Desde hace ya tiempo vengo defendiendo en este foro mi más absoluto rechazo a la visión internalista de la enseñanza, es decir, a la concepción que se ha venido aplicando implícitamente desde las sucesivas administraciones educativas estatales y autonómicas. Creo que se podría resumir en un “aquí tienen esta nueva ley y no nos pidan más, arréglenselas como puedan”. Por ello mismo, pensar a estas alturas de la película y de varios Informes PISA que la LOGSE, la Ley de Calidad o la LOE por sí mismas iban o van a solucionar los problemas de nuestro sistema educativo, me parece un error. Un error que se sustenta en pensar que, manteniendo en lo fundamental las estructuras básicas de la Ley Villar-Palasí, se está en disposición de abordar el reto de una enseñanza mucho más universal, es decir, menos elitista.
Son muchas las voces que hablan de la disminución de los contenidos como una de las causas fundamentales de los actuales niveles de fracaso escolar, y sin embargo, son pocas las que reivindican la introducción a partir de la LOGSE de los contenidos procedimentales y actitudinales, por poner un caso. Muchos todavía recordamos la memorización descontextualizada de accidentes geográficos, poemas y demás “conceptos” tan añorados en algunos círculos. Otros, ora reivindican más disciplina en las aulas, ora reclaman que las alumnas y alumnos se pongan en pie cuando entran los profesores en clase. También se escucha con insistencia la importancia del número de materias suspensas para poder pasar de un curso a otro… En definitiva, sin ánimo de negar cierto grado de validez a algunos de tales argumentos, en mi opinión, no son más que el reflejo de la misma visión internalista de la enseñanza practicada desde las administraciones educativas. Creo que, paradójicamente, tanto unos como otros parten de las mismas premisas y, por consiguiente, se me antoja ardua y difícil la tarea de discutir sobre este asunto inmersos en un contexto viciado desde sus inicios.
Algo conozco del sistema educativo finlandés al que tanto se alude cada vez que se publica el Informe PISA y, si hay algo que me ha quedado claro del análisis de sus resultados, es que si no somos capaces de estructurar un continuum entre el sistema educativo y las condiciones sociales en que se desenvuelve, estamos abocados a seguir quejándonos por las esquinas de nuestro desaguisado educativo.
Indudablemente, la perspectiva del problema se vuelve más compleja y sus soluciones, también. No es de recibo ir pregonando la defensa de valores como el derecho a la educación y la igualdad de oportunidades al tiempo que se añora la torre de marfil educativa construida, no lo olvidemos, por el franquismo. Debemos ser capaces de hacer sociología de la educación, de preocuparnos por las causas de lo que está ocurriendo en el alumnado, en las familias, en el profesorado o en los centros para intentar proponer soluciones a medio y largo plazo. Este es un imperativo deseable, sin embargo, tras las sucesivas reformas educativas alentadas desde la inmediatez del debate político y los intereses de los diferentes grupos de presión, me parece muy complicado de llevar a cabo. Y así nos va.
Estoy de acuerdo en que es un error pensar que con una ley se iban o se van a solucionar los problemas de nuestro sistema educativo, que para afinarlo hacen falta más cosas. Pero lo malo es que si una ley no lo arregla del todo, sí que lo puede dejar maltrecho, como ha hecho la Logse.
Bravo por conceder que la educaión es un problema de todos y sobretodo un problema de la concepción de lo que hacemos los profesores y los padres. Yo soy profesora y me parece que mi trabajo es una labor fundamental e indispensable y muy, muy importante, empezando por eso no se me ocurre echar balones fuera y echarle la culpa de mis problemas laborales a una ley, ni a las asignaturas con las que se promociona, ni a si me llama o no de usted mi alumnado.
Es verdad que los resultados de mi labor mejorarían si mi alumnado tuviera un seguimiento de su trabajo y su labor académica en su casa y hubiese una colaboración más estrecha con los padres, pasando por supuesto con que ellos consideren igual de importante lo que hacen sus hijos en la escuela. También mejoraría mi trabajo si bajase la ratio y tuviésemos más inversión en TIC y en profesorado “cualificado didácticamente para formarnos continuamente” al profesorado, digo. Yo haría mejor mi trabajo y los resultados académicos de mi alumnado serían mejores, y lo más importante, creo que vendrían de mejor gana a clase.
Pero claro, claro,claro lo veo como tú, que realmente en el profesorado, y en la sociedad en general hay una nostalgia sorda pero gritona de disciplinas y modos de otras épocas, de exigencias elitistas y “eliminación de problemas” por la vía rápida de la cachiporra franquista, de no querer enfrentarse a unos jóvenes que han nacido en democracia y que deben – y exigen muchas veces sin saberlo-, ser educados democráticamente.