Hasta la semana pasada, el asunto central de la actualidad política seguía siendo la incertidumbre sobre lo que podría ocurrir en la noche del 9 de marzo, esto es, la actualidad colgaba del conocido “empate técnico” entre los dos grandes partidos que auguraban las encuestas. Tengo la impresión de que se ha acabado el suspense, de que el Partido Popular y su líder han puesto lo que les faltaba por poner para perder las próximas elecciones.
Liquidar, y además de forma humillante, al político más valorado del país, Gallardón, y lanzar el mensaje de que en ese partido los moderados tienen escaso futuro, no parece lo más inteligente a menos de dos meses de la cita electoral. Pero si además le añadimos el descrédito que ha sufrido la imagen de Mariano Rajoy por la gestión de la crisis (cómo encargarle el Gobierno de España a alguien que no es capaz siquiera de resolver una pelea entre dos de los suyos), pues no resulta descabellado pensar que el PP se ha quedado sin tiempo para paliar los daños provocados por su propia incompetencia.
La encuesta que ayer publicó el diario El País así parece indicarlo: otorgaba al PSOE entre 8 y 10 puntos de ventaja sobre el PP. Puede argumentarse que el sondeo no era muy amplio; y es verdad que 800 entrevistas telefónicas no son garantía de fiabilidad. Y puede argumentarse que el periódico es sospechoso de preferir la opción que da como ganadora; y es verdad, pero nadie que apueste por el PSOE creería que la mejor estrategia para colaborar a esa victoria pasa por darla por segura, por difuminar la “amenaza” de la “derecha extrema”.
En cualquier caso, da la impresión de que, a partir de este momento, la discusión versará sobre si son 10 puntos, la mitad o la cuarta parte, esto es, sobre la diferencia con la que ganarán los socialistas y… sobre el sucesor de Mariano Rajoy al frente del Partido Popular.
La televisión pasó una escena verdaderamente patética de Rajoy, sentado entre Gallardón y Aguirre en el primer encuentro público de ambos. Ante el espezo ambiente que se podía cortar con cuhillo, al aspirante a presidente solo se le ocurrió decir “¡hay un silencio sepulcral aquí!” con una sonrisa bobalicona…