Miércoles, 19 de Diciembre de 2007

La educación a debate IX. La enseñanza obligatoria

Jorge Marsá

Me parecen razonables algunas de las cuestiones que planteaba ayer en su respuesta Raúl García Brink –incluso alguna de sus críticas a mi contestación previa–. Pero aunque no todo sea cuestión de leyes, lo cierto es que no puede minusvalorarse la importancia de la LOGSE en la situación actual. Así que me centraré hoy en uno de sus aspectos de los que más orgullosos se sienten sus defensores: la extensión de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años. También parecía compartir Raúl la positiva valoración de esa medida, o así se deduce por cómo reflejaba sus críticas en su primer comentario, dejando claro que le resulta inconcebible que no se defienda semejante “progreso”:

¿Qué hacemos? ¿rebajamos la edad de la enseñanza obligatoria a los 14 años tal y como se establecía en la Ley Villar-Palasí? ¿Nos quitamos de encima a los que no quieren estudiar o a los “torpes” a los 14 años como ocurría antes?

Contestaré sin dilación a la pregunta: sí, soy partidario de quitarse de encima –y de debajo– de la escuela a los que no quieren estudiar. Mi duda es si hay que hacerlo a los 14 años o si no sería conveniente adelantarlo aún más.

En mi opinión, carece de sentido perseverar en un camino que está fracasando claramente. Puesto que la enseñanza obligatoria ni obliga a estudiar ni puede hacerlo, la realidad es que a lo único que se fuerza es a que permanezcan en los colegios los que no están dispuestos a estudiar. Pero no es sólo que el 30% de fracaso escolar que distingue al sistema educativo español demuestre el sinsentido de la mencionada obligación –el mito de la enseñanza obligatoria–, sino que la mayoría de esos alumnos “obligados” están contribuyendo a convertir nuestras aulas en ingobernables y dificultando sobremanera el aprendizaje de los chicos que sí quieren estudiar. En resumen, que no se ha resuelto el problema de los que no quieren estudiar y, encima, se les ha complicado la tarea a los que sí quieren hacerlo, a quienes además se les ha privado de un auténtico bachillerato, dejándolo reducido a dos escasos años, al prolongar la escuela elemental hasta los 16 años.

La sinrazón se agudiza si tenemos en cuenta también que en España la edad legal para comenzar a trabajar son los 16 años, pero que los pibes no pueden prepararse previamente para hacerlo, pues tienen que esperar a esa edad para poder formarse profesionalmente y que, a los que no están dispuestos a estudiar lengua o matemáticas, se les “obliga” a fracasar en la escuela antes de ingresar en la formación profesional.

¿Que hacemos? Pues podríamos empezar por abandonar el camino que nos está llevando al fracaso. Y plantearnos la conveniencia de establecer un auténtico bachillerato, que no sé si debiera comenzar a los 14 años o incluso a los 12. Y ofrecer a los que no quisieran cursarlo una enseñanza de oficios que les preparara para ejercer una digna profesión cuando estén en edad de hacerlo.

Se argumenta con frecuencia que a los 12 ó 14 años nadie está preparado para tomar una decisión de tal calado. Es cierto que la decisión es difícil, pero lo que se ha revelado imposible es que se pueda obligar a estudiar a quienes no quieren hacerlo. La dificultad mencionada nos debería llevar a contemplar los mecanismos oportunos para que la decisión no fuera irreversible, esto es, a trazar la pasarela por la que pudieran reincorporarse a la enseñanza académica quienes acabaran por arrepentirse de la determinación tomada.

En cualquier caso, obligado es resaltar que no hay desdoro en la vía de la formación profesional, que no todos podemos ni queremos ser ingenieros, científicos o intelectuales. De hecho, quienes se incorporaran al mercado laboral a los 16 años bien formados como fontaneros, por ejemplo, tendrían ante sí un futuro bastante más despejado que la mayoría de los que terminen licenciándose en filología clásica o psicología. Por otra parte, no hay pruebas concluyentes de que un camino asegure mayor felicidad que el otro, y resulta obvio que la sociedad necesita tanto de los unos como de los otros.