Viernes, 21 de Diciembre de 2007

La educación a debate XII. Cambiar de estrategia

Jorge Marsá

Soy consciente, aunque no replique, de que Raúl García Brink acostumbra a establecer relaciones entre mis opiniones sobre la educación y el franquismo en cuanto se le presenta la oportunidad. Y en las raras ocasiones en las que no lo hace, como en su comentario del miércoles, no es que baje el volumen: “eugenesia social”, “una cámara de gas”. Pues bien, mi artículo “La enseñanza obligatoria” parece haberle disgustado especialmente, así que, sin olvidar la habitual referencia al franquismo, ha entrado a matar directamente: “eres un ‘impostor”, “un lobo con piel de cordero”, y “la visión que defiendes es excluyente, elitista y poco comprometida con los valores progresistas que afirmas defender”. Y a tono, y en qué tono, termina su artículo “Muerto el perro (de Pavlov), muerta la rabia”:

Por la misma regla de tres, sería entonces verdad lo que dicen algunos psicólogos norteamericanos: que los negros son menos inteligentes que los blancos. Que no debemos tener en cuenta el contexto social y económico en el que se desenvuelven. Lo mejor sería expulsarlos en la preadolescencia del sistema educativo para que trabajen en los campos de algodón, porque no dan para más. Es lo mismo, pero dicho de otra manera, Jorge.

Me permitirán ustedes que no tome la salida en esta carrera a ver quién es más progresista o quién menos. Y que me limite a dejar constancia de mi sorpresa por el tono y vocabulario empleados. Cuestión de formas; no le demos mayor importancia.

A lo que íbamos. El artículo de Raúl me trajo a la memoria el reportaje a doble página que el diario El País publicó el mismo día que el mío que contesta: “No todos tienen que ir a la universidad”. Al titular le seguían dos subtítulos clarificadores: “La FP se consolida como una opción de calidad con gran salida laboral”; “Pero aún es víctima de prejuicios elitistas en la familia”.

Uno es conocedor de la existencia de esos prejuicios con respecto la formación profesional en España. Sin embargo, jamás se me hubiera ocurrido que el descrédito de esos estudios pudiera llegar al extremo que muestra Raúl. ¿Cómo esperar que alguien piense que proponer que los alumnos que no quieren estudiar en la escuela comiencen a cursar la formación profesional antes de los 16 años –lo que hacen en Alemania a partir de los 11– “es lo mismo, pero dicho de otra manera”, que condenarlos a la esclavitud “para que trabajen en los campos de algodón”?

Lo cierto es que me gustaría saber por qué a Raúl le resulta tan indignante la propuesta. Por qué debe la Administración empecinarse en mantener atados a los pupitres a los pibes que no tienen ningún interés en estudiar. Por qué es tan terrible que se les proponga que, si no son esos los estudios que quieren cursar, sigan otros para formarse profesionalmente. ¿Por qué? Pues no lo sabemos, porque Raúl no nos lo dice. Entre tantas generalidades, sólo se me ocurre entresacar esta idea:

Si alguien cree que la obligación del Estado no es intentar por todos los medios que “los que no quieren estudiar” adquieran una formación e incluso que puedan reorientar su fracaso escolar, entonces, desde mi punto de vista, defiende valores que no comparto.

Pues yo no creo, desde luego, que la obligación del Estado sea forzar a estudiar a los que se niegan a estudiar, ni a trabajar a los que se niegan a trabajar, ni a dejar de fumar a los que se niegan a dejarlo… No, yo creo que la obligación del Estado es poner las condiciones que hagan más factible la igualdad de oportunidades para todos… los que estén dispuestos a aprovecharlas, pero no obcecarse en buscar la igualdad de resultados. Y en la cuestión que nos ocupa, pienso que la primera y fundamental obligación del Estado es poner los medios para que todos los que quieren estudiar lo puedan hacer en las mejores condiciones posibles y, por lo tanto, obtener los mejores resultados posibles –lo que resulta harto difícil cuando se baja el nivel y en la clase hay un grupo numeroso cuyo interés es bien distinto–.

Por otra parte, y al contrario de lo que se deduce de los párrafos citados, soy de la opinión de que la formación profesional es también “formación”, o sea, que a los que la cursan no se les manda a “los campos de algodón”. Y sí creo, y lo dije, que debe existir la posibilidad de “reorientar” el fracaso, de volver a la vía académica si así se quiere, y que se deben poner también todos los medios posibles para la formación profesional. Pero lo que me parece una estupidez es que se obligue a muchos a fracasar primero en la escuela antes de dejarles entrar en la FP y que se les niegue la oportunidad de llegar a la edad de trabajar preparados convenientemente para ello.

En fin, que por brindis al sol no quede, que comparto plenamente el anhelo de Raúl: “Lo que realmente echo de menos es una sociedad más igualitaria y más justa”. Pero en tanto llega, o la vamos forzando a llegar, hay que afrontar los problemas nuestros de cada día, como él mismo dice, “buscar estrategias para solucionarlos”. Ya sé que estrategias hay unas cuantas (por ejemplo, los laborista británicos e IU en España plantean extender la enseñanza obligatoria hasta los 18 años). Pero mi opinión –la que se califica de “destructiva y provocadora”– es que hay cambiar de estrategia, que la de la LOGSE, la de obligar a todos los pibes a permanecer en la misma escuela hasta los 16 de años ha resultado una mala estrategia. A las pruebas me remito.