Jorge Marsá
Leí el pasado sábado una entrevista con el compositor y director de orquesta Pierre Boulez, en la que se destacaba esta afirmación: “No estoy en contra del pop, pero lo considero un nivel muy elemental”. Defiende Boulez un lenguaje musical más elaborado, menos “banal y repetitivo”. Y hace bien. Lo que no se entendería, y queda la duda, es que estuviera en contra de que la gente escuche “esa música que lleva a un desarrollo escaso del ritmo”.
Parece difícil salir de las dicotomías estrechas: ¿música culta o música popular? Quizá la dificultad estribe en que a las dos cosas llamamos de la misma forma: música. Podríamos plantear la disyuntiva en otro terreno que a lo mejor nos ayuda a aclararnos: ¿mejor las uvas o el vino de Burdeos? Pues es claro que las uvas desmerecen frente a la compleja elaboración que requiere obtener un buen vino. Sin embargo, son muchas las ocasiones en las que uno disfruta con placer de un “elemental” racimo de uvas. Vamos, que nos pueden gustar las uvas y el buen caldo que es posible elaborar con ellas.
Sin embargo, para algunos no es fácil escapar del dilema con la música. Poco tiempo atrás, leía un artículo en el que se insistía en la superioridad –obvia, por otra parte– de la música llamada clásica, más en concreto de la ópera, frente a las músicas populares. Y el autor ponía un ejemplo que le parecía de lo más ilustrativo: el ruido que caracteriza los escenarios de la música rock frente al religioso silencio que guardan los oyentes en un teatro de ópera, el bullicio de quienes en realidad no atenderían a la música frente a la devoción con la que escuchan los aficionados al género lírico. El autor se mostraba en el texto tan conocedor de lo que ocurre hoy en un teatro de ópera como ignorante de lo que sucedía en el pasado.
La ópera, el género musical elitista por excelencia –hoy, como siempre–, cumple cuatro siglos: se considera el Orfeo de Claudio Monteverdi, compuesto en 1607, la primera ópera de la historia. Pues bien, el comportamiento de esas élites que asistían a la ópera durante la primera mitad de la existencia del género dista mucho de ser el que se estila hoy. Lo describe bien Donald Sassoon:
Antes de 1800, en los teatros populares y en las tabernas se prestaba algo de atención a lo que sucedía sobre el escenario, pero en los teatros de la ópera sostenidos por las clases altas reinaba el alboroto. [...] No se pensaba que la puntualidad y el silencio fuesen necesarios. En los círculos de la clase alta se consideraba pasado de moda llegar a tiempo. Prestar atención a la música o quedarse hasta el final de la obra se juzgaba burgués, típico de los comerciantes callejeros. La atención era un faux pas social. Se mantenían conversaciones en los palcos y entre los palcos. Los asistentes se saludaban ruidosamente unos a otros, se emborrachaban, cantaban. El teatro de la ópera era como un club nocturno del siglo XX: la gente se dejaba caer por él cuando le apetecía, y entraba y salía a su gusto durante la representación.
Visto lo cual, los asistentes a un concierto del más duro rock de hoy semejan devotos escuchantes si los comparamos con los modos que lucía la culta aristocracia que acudía entonces a los palcos de la ópera. Porque del patio de butacas, mejor no hablar: ni butacas había; todos de pie y en animada conversación, aunque a veces, es verdad, les daba por emprenderla con los cantantes y…
En fin, que no es que yo crea que en un par de siglos se escuchará Satisfaction con recogida actitud en las salas de conciertos, aunque tampoco puede asegurar nadie lo que ocurrirá con la música más vanguardista del siglo XX –la que representan Schoenberg, Webern, Stockhausen y el propio Boulez–, con una manera de entender la música de la que no sólo se ha apartado el público, sino también la mayoría de los compositores desde hace ya tiempo. En cualquier caso, mientras esperamos el dictamen de la historia, disfrutemos de todo lo que a nuestra disposición tenemos, porque es tontería renunciar a un buen racimo de uvas porque sepamos de la existencia de sublimes vinos de Burdeos.
PD: Para quien tenga interés en conocer la música de Pierre Boulez, he recortado los tres primeros minutos de una de sus obras más conocidas, Pli Selon Pli, en versión de la Orquesta Sinfónica de la BBC dirigida por el propio compositor. Porque escuchar los 68 minutos que dura la obra me parece una tarea ardua y al alcance de muy pocos.
Luis Arencibia
10:14 | 29 Noviembre 2007 | Permalink
Hay un fenómeno muy dañino con el pop y el rock y la denominada “música popular” en general: mientras que en los medios de comunicación se hace con frecuencia distinciones entre obras mayores y obras menores en otras artes (teatro, cine, pintura…) es muchísimo menos frecuente que esto suceda en el caso de estas músicas. Todo acaba pareciendo una masa uniforme… Y por supuesto que tienen poco que ver las Spice Girls con Dominique A, o en nuestro país El Canto del Loco con Astrud.
chapapote
10:21 | 29 Noviembre 2007 | Permalink
Por supuesto, Luis Arencibia, las Spice Girls son claramente mejores… por votación popular. ¿O es que aquí no vale la regla de la mayoría?
Luis Arencibia
10:32 | 29 Noviembre 2007 | Permalink
Ahí quería llegar yo chapapote! en la música popular se impone tranquilamente la regla de la mayoría, mientras que en otras artes rige justo la regla contraria: la de las minorías
tigreton
10:38 | 29 Noviembre 2007 | Permalink
Qué va, el mejor es sin duda alguna el cantante favorito de D. Juan Carlos de Borbón, Julio Iglesias. ¿O es que no vale la regla de la monarquía?
Y por supuesto, en Lanzarote el mejor músico sería el músico favorito de Manuela Armas, que para eso es nuestra presidenta.
O no, a lo mejor tendríamos que elegir cada cuatro años a aquellos de entre nosotros que tengan mejor criterio musical, y que ellos decidan quienes son los mejores musicos.
insoportable
11:39 | 29 Noviembre 2007 | Permalink
¿a quien puede gustarle esa música que hay al final? para mí insoportable.