Miércoles, 19 de Diciembre de 2007

Conductas de riesgo

Rosario Miranda

Ya no convivimos en virtud de un contrato matrimonial que especifica funciones para cada una de las partes; lo que queda de esto, aunque sea mucho, es residuo de un paradigma viejo. Hoy la gente se junta por amor y se deja por desamor, y llamamos familia a cualquier asociación más o menos duradera de adultos y niños unidos o no por lazos de sangre, siendo normales en el seno de la convivencia figuras inéditas en la familia tradicional: el novio de mi madre, el novio de mi padre, la hermanastra de mi hermano, la hija de mi marido, el hijo de la ex mujer de mi padre, la niña china de uno o dos adultos blancos, etc.

Este polimorfismo y transitoriedad de los vínculos, al igual que su antigua indisolubilidad, no es en principio garantía de buena o mala vida. Antes y ahora, en el seno de una u otra estructura familiar, la buena o mala vida depende del grado de respeto y dignidad con que las personas se traten a sí mismas y entre sí, en particular a la hora del desamor, que produce y siempre ha producido heridas de guerra y estragos entre la población. Es urgente por ello que la ciudadanía se eduque en las rupturas, algo acerca de lo cual nuestra ignorancia es supina. Sabemos unirnos, pero ni sabemos dejarnos ni nos afanamos en aprenderlo, por lo que asistimos con normalidad, como protagonistas o como testigos, a un panorama erótico espeluznante, desquiciado y desolador: gente que no se responsabiliza de la prole que ha puesto en este mundo, gente que agrede a otra para dirimir asuntos del corazón, o gente que utiliza a sus hijos como armas arrojadizas contra los que fueron sus cónyuges.

Para salir de esta situación el concepto de violencia de género y el concepto mismo de género no parecen muy acertados. En primer lugar, porque llamamos “género” al sexo femenino como si el sexo masculino no existiera; en segundo lugar, porque hablando de “violencia de género” obviamos los daños que reciben hombres por parte de mujeres y, en tercer lugar, porque la violencia es violencia la ejerza quien la ejerza. Aunque en estos momentos se enfoque el crimen pasional sobre otras modalidades del crimen y los señores diputados guarden un minuto de silencio por cada mujer asesinada por su pareja, no existe violencia de género. Lo que existe es vejación de personas y un aparato judicial que no ampara suficientemente ante las amenazas, chantajes y agresiones diversas que las personas se hacen unas a otras. El resto es estadística, fruto del pasado y de los lastres que quedan del pasado.

Hay muchísimas más mujeres que hombres agredidas físicamente por su pareja o por amantes despechados, porque antes las mujeres eran legalmente propiedad de los hombres. Y muchísimos más hombres que mujeres sufren el chantaje de sus parejas con los niños, porque su cuerpo y sus hijos eran los instrumentos de poder de una mujer en el antiguo orden de estas cosas. Pero una mujer también es capaz de agredir físicamente a un hombre, y de hecho lo hace, o de no contribuir a la manutención de sus hijos en la medida de su sueldo cuando la patria potestad la tiene el padre, al igual que un hombre es capaz de convertir a sus hijos en puñales contra la madre. La estadística respecto a estas conductas tiene los resultados que tiene a causa del pasado, no a causa de los genitales de la gente; por eso no están libres de daño las parejas homosexuales de ambos sexos, ni los niños que en el futuro estas parejas puedan adoptar o clonar. Utilizar ese pasado como referencia para analizar y tratar de solucionar la guerra que los ciudadanos se hacen movidos por el desamor es una torpeza. Estamos ante conductas dañinas que cualquiera puede protagonizar, no ante una cuestión de buenos y malos. Las mujeres no son por esencia víctimas de unos hombres esencialmente malos.

No hay individuos débiles a causa de su identidad, sino situaciones de debilidad necesitadas de protección en las que cualquier individuo puede encontrarse; el resto, como dijimos, es estadística. El pasado se conserva en la estadística, no lo conservemos además legislando por identidades biológicas o íntimas; recordemos a este respecto que si las parejas homosexuales pueden casarse es por la igualdad de los ciudadanos ante la ley, no por su condición de homosexuales. Para convivir bien, en la intimidad o en la ciudad, lo que importa no es ser hombre o mujer sino adultos libres y educados. Para saber amarse o desamarse, ser hombre o mujer es irrelevante. Para eso lo que cuenta es la dignidad propia y ajena, el respeto mutuo y la iniciación en las pasiones.

En un Estado de derecho, que tenemos porque lo hemos querido y conquistado y cuyo axioma es la igualdad de los ciudadanos, hacer leyes sexuadas no es un modo de avanzar sino de seguir revolcándonos en la misma ciénaga.