La escritora Rosa Regás lleva tiempo distinguiéndose por sus salidas de tono. Todos los medios nacionales se hicieron eco el pasado mes de agosto de la última, pues resultaba sorprendente que la directora de la Biblioteca Nacional considerara afortunado el hecho de que los españoles descollen por lo poco que leen el periódico:
Los grandes logros sociales de este Gobierno se venden mal porque la prensa no es del Gobierno. Todos van a favor de la oposición. Afortunadamente, cada vez se venden menos periódicos. (…) Hace dos meses que no leo la prensa, ni veo la tele, ni escucho la radio.
Pocos meses después, la señora Regás se ha pasado por Lanzarote y da la impresión de que ha cambiado de opinión, de que ahora le preocupa que no leamos, como se deduce de uno de los sumarios de la entrevista que publicó el lunes La Provincia:
Me cuesta entender por qué al español le cuesta leer. Las escuelas están haciendo unos esfuerzos importantísimos para fomentar la lectura.
A la escritora le “cuesta entender” lo que estos días explican todos los periódicos que ella no lee a raíz de la publicación del Informe Pisa sobre la educación. Es decir, que a buena parte de los que van a la escuela en España les “cuesta entender”, que, por decirlo con el titular del mismo lunes de El País, les cuesta “Leer más de tres líneas sin perderse…”. Y así lo reconoce, sin sonrojarse, la propia ministra de Educación, Mercedes Cabrera, en su declaración de ayer a la Cadena Ser: “Nuestros alumnos presentan problemas para comprender lo que leen”.
Vamos, que al español le cuesta leer… porque le “cuesta entender” lo que lee. Y pudiera ser que las escuelas estén “haciendo unos esfuerzos importantísimos para fomentar la lectura”, pero no parece que vayan muy bien encaminados esos esfuerzos cuando los alumnos españoles destacan por lo que les “cuesta entender” lo que leen. Y no parece tampoco que esos esfuerzos estén siquiera medianamente sistematizados:
En realidad, no existe esa metodología, ya que no hay un plan director y cada docente acaba fabricando su propio método, asegura el catedrático de Psicología de la Universidad de La Laguna Juan Eugenio Jiménez. Eso sí, considera que “en España, uno de los problemas que existen es la idea de que se enseña a leer y escribir en 1º y 2º de primaria [6 y 7 años], y luego nos despreocupamos. Pero se trata de un proceso que no culmina, al menos, hasta los 12 años.
Lo dicho, que quizá si a Rosa Regás le diera por leer la prensa no le costaría tanto entender lo que ahora no es capaz de explicarse. Y si otros hicieran lo mismo, podríamos ir enterrando de una vez por todas el espíritu de la LOGSE, la apuesta por rebajar el nivel de exigencia en nuestras escuelas como mecanismo igualitario. Y es que todos los países que han hecho bien su trabajo en este terreno han ido precisamente en la dirección opuesta. En El País de ayer:
Los mejores sistemas han demostrado que la escuela puede compensar las desigualdades sociales y económicas de los alumnos. ¿Cómo? Marcándose unos mínimos muy altos.
A lo mejor un día nuestro sistema educativo alcanza esos “mínimos muy altos”. Pero habrá que esperar. Por el momento, no parece que ese constituya el objetivo primordial ni del Gobierno, ni de las comunidades autónomas, ni de los maestros, ni de los padres, ni de los alumnos. Por el momento, el titular del mismo periódico hoy: “España sufre el mayor retroceso en educación de toda Europa”.
No digo que la enseñanza sea una maravilla, pero creo que se está exagerando la crítica, que tampoco los colegios son la catástrofe que se está poniendo.
¿Y en Canarias cómo está la cuestión? Pues no sabemos, porque el Gobierno no quiso que supiéramos. En la portada de hoy de La Provincia: “El Gobierno no quiso que PISA valorara el nivel de los alumnos de Canarias”. El Gobierno debe saber cómo está la cuestión y que no le beneficiaría ni un pelín que lo supiéramos.
Es probable que, de haber conocido la posición de Zapatero sobre la cuestión que nos ocupa, el artículo hubiera sido diferente, pero acabo de conocerla hora por medio del diario El Mundo:
También “cuesta entender” a Zapatero. Aunque quizá haya quien piense que se le entiende todo.
Claro, es que los padres fueron educados por el PP y por eso ahora no pueden ayudar a sus hijos en las estupendas escuelas socialistas.
Aulas masificadas, más de 25 chicos por aula, falta de profesores, sustituir a un profesor de baja puede llevar más de un mes, en pleno siglo 21 los pricipales soportes técnicos siguen siendo la tiza, la pizarra y la fotocopia; obligación de mantener a chicos que fracasan un año tras otro en el aula hasta los 16 años como mínimo sin ofrecerle alternativas, profesores no formados para dar clases, objetivos mínimos bajo 0, a los alumnos buenos no se les premia el esfuerzo y los “otros” se pasan el año recibiendo ayudas para aprobar sin hacer nada… y así hasta el infinito y más allá sin salirnos de la escuela. Bastante hacen los chicos para lo poco que les pedimos y damos.
Para mí que se exagera (además es una buena ocasión también para rematar a Zapatero, para no variar). Ah. Antes de que me responda el articulista, me adelanto: no he entendido este artículo. Saludos.
Al margen de las chorradas de Rosa Regas, no es la primera vez que entro en polémica con Jorge sobre el estado de la enseñanza en el Estado español (soy enseñante). Y la verdad es que ya no me sorprenden estos artículos ininteligibles y algunos post como el de Pablo Quintana, demagógicos se miren por donde se miren. A ver Pablo, Jorge: ¿qué hacemos? ¿rebajamos la edad de la enseñanza obligatoria a los 14 años tal y como se establecía en la Ley Villar-Palasí? ¿Nos quitamos de encima a los que no quieren estudiar o a los “torpes” a los 14 años como ocurría antes? Estoy seguro que muchos de esos enseñantes afiliados a los sindicatos de “Licenciados” estarían encantados de que en los institutos sólo se impartiera clases a los listillos y el resto a coger la bandeja para trabajar en el turismo de camarero, por ejemplo.
Vuestra posición me parece ultramontana, más propia del búnker educativo que del sentido común. Vivimos en una sociedad claramente audiovisual (el homo tipographicus del que hablaba McLuhan hace tiempo que feneció), ¿qué hacemos con las familias que no pueden atender a sus hijos por las tardes, porque están currando para pagar la hipoteca (que la familia ha cambiado mucho desde que fuiste al Instituto, Jorge)? ¿Porqué se está tardando tanto en extender los servicios sociales a los centros educativos? ¿qué está ocurriendo con los departamentos de orientación? ¿qué demonios está ocurriendo en las Escuelas Universitarias de Magisterio? ¿Cuándo recibirán los que cursan licenciaturas formación en pedagogía y didáctica de sus asignaturas (yo me tuve que buscar la vida con mejor o peor fortuna)? A mí también me parecen preocupantes los datos del informe Pisa y se me ocurren muchas ideas para mejorar este desaguisado, pero desde hace ya tiempo el informe PISA también afirma que si tenemos en cuenta la extracción social y cultural de los padres, los datos no son tan dramáticos (si conocieras el informe, entenderías a ZP). Claro, es que buena parte de esos padres no obtuvieron ni el Graduado Escolar porque nuestro sistema educativo condenaba a la mayoría (en ciertas zonas de Gran Canaria a más del 70% del alumnado) a salirse fuera del sistema educativo, mientras que la mayoría de la élite que terminaba el PREU o el COU no eran hijos de aparceros, por poner un caso. Porque, Jorge, para poder marcar unos mínimos altos primero debemos lograr atajar toda la problemática que rodea a la enseñanza. Que difícilmente tendrá éxito un alumno desatendido por su familia o que está rodeado de un entorno culturalemnte exiguo. Dicen los finlandeses -los que encabezan el ranking del informe PISA, que parte de su éxito educativo se lo deben a la tradición protestante de leer la biblia en casa con sus hijos y a las coberturas sociales que permiten a las familias atender adecuadamente a sus hijos… Entonces ni te planteas la cuestión de los mínimos altos.
Siento el tono, pero es que me apasiona mi profesión y estoy hasta los mismísimos de soportar día tras día la simplificación maniquea de un asunto FUNDAMENTAL en un Estado de Derecho. Ahora bien, si el asunto se arreglara con subir los mínimos y hacer que los alumnos se levanten cuando el profesor entra en clase, creo que hace tiempo que se hubiese llevado a cabo. De verdad que hay que ser algo ingenuo para pensar estas cosas. Y creo que se llevan cometiendo graves errores en la política educativa desde hace ya mucho tiempo, pero este asunto es un poquito más complejo que decir cuatro cositas para meterse con la Regas o ZP a cuenta del informe PISA.
Por supuesto, Asimétrico, que “este asunto es un poquito más complejo”. Me limité a dar una opinión al hilo de las declaraciones de Regás y de las noticias sobre el informe PISA. Sigo creyendo que el espíritu de la LOGSE ha sido claramente nocivo para el sistema de enseñanza en este país, pero no se me esconde que las causas de lo que yo considero un fracaso educativo son unas cuantas y que las responsabilidades se extienden por el conjunto de la sociedad española (aunque sus grados sean, claro está, muy distintos).
Encuentro en tu contestación algunos elementos a partir de los cuales iniciar un pequeño debate. Pero estoy de puente, así que dejaré la posibilidad de polemizar sobre la cuestión para el lunes. No obstante, también podríamos pensar, si te apetece e interesa, en organizar un debatillo algo más organizado en estas páginas. Si lo ves, no tienes más que decirlo, y pensamos cómo hacerlo.
Un saludo
A ver si Asimétrico acepta el debate porque, hay que reconocerlo, el tema educativo es más enriquecedor que tanto politiqueo. A los hechos y los padecimientos en el aula me remito.
REPORTAJE.- LA ESCUELA EN FINLANDIA
Buenos profesores, familias comprometidas y una sólida inversión logran la educación más eficaz del mundo en el país nórdico
Carmen Morán. – 19-12-2004 (Enviada especial) – Helsinki
Finlandia da la nota
El sistema educativo finlandés es público y gratuito desde que un niño nace hasta que hace el doctorado en la universidad.
A las ocho de la mañana Marku Keijonen entra en la escuela. Tiene 42 años y es el director del colegio Porolahden Perus, de Helsinki. La primera actividad del día es encender el ordenador. “No es algo baladí, al abrir mi correo encuentro las cartas de los padres de alumnos que tengo que contestar”. Las familias están en contacto permanente con el centro y es a los padres a quien debe rendir cuentas de su trabajo el colegio en primer lugar.
Finlandia. A este país de noches blancas y tinieblas eternas, según la estación que toque (ahora anochece a las cuatro de la tarde), las estadísticas le sonríen. El Forum Económico Mundial dice que tiene la economía más competitiva del mundo; es el país de la Europa de los Quince con una mayor difusión de periódicos por habitante (430 por cada 1.000); notable tasa de fecundidad, 1,7 hijos por mujer (la media de la UE es 1,4). Pero quizá son los resultados escolares de sus alumnos los que más alegrías les han dado en los últimos tiempos. El informe PISA 2003, que mide el rendimiento educativo de los países de la OCDE, se publicó hace un par de semanas y de nuevo coloca a Finlandia como el país ejemplar: son los primeros en matemáticas, en comprensión de la escritura y en cultura científica (con Japón).
Los profesores no saben muy bien el porqué de estos datos. Se invierte un 5,8% del PIB en educación, pero otros también lo hacen; su clima endiablado deja a los niños en casa al abrigo de los libros, pero en Islandia o en Dinamarca calor no hace; en sus aulas tienen los niveles de inmigración más bajos de la OCDE. Pero todas estas cosas no explican por sí solas el éxito repetido. Los profesores, y la misma ministra de Educación, Tuula Haatainen, lo atribuyen en gran medida a la sólida formación de los docentes y a un marco educativo muy claro. “Tenemos un sistema uniforme, obligatorio y gratuito que garantiza la equidad y el acceso para todos; el personal docente está altamente cualificado y las madres, incorporadas al sistema laboral, son las primeras en motivar a sus hijos para que estudien”, resume la ministra.
El sistema educativo finlandés es público y gratuito desde que un niño nace hasta que hace el doctorado en la universidad. Pero además es obligatorio de los siete a los 16 años. En esta etapa todos estudian lo mismo y el Gobierno pretende además que lo hagan en el mismo edificio, o lo más cerca posible, para garantizar un seguimiento continuado del alumno. En ello están.
El Estado marca un 75% de enseñanzas comunes y el resto lo organiza el colegio con la participación activa de estudiantes y familias. La libertad para diseñar el día a día escolar es amplia, por tanto, no es fácil hablar del sistema de forma general. Pero hay algunos aspectos comunes. La formación de los profesores es uno de ellos. Todos tienen que pasar cinco años de carrera, un tercio de la cual será de contenido pedagógico. “No basta con saber matemáticas”, dicen. Y la mayoría, como recuerda la ministra, tiene un año más de estudios, un máster.
Los profesores creen que su salario podría ser algo más elevado que los aproximadamente 2.300 euros brutos al mes; sin embargo, están contentos con las 13 semanas largas de vacaciones al año (los españoles tienen algo más de 16). La jornada semanal es de 37 horas aunque no todas sean de enseñanza en clase. Si se les pregunta, no dudan: son maestros por vocación y están motivados. Quizá porque gozan de valoración social y prestigio entre sus compatriotas “Por lo general contamos con la confianza de los padres, aunque eso va decayendo”, presagia Tuula Tapaninen, la orientadora del colegio Porolahden Perus.
Al otro lado de Helsinki, la rectora del colegio Alppila, Aulikki Kalalahti, señala otro dato que explica la motivación de los maestros: “Tienen libertad para trabajar con los alumnos y ven que consiguen éxitos con ellos”.
Codo con codo
Los profesores trabajan codo con codo con las familias, con las que mantienen una relación fluida. En enero el colegio Alppila organiza sus jornadas de presentación, a las que acuden los padres para conocer su método de trabajo. Si les gusta podrán optar libremente por matricular allí a sus hijos. Los padres pueden elegir el centro pero suelen quedarse en el más cercano. El Alppila mantiene con el centro de primaria que le corresponde por cercanía una estrecha sintonía que favorece el seguimiento de los alumnos hasta el final de la etapa obligatoria.
El 50% de los niños que se matriculan de los 13 a los 16 años en el colegio vienen de su centro adscrito, pero la otra mitad procede de cualquier rincón de Helsinki. El colegio se ha ganado una buena fama en comunicación y expresión. Es un ejemplo de un fenómeno reciente en la educación de la ciudad, la especialización de algunos centros en música, matemáticas, deportes… Cuando un alumno destaca en alguna de estas disciplinas los padres tratan de matricularlos en ellos, aunque algunos centros imponen un test para evaluar las habilidades del aspirante. Si hay plazas, estarán dentro.
La oferta y la demanda se distribuyen por ahora razonablemente entre todos los colegios de Helsinki, aunque el ayuntamiento ha eliminado (salvo excepciones) las becas de transporte para los niños que se trasladan por voluntad propia a centros alejados de sus casas.
Cuando las familias se acerquen a conocer el Alppila, la rectora les explicará que han recibido algún premio por cumplir fielmente con su programa: los profesores se propusieron trabajar en equipo, bien coordinados, y lo lograron con creces. La Administración les extendió un cheque de 28.000 euros. Se fueron de vacaciones a Hungría y se dieron una buena cena de Navidad. Eso fue el año pasado.
Cuando las cosas pintan peor, los profesionales del centro se prodigan en apoyos académicos y sociales para los alumnos. El número de estudiantes por clase ronda la veintena, pero si hay problemas académicos los sacan en grupos de 10 y les ponen al día. ¿Y si hay que repetir curso? “Será en los primeros años de primaria, cuanto antes”, dice la rectora.
Ese es el principal reto que señalan los docentes: poder sacar a todos los alumnos adelante, vengan de donde vengan. Por eso, en cuanto atisban un problema ponen en marcha sus muchos mecanismos de prevención.
Si la cosa se complica, la Administración (local o nacional) se rasca de nuevo el bolsillo. El colegio está enclavado en un barrio con problemas sociales y ya de partida recibe más presupuesto que otros. “El año pasado tuvimos un problema y el municipio de Helsinki nos concedió 18.000 euros que se recibieron pronto”. Con ese presupuesto la rectora contrató un profesor por horas que ayudó a los rezagados a hacer los deberes, entre otras cosas.
En Finlandia los centros tienen buenas instalaciones y equipamientos, pero también se percibe cierta austeridad. Una simple cartulina con papelitos pegados sirve a la rectora del Alppila para dejar constancia escrita de los propósitos educativos del curso. Y los cumplen.
Los alumnos también responden. Hacen sus deberes, que no son pocos, y no se quejan. Pero no son adolescentes de comportamiento angelical. Son como todos, y entre ellos empieza a cundir el desánimo, como señala el rector del centro Porolahden Perus. El alcohol es una de las grandes preocupaciones de este país, se bebe mucho y como con embudo. Y el desempleo alcanza ya el 9%. Por ahora, cerca de un 60% de los alumnos sigue al bachillerato camino de la universidad y el resto se matricula en formación profesional. Es difícil encontrar a alguien que acabe sin su título.
Los finlandeses tienen un sistema educativo libre que rueda con fluidez, buenos maestros, familias que participan y dinero para afrontar las dificultades. Y una voluntad férrea para cumplir con el deber. El 85% de los finlandeses son luteranos (poco practicantes). ¿Puede el espíritu de Lutero (“Siempre pecador, siempre justo y siempre penitente”) inculcar esa suerte de responsabilidad personal en el carácter de maestros y alumnos? “Es posible”, dice con seriedad el director del instituto Porolahden Perus. “Es la responsabilidad de que hay que cumplir. Pero eso tiene su lado malo: los profesores a veces se exigen tanto, que llegan a enfermar”.
14 años de rector
A los directores de colegios en Finlandia los elige la Administración. A Marku Keijonen, de 42 años) lo designó el Consejo de Educación de Helsinki y lleva ya 14 años ejerciendo como rector (así les llaman), los últimos cinco en el centro Porolahden Perus. Hay funcionarios públicos con formación pedagógica y representantes políticos. Ellos eligen a los rectores.
Para llegar al cargo se necesita una titulación de profesor y algunos años de experiencia como subdirector. El elegido se encargará de designar a dos subdirectores. “Los rectores estamos muy bien pagados, muy por encima del salario de un profesor, un promedio de 4.500 euros”, detalla Keijonen. Pero el trabajo del rector es tal que no son muchos los que guardan cola en la puerta, explica. “Hay que llevar la economía del centro, el manejo de los recursos humanos y el cuidado de los niños; algunos incluso dan clase”.
No requieren formación específica para la gestión. Su tarea es “prevenir los conflictos, hablar con padres, alumnos, profesores”. “¿Si un profesor suspende a 15 de 20 alumnos? Lo primero que tiene que hacer es mirarse al espejo. Si suspenden cinco, el profesor ha de buscar las razones”.
Disciplina y problemas académicos
La conflictos en clase no son frecuentes en Finlandia, porque prefieren prevenir a curar. “A los cuatro años ya se detectan los problemas”, afirma la directora del centro Alppila, Aulikki Kalalahti. Pero cuando la falta de disciplina llega al aula un grupo de profesionales se pone manos a la obra. El profesor es el que da la voz de alarma. En el centro cuentan con un trabajador social, un médico, un enfermero, y un alumno elegido por sus compañeros que recibe algunas clases para tratar conflictos. El tutor también se encarga a pleno rendimiento de estos asuntos con la colaboración de la familia. Entre todos tratan de zanjar el problema antes de que vaya a más.
En el colegio Alppila los alumnos se comprometen cada año a seguir unas reglas de juego que ellos mismos redactan y negocian con sus profesores. Eso les sirve para mantener el orden.
Si la carencia del alumno en cuestión es académica, los propios profesores redoblan su jornada para darle clases de apoyo. Si hay varios rezagados se los saca de la clase y reciben apoyo extra en grupos de 10, como mucho.
También hay alumnos encargados de prestar apoyo académico a los compañeros que flojean en alguna materia.
Heidi de Laponia
El norte de Finlandia es el territorio de las nieves y los renos, con una población que no supera las 13 personas por kilómetro cuadrado. Allí nació Heidi Nuorgam hace 26 años. Y allí fue a la escuela, en un pueblecillo de 200 habitantes, Utsjoki. Para ir al instituto viajaba cada día a un pueblo más grande y no recuerda que los chicos de ciudad supieran más que ella. Cursó estudios de Hostelería en la capital de Laponia, Rovaniemi.
Recuerda los renos de su abuelo y las botas típicas de andar por la nieve. Y a su madre animándola a estudiar. Entonces su madre trabajaba en una guardería y ahora en un restaurante, como ella en Helsinki.
Heidi habla finés, y entiende el sueco, como muchos jóvenes de Finlandia (es lengua cooficial y se estudia en el colegio). Pero también habla inglés y un español con acento canario. Estuvo en las islas trabajando algún tiempo. De chica le gustaba la historia y la religión (en Finlandia se estudia la religión de cada alumno y ética para el resto).
Tanto Heidi como su madre piensan estudiar algo más. “No quiero trabajar siempre de camarera”. “Siento que la educación es importante y útil. Puedes decir que tienes educación. Eso es un orgullo”.