le ocurrirá más pronto que tarde que todo aquel que no esté de acuerdo con la medida lo tiene muy fácil. Que no la cobre o que, en su caso, efectúe la correspondiente devolución a la Hacienda Pública.
Y yo, que siento la opresión de la mala racha y la incertidumbre económica como el que más, estoy de acuerdo con ello. Pero con una condición. Que se publique la lista de los que se han negado a aceptar limosnas –es una cuestión de dignidad- y se nos mantenga públicamente informados de la deriva que toma nuestra renuncia.
Es decir, de qué se ha financiado con ese dinero que el Estado se ahorrado en limosnas y a cuántas personas en condiciones más precarias que las nuestras se han beneficiado de él. Yo no quiero 400 euros. Ni ninguna otra caridad.
Yo lo que quiero es vivir en un país serio. Donde la empresa funcione, se generen puestos de trabajo, donde todos paguemos impuestos justos que colaboren a la redistribución de la riqueza y redunden en el bienestar general, que contemos con una Seguridad Social saneada que garantice las pensiones, con una Educación que tienda a la excelencia y una Sanidad de calidad y universal.
Y que todos sus habitantes tengan una vida y una muerte dignas.
Anabel Medina
13:41 | 30 Enero 2008 | Permalink
Sin duda nos toman por idiotas, y hasta es probable que nos lo merezcamos. ¿Cómo si no entender la afirmación del Gobierno en el sentido de que esta limosna que, no obstante, supone la friolera de 5.000 millones de euros, producirá el efecto de crear 100.000 empleos, cuando al mismo tiempo la justifican con el argumento de que se trata de paliar la subida de las hipotecas? ¿Dónde se van a crear esos 100.000 empleos, en la banca? Y más: si se trata de crear 100.000 empleos, por qué no los crea el Estado.
Hay muchos campos en los que elegir: Educación, Sanidad…, claro. ¿Y por qué no en la propia Administración Tributaria? Porque si durante esta semana se han visto condenados a realizar una consulta a la Agencia Tributaria, quizás les haya pasado como a mi: cero resultados tras unas diez llamadas realizadas en tres días; cero resultados tras el envío de un e-mail; cero resultados tras pasar por la Administración de Lanzarote porque la persona encargada estaba ausente.
Y lo más curioso es que en ocho de las diez llamadas realizadas sólo he conseguido escuchar un largo mensaje grabado informándome de los números de teléfono que tenía a mi disposición para recabar información que no necesitaba o de los números que debía marcar para acceder a unos departamentos, que tampoco tenían relación con lo que necesita solucionar, o es de suponer que se encontrasen desiertos, porque nadie descolgaba el teléfono. Eso sí, cada una de mis llamadas ha merecido el agradecimiento de la Administración. Pero, ¿saben qué es lo que yo agradecería? Que el Estado creara 100.000 empleos de telefonista en la Administración. ¿Se imaginan?