Viernes, 30 de Noviembre de 2007

Participación ciudadana, para qué

Fernando Marcet Manrique

“Estamos acosados por pregoneros que nos aconsejan a bombo y platillo nuevos mecanismos de consenso y de intervención directa de los ciudadanos en las decisiones de gobierno, pero que callan como momias ante las premisas del discurso, es decir, sobre lo que los ciudadanos saben o no saben de las cuestiones sobre las cuales deberían decidir. No tienen la más mínima sospecha de que éste sea el verdadero problema. Los ‘directistas’ distribuyen permisos de conducir sin preguntarse si las personas saben conducir”.

Estas palabras, de Giovanni Sartori, insertas en el blog por Jorge Marsá hace ya un tiempo, creo que resumen a la perfección la corriente de pensamiento que se opone con mayor contundencia a la democracia directa. Dar permisos de conducir a los ciudadanos sin que estos sepan conducir, ¿eso es?, ¿a eso equivale dejar que un ciudadano cualquiera sea copartícipe en las decisiones que toman los gobiernos?

Es más o menos la misma idea, pero dicha con otras palabras, que encontramos en frases como estas:

Cuando los ciudadanos de aquí se impliquen como los de allí. Cuando los políticos de aquí se parezcan en algo a los de allí. Cuando mi abuela tenga ruedas… será una bicicleta.

Otro mundo probablemente será posible, pero para llegar a él no nos quedan más narices que tener que hacer el trayecto desde el que tenemos.

Desde este punto de vista, en el que coinciden no pocos detractores de todo lo que huele a democracia directa, la participación ciudadana vendría a ser un objetivo inadecuado, porque equivaldría a empezar la casa por el tejado. La realidad es la que es, los ciudadanos somos lo que somos, y tal como somos, se infiere, seríamos capaces de los mayores estropicios si nos dieran más poder decisorio del justo. No es que exista la participación ciudadana buena o mala, no es que pueda implementarse un reglamento de participación ciudadana mejor o peor. Es que, simplemente, la participación ciudadana no toca. Todavía no. Primero, seamos lo bastante cultos, seamos lo bastante listos, seamos lo bastante lo que sea… o no lo seamos, da igual, el caso es que en estas condiciones, vayan a mejorar o no, la democracia directa reportaría más inconvenientes que ventajas.

Y me apresuro a desmarcarme del tentador populismo. Porque es muy fácil atacar esta postura tildándola de elitista, con un indignado ¿estos qué se han creído?, asociándote a las masas para enfrentarte en golosa compañía a los pérfidos resabidos. No. Ni pérfidos, ni elitistas, sino realistas y lógicos, eso es lo que son. Ahora bien, no todas las lógicas llegan a soluciones válidas yendo por caminos similares. A veces dos senderos aparentemente dispares dan, ambos, soluciones igualmente correctas (o incorrectas).

Pero creo importante responder esta pregunta antes que ninguna otra. ¿Para qué la participación ciudadana? ¿Vale para algo? ¿Vale la pena perder siquiera un minuto tratando de elaborar un reglamento sobre el tema? Porque si nos hacemos estas preguntas, y respondemos que no, que la participación ciudadana no toca, entonces seguramente nos ahorraremos a nosotros mismos muchísimo trabajo, y sin duda también muchísimo dinero.

¿Debemos decir aquello de “Zapatero a tus zapatos”, y reconocer que es labor de los políticos tomar decisiones políticas, y que no puede ser de otro modo, al menos mientras la mayoría de ciudadanos seamos lo que somos, como nos decía Jorge Marsá?

La apuesta por el político sin ideas ni proyectos que se limita a obedecer los dictados de los ciudadanos. Como si la gente, toda, tuviera la misma idea de lo que debe hacerse. En fin, la propuesta que en Lanzarote popularizó Alternativa Ciudadana: la renuncia a la política.

¿O debemos por el contrario considerar esto otro que nos decía Jose Luis Asencio?

La Participación, además de ser ese amigo feo de quien todos predican y aclaman sus virtudes espirituales pero con quien nadie se abrazaría para bailar, es algo que, a todas luces, se encuentra en el horizonte, […] es algo hacia donde ir, no es el lugar, ya nos gustaría, en el que nos encontramos.

¿Debemos tender hacia un sistema en el que todos los ciudadanos puedan participar o es mejor dejar que la política siga siendo coto exclusivo de unos pocos elegidos? Ahí está el meollo, y ambas posturas son perfectamente defendibles, aunque yo tenga la mía meridianamente clara.

Luis Arencibia me decía el otro día esto:

…se pueden poner infinidad de ejemplos en los cuales la mayoría apostaría por decisiones objetivamente inconvenientes, cuando no directamente por auténticos disparates.

De hecho, para evitar tropelías por parte de la mayoría existe el sistema representativo en el que vivimos, mediante el cual delegamos la responsabilidad en gestores a los que suponemos capaces de tomar decisiones por nosotros.

Es una reflexión interesante, que he escuchado muchas veces, y con la que incluso estoy hasta cierto punto de acuerdo. Porque es verdad que se podrían poner muchos ejemplos de auténticos disparates decididos por mayorías, pero seguramente no tantos como disparates ideados y llevados a cabo por un único jerifalte. Reyes, tiranos, dictadores, alcaldes, presidentes…

En el caso de los cargos electos, el asunto tiene todavía más recochineo, porque ¿en base a qué consideramos que somos aptos para elegir a los que tomarán las mejores decisiones si partimos desde la premisa de que nosotros mismos no sabemos reconocer una decisión buena de una mala? No me digan que no es una contradicción bastante flagrante.

Yo le doy la vuelta al planteamiento ese que dice que sólo si fuéramos ciudadanos ejemplares la participación ciudadana tendría sentido. Y es que, en efecto, estaría muy de acuerdo en reconocer la democracia representativa como el mejor de los sistemas. E incluso la monarquía, ya puestos. Pero claro, sólo si existieran los representantes ideales, sólo si existiera ese individuo sapientísimo, capaz de tomar la resolución precisa en cada caso. Entonces sí.

A mi entender la política es algo demasiado complejo, que abarca un espectro decisorio demasiado amplio, con factores a tener en cuenta demasiado ambiguos, como para considerar que existe “lo perfecto”. Porque aquí no se trata de buscar la perfección, no se trata de tomar las decisiones perfectas o de ser indiscutiblemente justos, sino de que todos nos sintamos parte útil del mismo barco, evitando de paso las corruptelas típicas de quien tiene el poder muy cerca o muy en exclusiva. Y tampoco caigamos en ese simplismo de reducir la democracia participativa a una especie de “todo el mundo votándolo todo”, porque no es eso. Los asesores seguirán teniendo su razón de ser, igual que los peritos, igual que los políticos… y ciertas decisiones de tipo técnico seguirán siendo, por su propia naturaleza, asunto de unos pocos. Pero la política es mucho más, y desde ya pongo la mano en el fuego porque el más egoísta e inepto de los individuos que se moleste en participar, sin formar parte de un partido político, tomará decisiones al menos tan dignas como las que tomarían quienes hoy por hoy ocupan la mayoría de alcaldías o concejalías en cualquier lugar de Lanzarote, Canarias o España.

Tras todo lo dicho, concluyo respondiendo mi propia pregunta, reafirmándome en la necesidad de que la participación ciudadana sea un objetivo a buscar, independientemente de la formación o capacidad de los ciudadanos. Y desde esa respuesta, sigo escribiendo lo que escribía el otro día, que el reglamento de participación ciudadana del Cabildo, o su borrador, tiene graves carencias, siendo la más notoria que se pide a los ciudadanos participar por el simple hecho de participar, sin que importe mucho o poco si el fruto de dichas participaciones va a ser tenido en cuenta por el poder político de turno.

Aunque para el domador lo importante sea el truco, para la foca lo único que cuenta es la sardina. Y en este reglamento se nos pide a los ciudadanos que hagamos el truco, pero se nos niega la sardina.