Fernando Marcet Manrique
“Estamos acosados por pregoneros que nos aconsejan a bombo y platillo nuevos mecanismos de consenso y de intervención directa de los ciudadanos en las decisiones de gobierno, pero que callan como momias ante las premisas del discurso, es decir, sobre lo que los ciudadanos saben o no saben de las cuestiones sobre las cuales deberían decidir. No tienen la más mínima sospecha de que éste sea el verdadero problema. Los ‘directistas’ distribuyen permisos de conducir sin preguntarse si las personas saben conducir”.
Estas palabras, de Giovanni Sartori, insertas en el blog por Jorge Marsá hace ya un tiempo, creo que resumen a la perfección la corriente de pensamiento que se opone con mayor contundencia a la democracia directa. Dar permisos de conducir a los ciudadanos sin que estos sepan conducir, ¿eso es?, ¿a eso equivale dejar que un ciudadano cualquiera sea copartícipe en las decisiones que toman los gobiernos?
Es más o menos la misma idea, pero dicha con otras palabras, que encontramos en frases como estas:
Cuando los ciudadanos de aquí se impliquen como los de allí. Cuando los políticos de aquí se parezcan en algo a los de allí. Cuando mi abuela tenga ruedas… será una bicicleta.
Otro mundo probablemente será posible, pero para llegar a él no nos quedan más narices que tener que hacer el trayecto desde el que tenemos.
Desde este punto de vista, en el que coinciden no pocos detractores de todo lo que huele a democracia directa, la participación ciudadana vendría a ser un objetivo inadecuado, porque equivaldría a empezar la casa por el tejado. La realidad es la que es, los ciudadanos somos lo que somos, y tal como somos, se infiere, seríamos capaces de los mayores estropicios si nos dieran más poder decisorio del justo. No es que exista la participación ciudadana buena o mala, no es que pueda implementarse un reglamento de participación ciudadana mejor o peor. Es que, simplemente, la participación ciudadana no toca. Todavía no. Primero, seamos lo bastante cultos, seamos lo bastante listos, seamos lo bastante lo que sea… o no lo seamos, da igual, el caso es que en estas condiciones, vayan a mejorar o no, la democracia directa reportaría más inconvenientes que ventajas.
Y me apresuro a desmarcarme del tentador populismo. Porque es muy fácil atacar esta postura tildándola de elitista, con un indignado ¿estos qué se han creído?, asociándote a las masas para enfrentarte en golosa compañía a los pérfidos resabidos. No. Ni pérfidos, ni elitistas, sino realistas y lógicos, eso es lo que son. Ahora bien, no todas las lógicas llegan a soluciones válidas yendo por caminos similares. A veces dos senderos aparentemente dispares dan, ambos, soluciones igualmente correctas (o incorrectas).
Pero creo importante responder esta pregunta antes que ninguna otra. ¿Para qué la participación ciudadana? ¿Vale para algo? ¿Vale la pena perder siquiera un minuto tratando de elaborar un reglamento sobre el tema? Porque si nos hacemos estas preguntas, y respondemos que no, que la participación ciudadana no toca, entonces seguramente nos ahorraremos a nosotros mismos muchísimo trabajo, y sin duda también muchísimo dinero.
¿Debemos decir aquello de “Zapatero a tus zapatos”, y reconocer que es labor de los políticos tomar decisiones políticas, y que no puede ser de otro modo, al menos mientras la mayoría de ciudadanos seamos lo que somos, como nos decía Jorge Marsá?
La apuesta por el político sin ideas ni proyectos que se limita a obedecer los dictados de los ciudadanos. Como si la gente, toda, tuviera la misma idea de lo que debe hacerse. En fin, la propuesta que en Lanzarote popularizó Alternativa Ciudadana: la renuncia a la política.
¿O debemos por el contrario considerar esto otro que nos decía Jose Luis Asencio?
La Participación, además de ser ese amigo feo de quien todos predican y aclaman sus virtudes espirituales pero con quien nadie se abrazaría para bailar, es algo que, a todas luces, se encuentra en el horizonte, […] es algo hacia donde ir, no es el lugar, ya nos gustaría, en el que nos encontramos.
¿Debemos tender hacia un sistema en el que todos los ciudadanos puedan participar o es mejor dejar que la política siga siendo coto exclusivo de unos pocos elegidos? Ahí está el meollo, y ambas posturas son perfectamente defendibles, aunque yo tenga la mía meridianamente clara.
Luis Arencibia me decía el otro día esto:
…se pueden poner infinidad de ejemplos en los cuales la mayoría apostaría por decisiones objetivamente inconvenientes, cuando no directamente por auténticos disparates.
De hecho, para evitar tropelías por parte de la mayoría existe el sistema representativo en el que vivimos, mediante el cual delegamos la responsabilidad en gestores a los que suponemos capaces de tomar decisiones por nosotros.
Es una reflexión interesante, que he escuchado muchas veces, y con la que incluso estoy hasta cierto punto de acuerdo. Porque es verdad que se podrían poner muchos ejemplos de auténticos disparates decididos por mayorías, pero seguramente no tantos como disparates ideados y llevados a cabo por un único jerifalte. Reyes, tiranos, dictadores, alcaldes, presidentes…
En el caso de los cargos electos, el asunto tiene todavía más recochineo, porque ¿en base a qué consideramos que somos aptos para elegir a los que tomarán las mejores decisiones si partimos desde la premisa de que nosotros mismos no sabemos reconocer una decisión buena de una mala? No me digan que no es una contradicción bastante flagrante.
Yo le doy la vuelta al planteamiento ese que dice que sólo si fuéramos ciudadanos ejemplares la participación ciudadana tendría sentido. Y es que, en efecto, estaría muy de acuerdo en reconocer la democracia representativa como el mejor de los sistemas. E incluso la monarquía, ya puestos. Pero claro, sólo si existieran los representantes ideales, sólo si existiera ese individuo sapientísimo, capaz de tomar la resolución precisa en cada caso. Entonces sí.
A mi entender la política es algo demasiado complejo, que abarca un espectro decisorio demasiado amplio, con factores a tener en cuenta demasiado ambiguos, como para considerar que existe “lo perfecto”. Porque aquí no se trata de buscar la perfección, no se trata de tomar las decisiones perfectas o de ser indiscutiblemente justos, sino de que todos nos sintamos parte útil del mismo barco, evitando de paso las corruptelas típicas de quien tiene el poder muy cerca o muy en exclusiva. Y tampoco caigamos en ese simplismo de reducir la democracia participativa a una especie de “todo el mundo votándolo todo”, porque no es eso. Los asesores seguirán teniendo su razón de ser, igual que los peritos, igual que los políticos… y ciertas decisiones de tipo técnico seguirán siendo, por su propia naturaleza, asunto de unos pocos. Pero la política es mucho más, y desde ya pongo la mano en el fuego porque el más egoísta e inepto de los individuos que se moleste en participar, sin formar parte de un partido político, tomará decisiones al menos tan dignas como las que tomarían quienes hoy por hoy ocupan la mayoría de alcaldías o concejalías en cualquier lugar de Lanzarote, Canarias o España.
Tras todo lo dicho, concluyo respondiendo mi propia pregunta, reafirmándome en la necesidad de que la participación ciudadana sea un objetivo a buscar, independientemente de la formación o capacidad de los ciudadanos. Y desde esa respuesta, sigo escribiendo lo que escribía el otro día, que el reglamento de participación ciudadana del Cabildo, o su borrador, tiene graves carencias, siendo la más notoria que se pide a los ciudadanos participar por el simple hecho de participar, sin que importe mucho o poco si el fruto de dichas participaciones va a ser tenido en cuenta por el poder político de turno.
Aunque para el domador lo importante sea el truco, para la foca lo único que cuenta es la sardina. Y en este reglamento se nos pide a los ciudadanos que hagamos el truco, pero se nos niega la sardina.
LZ-III
10:31 | 30 Noviembre 2007 | Permalink
Me siento orgulloso, porque mi comentario del otro día aparerezca citado en el artículo: “Cuando los ciudadanos de aquí se impliquen como los de allí. Cuando los políticos de aquí se parezcan en algo a los de allí. Cuando mi abuela tenga ruedas… será una bicicleta”.
Pero para mí que es más sencillo lo que quería decir: “Cuando los ciudadanos de aquí se impliquen”. Porque no es que haya que ser ciudadano modelo o un experto para participar, el problema es que “los ciudadanos de aquí” se caracterizan en general por no tener ningún interés en implicarse, en participar. Esa es la realidad de la sociedad española, que en la recientemente publicada Encuesta Social Europea aparece como la sociedad en la que los ciudadanos están menos interesados por la política de toda la UE.
La verdad es que en España hay un acuerdo entre políticos y ciudadanos: los primeros pasan de la participación tanto como los segundos, los unos encantados de que no les molesten y los otros, de no molestar. ¿Que estaría bien que esto cambiara? Pues sí, pero entonces, lo que decía: “Cuando mi abuela tenga ruedas… será una bicicleta”.
Fernando M.
10:47 | 30 Noviembre 2007 | Permalink
Se agradece la aclaración, LZ-III, y disculpa si malinterpreté.
Pero a lo que yo venía era a otra cosa, y es que uno se siente especialmente orgulloso de formar parte de algo como La Opinión de Lanzarote, tras ver las dos últimas entradas de El Agitador. ¿En esas condiciones cómo no va a ser una utopía la independencia de los medios respecto al poder político?
Luis Arencibia
12:23 | 30 Noviembre 2007 | Permalink
El tema es interesante Fernando e igual el comentario que pensaba escribir se alarga tanto que lo dejo para una entrada la semana que viene. De momento, copio y pego la segunda parte del comentario mío que citas, para reflejar mejor mi opinión al respecto:
“De hecho para evitar tropelías por parte de la mayoría existe el sistema representativo en el que vivimos, mediante el cual delegamos la responsabilidad en gestores a los que suponemos capaces de tomar decisiones por nosotros.
Como la experiencia demuestra que esto es mucho suponer, si creo en la posibilidad de articular mecanismos en los cuales la acción de estos gestores esté más intensamente asesorada y fiscalizada por colectivos de ciudadanos o especialistas en las diferentes materias. Pero de ahí a los mecanismos de democracia directa que planteas hay un trecho.”
José Luis Asencio
13:39 | 30 Noviembre 2007 | Permalink
En principio no puedo sino manifestar mi agrado por el debate, en torno al tema de la Participación y su modesta puesta en escena, que se ha generado en este espacio; permitanmé, por otro lado, que no muestre la misma satisfacción respecto a los “aplausos”.
Hace algún tiempo escribía algunos apuntes sobre el “deber” que los ciudadanos tenemos (desde una crítica republicana del liberalismo) de “hacernos cargo” (por decirlo con J. Zubiri) de la realidad en la que nos hallamos incrustados; o sea, de entender-la, de intentar comprender los mecanismos y engarces que definen nuestra convivencia, el entorno en la que ésta se materializa y, desde una perspectiva ética que sea la que sea todos tenemos, cómo nos gustaría que fuesen las relaciones y criterios que la definan.
Por otra parte creo ( y partiendo esta vez desde una crítica liberal del republicanismo) que los ciudadanos tenemos, también, el derecho a ser libres y optar por “participar” e implicarnos en la vida públilca, sea cual sea la forma en la que ésto se lleve a cabo, o, por el contrario, optar por que nos dejen en paz y que los gestores de lo público se dediquen a hacer su trabajo, como cualquier hijo de vecino, con eficacia y claridad.
Pienso que el mantenerse atento frente a los abusos que las perspectivas expuestas (la liberal y la republicana) contienen de hecho y como posibilidad, es ya un ejercicio de construcción democrática en el que lo verdaderamente importante es la preocupación manifestada, explícita o implícitamente; la insastifacción o satisfacción que se exterioriza y, por supuesto, la irrenunciable esperanza sedimentada en la mejora y solución de los problemas que con-vivir exige y requiere.
Quizás lo más difícil y lo verdaderamente importante consista en detectar los problemas, es decir, en saberle hacer la pregunta apropiada a las cosas apropiadas. Fernando Marcet atina cuando señala la complejidad de las sociedades actuales y, por tanto, de la Política; también Luis Arencibia desvela un problema enorme cuando alude a la claro-oscura relaciòn de los medios con el poder; no puedo, no obstante, compartir aquello de que el capitalismo tenga “lacras e imperfecciones” pues, al contrario y sin recurrir a manoseados tópicos, considero su racionalidad (de la que A. Machado, reinventando como nadie la máxima kantiana de que el hombre tiene dignidad y no precio, tan bellamente nos habla) como la estructuración económica de las desigualdades y las injusticias más opuestas a las formas y procedimientos de la democracia liberal, por poner un ejemplo cercano y por no entrar en las causas y condiciones que han llevado al capitalismo “a triunfar” (me pregunto donde radica dicho triunfo, es decir, cuál sería el “triunfo” con la que está cayendo, o con lo que no les cae, a millones de personas)
Tampoco puedo compartir la relación que establece entre empresa y administración pública, me parece no sólo inoportuna sino peligrosa, pues no creo que olvide la diferencia, a mi entender bastante notable y por la que han muerto muchísima gente, entre cliente y ciudadano; claro que hablar de “aumentar la calidad” de la gestión pública y pensar que el proceso de construcción del borrador es un “tejado” tiene esas cosas de la inconsistencia.
No seré yo el que defienda el borrador pues, sinceramente, y de esto Javier Diáz Reixa sabe más que yo, los límites de estos documentos están prácticamente cerrados por ley, y porque lo que de verdad me interesa es que (después de los grandes fracasos y los grandes dramas que el “corto siglo XX” nos ha dejado) se establezcan procesos, espacios y cauces por donde aquellas personas o colectivos que quieran tengan por donde colarse en esto de lo público, de intentar que lo cotidiano, lo cercano, se conviertan en esa realidad anhelante y deseada que abra posibilidades nuevas.
Por tanto, tan importante como el documento que sirva de base para regular el entramado participativo que generemos, lo es que recoga en su elaboración las opiniones e ideas de aquellos que lo consideren.
De todas formas, afortunada o desafortunadamente, está prácticamente todo el trabajo por hacer.
José Luis Asencio
13:53 | 30 Noviembre 2007 | Permalink
…de todas formas, y, con el imprescindible disenso que la deliberación exige, quiero sinceramente agradecer la oportunidad de debatir y dialogo que “la opinión de lanzarote” proporciona.
Estoy convencido de que no es un mero “hablar por hablar” y que, aunque lo sea, no elude la discusión que toda acción reclama como parte irrenunciable.
Luis Arencibia
21:07 | 1 Diciembre 2007 | Permalink
Agradeciéndote de nuevo la participación en este foro te respondo a algunas cuestiones José Luis:
Respecto a la relación que establezco en mi segundo artículo entre las empresas privadas y las administraciones públicas más que “peligrosa”, me temo que para muchos es políticamente incorrecta, de todos modos no creo que nadie que lo lea pueda llegar a la conclusión de que yo deseo que el Cabildo se convierta en una sociedad limitada o algo por estilo. Simplemente defiendo algo que con toda seguridad ambos compartimos: las administraciones públicas deben esforzarse en optimizar sus recursos y en ofrecer a los ciudadanos servicios de la mayor calidad posible, al igual que lo hacen las empresas privadas.
Y esto, que así dicho parece una verdad de perogruyo, bien sabemos todos que no sólo no se refleja en la realidad, sino que además lo contrario goza de gran respaldo social. De hecho, lo políticamente incorrecto para gran parte de la población sería que su coleguita o su familiar no le “echara una mano” -concediéndole trabajo, licencias, subvenciones…- el día que este accediese a un puesto público. Tras lo cual las administraciones se acaban convirtiendo no en empresas privadas, sino en algo bastante peor. Y pensar que hay una masa de ciudadanos buenos que, si se “incentiva” lo suficiente, puede acabar con estas u otras prácticas de otra masa de ciudadanos malos me parece una visión bastante simplista e infantil de la realidad. A esto me refiero cuando digo que me parece una contrucción de la casa empezando por el tejado.
Aparte de esto, siendo tú el redactor del borrador, me llama poderosamente la atención no haberte leído una sola línea en su defensa, mas que para situarlo como un punto de partida que genere un posterior debate del que saldrá otra cosa. Llegando incluso a decir que “No seré yo el que defienda el borrador”.
Hombre, si te has tomado el trabajo de pensarlo y redactarlo, supongo que, a priori, lo considerarás el mejor de los reglamentos posibles, por mucho que consideres que lo demás lo puedan mejorar con sus aportaciones… ¿Y si “los límites de estos documentos están prácticamente cerrados por ley”? ¿Por qué de entrada no aplicar esa ley -que desconozco- y punto? Y, lo que me llama más la atención, ¿por qué hay reglamentos de participación diferentes en otras administraciones?