La educación a debate V. La pedagógica del sistema

Eva Alonso Betancur

No se dice nada nuevo admitiendo que la Educación es uno de los espacios favoritos del conflicto político. Pero los perpetuos tambores de guerra en torno al modelo educativo del país resuenan con más fuerza en estos días de crispación y ambiente preelectoral. Los tiros vienen de todos y hacia todos los frentes. Las voces de alarma mediáticas –que al final tanto ayudan a construir determinados estereotipos y mitos recurrentes en torno al sistema educativo– exponen los razonamientos de posición y los disparos corporativos de ampas, profesorado, alumnos, gobiernos, sindicatos, partidos.

Un todoscontratodos en el que no hay aliados a la hora de repartir culpas. ¿Cuál es el problema de fondo? Una hipótesis discutible: la Educación es el chivo expiatorio de un fracaso social más amplio. Algo así daba a entender el miércoles el académico Rodríguez Adrados en ABC a propósito del informe PISA:

Y hay preguntas que hoy no sabemos contestar: ¿en qué medida leyes que rebajan los niveles de exigencia crean una sociedad floja o en qué medida es al revés o en qué otra ambos hechos se retroalimentan?

Como herramienta enculturadora del sistema, se espera que la Educación esté al servicio de la promoción y consolidación de los valores que sustentan el cuerpo ideológico de la estructura social (en este caso, la democracia, como modelo político y como moral) y a su vez, que sirva como “proveedora” de activos cualificados y operativos para la cobertura funcional del medio de producción y organización del sistema (lease capitalismo y administración político-civil). Si la educación no alcanza estos dos objetivos simultáneamente, hablaremos siempre de un modelo educativo en crisis. Y eso pese a las expectativas de los libertarios y las reticencias de los más conservadores, porque no hay sistema cultural que se sostenga sin el soporte cualificado y técnico del órgano de producción ni pacto social que dure sin una permanente renovación dialéctica de la idea de progreso.

El problema en nuestro caso es aun más complejo si cabe, pues presos de la ilusión de que ambos objetivos deberían armonizarse exclusivamente desde el sistema educativo nacional, no somos capaces de reaccionar ante la evidente distancia que existe entre los valores teóricos y los valores prácticos del sistema social. Una distancia casi insalvable entre los valores de logros culturales, como una Constitución o una Declaración Universal de Derechos Humanos, aceptados y difundidos en los espacios educativos, y los valores predominantes, premiados y prestigiados en el tejido productivo y la práctica política (y para muestra la endémica lacra local).

En otras palabras, mientras en la escuela se enseñan unos valores, en la calle esos valores gozan de poco predicamento, y tanto que a veces parece que la lógica de la supervivencia en la “Ciudad” funciona con los valores inversos. Construcciones sociales como el “éxito y el prestigio”, por su utilidad como modeladores de perfiles sociales y como espejos de evaluación individual de la existencia, están en gran medida configurados en torno a valores espurios que se retroalimentan en escenarios mediáticos de corrupción, de competencia salvaje, de violencia de toda índole, de oportunismo y difamación, de maquiavelismo político y económico, de depredación del territorio.

La paradoja es que, mientras en las aulas se reiteran los esfuerzos de docentes por acercar al alumnado valores de solidaridad, esfuerzo, igualdad, cooperación, respeto por el medio, pasión por el conocimiento, igualdad de oportunidades, etc., el faro mediático sirve cada día a la parrilla “modelos sociales” cuyo éxito y prestigio pasa, entre otros, por invadir países sin respetar las normas del acuerdo, por hacer negocios y política sin respetar el bien común; por personajes que triunfan, hacen y deshacen por la cara, viven por la patilla, y todo sin necesidad de comprender un párrafo. Y ni falta que les hace.

Ya me ocurrió el año pasado en Yaiza, en una actividad de sensibilización medioambiental, con alumnos de primaria. Uno de aquellos niños (¡9 años!) me decía que para qué iba él a perder el tiempo cuidando algo sí cualquier señor con dinero puede destrozar en segundos lo que quiera.

Publicado el 14 de diciembre de 2007 a las 1:06 pm en 'Sociedad'.

1 Comentario

  1. 16:02 | 14 diciembre 2007 | Permalink

    Elija la respuesta que le plazca:

    ¿Por qué España no cuenta con un consejo de regulación audiovisual con capacidad sancionadora, que ponga límites a la mayor maquinaria educativa despues de los padres, la tv?

    - Porque los respectivos gobiernos tienen pánico a tocarles los cataplines a los medios de comunicación.
    - Porque lo que mola en educación es la retórica, no mojarse.
    - Porque es una medida de escaso talante.