Jorge Marsá
Me parecen razonables algunas de las cuestiones que planteaba ayer en su respuesta Raúl García Brink –incluso alguna de sus críticas a mi contestación previa–. Pero aunque no todo sea cuestión de leyes, lo cierto es que no puede minusvalorarse la importancia de la LOGSE en la situación actual. Así que me centraré hoy en uno de sus aspectos de los que más orgullosos se sienten sus defensores: la extensión de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años. También parecía compartir Raúl la positiva valoración de esa medida, o así se deduce por cómo reflejaba sus críticas en su primer comentario, dejando claro que le resulta inconcebible que no se defienda semejante “progreso”:
¿Qué hacemos? ¿rebajamos la edad de la enseñanza obligatoria a los 14 años tal y como se establecía en la Ley Villar-Palasí? ¿Nos quitamos de encima a los que no quieren estudiar o a los “torpes” a los 14 años como ocurría antes?
Contestaré sin dilación a la pregunta: sí, soy partidario de quitarse de encima –y de debajo– de la escuela a los que no quieren estudiar. Mi duda es si hay que hacerlo a los 14 años o si no sería conveniente adelantarlo aún más.
En mi opinión, carece de sentido perseverar en un camino que está fracasando claramente. Puesto que la enseñanza obligatoria ni obliga a estudiar ni puede hacerlo, la realidad es que a lo único que se fuerza es a que permanezcan en los colegios los que no están dispuestos a estudiar. Pero no es sólo que el 30% de fracaso escolar que distingue al sistema educativo español demuestre el sinsentido de la mencionada obligación –el mito de la enseñanza obligatoria–, sino que la mayoría de esos alumnos “obligados” están contribuyendo a convertir nuestras aulas en ingobernables y dificultando sobremanera el aprendizaje de los chicos que sí quieren estudiar. En resumen, que no se ha resuelto el problema de los que no quieren estudiar y, encima, se les ha complicado la tarea a los que sí quieren hacerlo, a quienes además se les ha privado de un auténtico bachillerato, dejándolo reducido a dos escasos años, al prolongar la escuela elemental hasta los 16 años.
La sinrazón se agudiza si tenemos en cuenta también que en España la edad legal para comenzar a trabajar son los 16 años, pero que los pibes no pueden prepararse previamente para hacerlo, pues tienen que esperar a esa edad para poder formarse profesionalmente y que, a los que no están dispuestos a estudiar lengua o matemáticas, se les “obliga” a fracasar en la escuela antes de ingresar en la formación profesional.
¿Que hacemos? Pues podríamos empezar por abandonar el camino que nos está llevando al fracaso. Y plantearnos la conveniencia de establecer un auténtico bachillerato, que no sé si debiera comenzar a los 14 años o incluso a los 12. Y ofrecer a los que no quisieran cursarlo una enseñanza de oficios que les preparara para ejercer una digna profesión cuando estén en edad de hacerlo.
Se argumenta con frecuencia que a los 12 ó 14 años nadie está preparado para tomar una decisión de tal calado. Es cierto que la decisión es difícil, pero lo que se ha revelado imposible es que se pueda obligar a estudiar a quienes no quieren hacerlo. La dificultad mencionada nos debería llevar a contemplar los mecanismos oportunos para que la decisión no fuera irreversible, esto es, a trazar la pasarela por la que pudieran reincorporarse a la enseñanza académica quienes acabaran por arrepentirse de la determinación tomada.
En cualquier caso, obligado es resaltar que no hay desdoro en la vía de la formación profesional, que no todos podemos ni queremos ser ingenieros, científicos o intelectuales. De hecho, quienes se incorporaran al mercado laboral a los 16 años bien formados como fontaneros, por ejemplo, tendrían ante sí un futuro bastante más despejado que la mayoría de los que terminen licenciándose en filología clásica o psicología. Por otra parte, no hay pruebas concluyentes de que un camino asegure mayor felicidad que el otro, y resulta obvio que la sociedad necesita tanto de los unos como de los otros.
asombrado
12:40 | 19 Diciembre 2007 | Permalink
Es una barbaridad total eliminar la enseñanza obligatoria, porque es una conquista que llevó muchos años de lucha. No pensé que nadie defendiera eso cuando estamos en el siglo ventiuno porque es ir para trás.
Bolardo
13:30 | 19 Diciembre 2007 | Permalink
Cuando antes terminábamos en el colegio la EGB, a los catorce años, el que no le gustaba estudiar o no se veía en el instituto iba a “la profesional”, a prepararse como administrativo, electicista, auxiliar de clínica, mecánico… Así salía a los 17 o 18 años con unos conocimientos prácticos para labrarse su futuro, o por lo menos intentarlo. Muchos lo consiguieron.
Pepe
13:31 | 19 Diciembre 2007 | Permalink
Perdona asombrado, pero eso no es ningún argumento. Puede ser un prejuicio, un golpe de pecho.. pero no un argumento… El articulista da los suyos, expón los tuyos. Y así podremos discutirlos.
pablo quintana
16:14 | 19 Diciembre 2007 | Permalink
Me alegro de que por fin los dos pricipales contertulios de este debate estén aterrizando en la escuela y dejen el mundo de lo abstracto. Ahora empieza lo interesante, cocretar los problemas y buscar soluciones prácticas.
Asimétrico
16:59 | 19 Diciembre 2007 | Permalink
Perdona, Bolardo, pero eso sería en tu entorno. Las pocas estadísticas que he podido consultar al respecto confirman el gran número de alumnos que no llegaban a obtener el Graduado Escolar. Ya dije en una intervención anterior que en el Sureste de Gran Canaria sólo el 30% lo conseguía: unos se decantaban por la FP y otros por el BUP. Seamos serios, que yo provengo de un ambiente burguesito y ahí todos terminábamos nuestros estudios. Una cosa es mi entorno y otra muy distinta la realidad de un sistema que condenaba a una parte importante de la población a una nula cualificación profesional o cultural. Mucha torre de marfil por estos lares…
Estimado Pepe, me parece vergonzoso que en pleno siglo XXI uno tenga que argumentar lo evidente. ¿Por qué no a los 10 años? O mejor todavía: ¿por qué no practicamos la eugenesia social tal y como preconizaba el reaccionario de Platón en La Republica? Yo por mi parte, propongo llevar a todos los fumadores a una cámara de gas. Así nos ahorramos problemas en la sanidad pública. Es más o menos lo mismo dicho en un contexto distinto.
A Pablo: creo que en mi intervención anterior ofrecí toda una serie de propuestas con respecto al problema de la educación. Aquí lo que gusta es que Jorge baje al ruedo con una propuesta destructiva y provocadora. Si eso es concretar, ya no entiendo nada.
pablo quintana
19:02 | 19 Diciembre 2007 | Permalink
He vuelto atrás y lo he releído, asimétrico, disculpa por mi falta de memoria. Yo también soy enseñante y no estoy afiliado a ningún sindicato de licenciados; ninguna de mis propuestas pretenden una vuelta atrás, sino un acuerdo con el que solventar el fracaso y la desgana con la que cada día me encuentro al entar en el aula. Por otro lado estoy completamente de acuerdo contigo en lo que planteas sobre las familias, departamentos de orientación, formación pedagógica de licenciadosel fracaso escolar en tiempos pasados…
Pero como algunas de estas cosas no están en nuestras manos solucionarlas ni intentarlo creo que debemos buscar soluciones más inmediatas y prácticas. Soluciones que no ha sido capaz de proporcionar ninguno de los tres últimos gobiernos nacionales.
Por cierto, y esto lo saben bien los que me conocen, aunque a veces coincida con él, no es Jorge santo de mi devoción: sus escritos son muy largos para mi y a la tercera linea me pierdo.
DAD
20:39 | 20 Diciembre 2007 | Permalink
¿A DÓNDE VA LA ENSEÑANZA?
Actualmente se habla, se comenta, se critica cada vez más sobre la situación de la enseñanza: Alumnos insoportables en clase. Profesores que se desesperan, que no saben qué hacer o cómo actuar con sus alumnos. Falta de autoridad y respeto por todas partes. Violencia subida de tono incluido con los directores de los centros escolares.
Por ahí van los continuos comentarios de buena parte del profesorado en sus corrillos. Cada día con mayor intensidad.
Múltiples factores contribuyen a que muchos alumnos no aprendan y a que muchos profesores se encuentren deprimidos o quemados.
Es decir, mucha gente centrada en los problemas.
¿Cuántos docentes o directivos se centran en las soluciones?
Normalmente se suelen descargar los problemas transfiriendo las culpas a otros factores o estamentos: “A la Consejería de Educación no le importa cómo vaya esto; a ellos sólo les preocupa que los padres estén tranquilos, y los votos”. O bien: “Es que nuestros alumnos proceden de tal colegio; si procedieran de otro, todo sería diferente”.
Pero la realidad es tozuda. Es como es. Tenemos que trabajar con los alumnos que tenemos. Para ellos tenemos que crear soluciones a fin de que mejore lo que no va tan bien.
A veces las respuestas son: “No podemos hacer nada. Los Centros son un reflejo de la sociedad y, como ésta va mal, eso es lo que tenemos. Tenemos que aguantarlo”.
Está claro que, mientras echemos la culpa de lo que pasa a los demás, serán ellos los que tengan que aportar las soluciones. Nosotros podemos quedarnos tranquilos esperando esas soluciones.
Es más, si a alguien se le ocurriera aportar alguna solución, se le consideraría un extraño, un perturbado, cuando no le pondrían la etiqueta de “totalitario, nazi o fascista”.
O bien le ponen mil dificultades del estilo de: “La ley no lo permite”, o “No hay dinero para esas soluciones, o “¿Quién se va a encargar de los alumnos conflictivos?”
Si las cosas van mal, es claro que se debe hacer algo para mejorarlo, ¿verdad?. No se puede continuar en la inercia soportando día a día una situación que nos disgusta. Habrá, siquiera, que probar con algo diferente.
Pero lo diferente, lo desconocido, asusta a muchas personas por lo que hacen válido aquello de “más vale malo conocido…”
POR QUÉ SE DA LA SITUACIÓN ACTUAL
El problema, a mi modo de ver, procede de que en la mayoría de las clases suele haber un grupito de alumnos que no sólo no están interesados en estudiar, sino que, por diferentes motivos, han llegado a detestar la enseñanza.
Parece que nada les interesa. Se aburren mortalmente en las clases. Cada clase es para ellos como una conferencia aburrida. ¡Y tienen que soportar unas seis conferencias de ese tipo cada día! ¡Y al día siguiente otra vez!
Se puede comprender que, a menos que estos chicos tengan la sangre de horchata, intenten distraerse de su aburrimiento, intenten hablar con sus compañeros, intenten -si es posible- desviar al profesor de sus explicaciones, e incluso intenten boicotear la clase. Pueden incluso llegar a alborotar para distraerse de las lecciones mientras se les ataca o recrimina. Además se sienten impunes al hacerlo, aunque le pongan (o no) un parte escrito en un cuaderno allá en Tutoría.
Se puede comprender asimismo que a todos no nos gusta todo, que pueda haber alumnos que detesten la enseñanza. Los pedagogos de despacho pondrán el grito en el cielo: “¡Pero eso no es posible! ¡Si al alumno se le motiva y se le aplica el método constructivista…! Es el profesor el que no sabe adaptarse, que no sabe imponerse, que no sabe tratar al alumno…” Pero la realidad sigue siendo tozuda: haber alumnos que detestan la enseñanza, haylos.
La comprensividad en la enseñanza no debe ser, pues, tan maravillosa. En el medio está la virtud. En nombre de una supuesta igualdad –la igualdad no existe, es sólo una aspiración- se obliga a estos alumnos a tragar una medicina que ellos no desean.
Considero inhumana para estos chicos la situación por la que se les está haciendo pasar. Cuando estos chicos podrían ser, a su edad, mucho más felices, se les amarga cada día forzándoles a soportar una situación que ellos no desean.
Cierto que podrían ser mucho más felices y estar aprovechando otros aprendizajes más enfocados a su futura labor profesional, donde ellos podrían rendir y dar lo mejor de sí. Pero no, todos iguales. Todos deben pasar por el mismo tubo. Al final, todos los churros deben resultar iguales, geométricamente perfectos.
No es de extrañar que, en estas circunstancias, esos chicos se vuelvan rebeldes, hablen, alboroten, boicoteen, acosen y se carguen más y más de violencia.
El ejemplo subsiguiente de estos chicos no es el mejor ni el más ejemplarizante para sus compañeros de clase. Todo ello lleva a que se pierda mucho tiempo en las clases y que no se progrese como es debido. Por otro lado, no incentivan al resto del grupo precisamente al trabajo, al esfuerzo, al respeto, a la seriedad. En definitiva, que los alumnos que sí podrían esforzarse y estudiar, se sienten arrastrados por los malos ejemplos de sus compañeros, permitidos diariamente en clase.
Los profesores se pasan trimestres tratando de motivar y de sacar adelante a este tipo de chicos desmotivados, detrayendo su tiempo y su esfuerzo de consagrarlo a quienes mejor lo aprovechan, y todo para encontrarse al final con las manos vacías porque no han conseguido nada, puesto que, así como no hay peor sordo que el que no quiere oír, “no hay tampoco peor aprendedor que el que no quiere aprender.”
A veces se oyen comentarios de que algún profesor (no sé cuántos, -no está contabilizado- ) negocia dejarles tiempo libre para hacer lo que quieran a cambio de que le dejen diez minutos para explicar la lección. ¡Increíble! Pero ¿cierto?
Otros profesores, cogidos en la indefensión, llegan a comentar: “¿La Consejería no quiere que esto sea una guardería? Pues no te preocupes, considérate no un profesor sino una chacha de guardería y confórmate con que los alumnos no salten por las ventanas.” ¿Para qué seguir?
Alguna vez, cuando la situación se pone muy tensa, cuando se vuelve verdaderamente insoportable y el agua nos llega a las rodillas, se convoca un claustro para tratar el problema de la disciplina en el centro. Se escuchan propuestas de mejora. Éstas giran todas en el sentido de más represión, de poner firmes a los más “revoltosos”.
Los chicos reprimidos, si antes incubaban una gran violencia contra el sistema educativo y todo lo que se mueve a su alrededor, ahora incrementarán aún más esa violencia: Cuanto más te obliguen a hacer algo que tú detestas, con más violencia lo odiarás.
Pues bien, aunque tengamos un Reglamento de Régimen Interno maravilloso, aunque sea el mejor reglamento que exista, éste no va a acabar con este tipo de problemas, más bien los acentuará, porque el problema es bien otro, radica en otro sitio: Consiste en que a quien no quiere aprender no se le puede obligar a hacerlo, ni en nombre de una comprensividad ni en nombre de una supuesta igualdad. Es más, es inhumano pretenderlo.
¿Cuál sería, pues, la solución? ¿Tiene solución la situación actual de la enseñanza?
Sin duda. Además la solución puede ser muy simple. Y es más: No resultaría más caro ni más gravoso para el erario público. Me explico.
Continuamente se oyen voces de que los problemas educativos se arreglan con más dinero. Eso es rotundamente falso. Nunca ha dispuesto la enseñanza de mayores presupuestos y, sin embargo, nunca ha estado tan degradada. Es más, considero que, aunque llovieran millones sobre la enseñanza, el problema de fondo que ocasiona la mayor parte de los desaguisados actuales seguiría subsistiendo y ocasionando los mismos problemas actuales.
Porque el problema consiste, repito, en que a quien no quiere aprender se le obligue a permanecer con quien sí desea hacerlo, como ya se ha visto.
Si esto es así, si estos alumnos no quieren estar ahí aburriéndose día a día con conferencias que no les interesa en absoluto, si estos alumnos quieren dejar de estudiar y van a ir al mundo laboral, será cuestión de que –sin restarles nada- se les dé una oportunidad añadida: Que puedan recibir una formación relacionada con su futuro laboral, una formación que les interese, donde ellos puedan rendir y dar lo mejor de sí mismos. No lo duden, estos chicos podrán llegar por este camino a ser muy buenos profesionales. Es más, serán más felices en esta nueva situación y dejarán de ser obstáculo o mal ejemplo para sus actuales compañeros de clase.
Solamente con esto, bajará automáticamente la tensión de estos chicos. Se volverán chicos “normales” si no se ejerce presión diariamente sobre ellos, y podrán llegar a ser personas “de provecho”.
Por otro lado, las clases académicas mejorarán automáticamente. Se podrá impartir las clases en un ambiente tranquilo y sosegado. Se incrementará el nivel de conocimientos y de preparación a todos los niveles. Éstos alumnos trabajarán y progresarán más tranquilos y felices. Mejorará el ambiente de trabajo de los profesores. Habrá menos depresiones. Será más efectiva la inversión en Educación. En resumen, todo son ventajas.
La mayoría de nuestros alumnos son buena gente, aunque influidos actualmente por los malos ejemplos y mal ambiente creado por los menos. Pero son estos menos los que acaparan la mayor parte de los recursos y atención por parte de los profesores, detrayéndolos de los alumnos que más se los merecen.
Siempre aparecerá algún iluminado que pondrá el grito en el cielo:”¡Se quiere discriminar a estos alumnos que han tenido menos oportunidades! ¡Fascistas! ¡Etc.!”
Dejemos a esta gente aparte con sus letanías. Son gentes con orejeras, que no ven sino a través del tubo de alguna ideología y que repiten los eslóganes aprendidos de otros, como papagayos. Son discos rayados, que repiten y repiten sin saber lo que dicen. Son los mismos que se quejan y repiten que el problema de la educación es cuestión de presupuestos, que el responsable, por tanto, es el gobierno de turno. Ellos se descargan así de toda responsabilidad endosándosela siempre a otros.
No estoy hablando, repito, de restar posibilidades ni de expulsar de los centros a los alumnos que rechacen el sistema actual. Estoy hablando de ofrecerles una posibilidad añadida: Enfocarles, dentro del centro, a actividades encaminadas a su futuro profesional, más acordes con sus gustos y sus necesidades.
En primer lugar habrá que descargar su currículo de la mayor parte del bagaje académico que ellos odian.
Se les ha de incluir contenidos que puedan resultarles interesantes para su futuro laboral o profesional. Por ejemplo: algo de informática (lo van a necesitar en todos los trabajos), redactar una factura, algo de cuentas, quizá –o no- algo de lectura y escritura, etc. Es decir, las habilidades básicas y profesionales, siempre a un nivel aceptable para ellos y siempre que les resulte interesante.
Como lo expuesto no será bastante para ocupar su tiempo en el centro, se pueden añadir Optativas, de ser posible seleccionadas por ellos, de entre un elenco de posibilidades que se les pueda ofertar.
Si aún sobra tiempo libre, se les puede incluir actividades más lúdicas: un taller de teatro, por ejemplo, organizar una banda de música, hacer más deporte, o cualquier otra cosa imaginable que pueda contribuir a su formación y que pueda interesarles. ¿ Y si no les interesa nada? Bueno, en este caso se aburrirán entre ellos pero no estarán molestando a quienes sí están interesados.
Con ello haremos que estos chicos se sientan más relajados, pierdan su tensión y violencia, dejen de acosar, y que sean en definitiva más felices allí donde puedan estar rindiendo y dando lo mejor de sí, sin molestar a nadie ni ser molestados.
Surgirán nuevas dificultades: “No hay dinero. La Consejería de Educación no quiere crear aulas nuevas. El Centro no dispone de aulas suficientes.” Etc.
Pues bien, en cuanto al dinero considero que este novedoso sistema no tiene por qué encarecer la enseñanza por encima de la situación actual. Me explico: Si tenemos, por ej., 6 grupos de 3º de ESO en los que hay grupitos de estos “alumnos forzados” y formamos con éstos un grupo “profesional”, al reagrupar el resto de los alumnos tendremos 5 grupos “académicos” + 1 grupo “profesional”. Tendremos el mismo número de grupos. Podemos aprovechar una de esas 6 aulas para el nuevo grupo.
Tampoco considero que habría problemas en cuanto a la convivencia. Todos los alumnos seguirán conviviendo en un grupo, amén de en la vida del centro fuera de las aulas.
¿Quién pierde con este sistema? – Nadie.
¿Quién gana con este sistema? –Todos, absolutamente.
¿Resulta más caro? – En absoluto. Hará falta menos profesores “académicos” y, a cambio, se necesitarán profesores más “profesionales”. Para dar Optativas se contratará a personas capacitadas para impartirlas, sólo por el tiempo que sea necesario o mientras exista la demanda de esa optativa. Posiblemente resulte más barato contratar a estas personas. Tal vez varios profesionales estarían encantados de realizar parte de su quehacer en un centro escolar.
Soy de la opinión de que por más Reglamentos de Régimen Interno que se elaboren, no se solucionará el problema mientras no se afronte de este modo. Es más, considero que, de no llevarlo a cabo, la situación actual se agravará.
La solución, como se ha visto, no resulta tan complicada. Es cuestión de voluntad “política” y de ganas de conseguir lo mejor para nuestros alumnos. Y lo podemos llevar a cabo aunque no nos incrementen los presupuestos ni nos creen nuevas aulas.
¿Dónde está, pues, la tan cacareada autonomía de los Centros escolares, si no podemos actuar de la manera que consideramos más adecuada para TODOS nuestros alumnos?
Surgirá el prurito: “¡Es que la Ley no lo permite. No podemos hacer nada!”
Pruritos. Las personas no están para la Ley sino la Ley para el bien de las personas. Si la Ley es contraproducente, pues habrá que cambiarla. Tendremos que clamar en todos los foros apropiados para que se cambie.
Con todo, no creo que la Ley sea el verdadero obstáculo. Si fuera así no se podrían crear aulas especiales para chicos conflictivos. Creo que en la Ley hay margen para llevar a cabo la solución aquí propuesta. Al menos a modo experimental o de centro piloto.
Repito: Mientras no se dé solución al problema de los chicos que no desean estar en las aulas “académicas”, seguirá existiendo en los centros el problema de la violencia y sus consecuencias colaterales.
¿Queremos que esta situación continúe y nos resignamos a cruzarnos de brazos y a que nos siga cayendo encima el actual “chaparrón” a nosotros y a todos nuestros alumnos sin excepción? ¿Es esto lo que queremos?
La solución queda apuntada:
Dar una nueva opción a los alumnos que detestan la enseñanza, adaptando su formación a sus expectativas y necesidades futuras.
Se puede afrontar aunque no aumente el presupuesto.
Al mismo tiempo estaremos dando vía libre a la Autonomía de los Centros Escolares. No usarla sería como ser libres y no aprovechar esa libertad. ¿Sería muy tonto, verdad?
Tenemos la solución al alcance de la mano. Podemos tomarla o dejarla. A nosotros nos corresponde elegir.
¿O preferimos seguir desviando las culpas hacia otros?