Francisco Pomares
[La Provincia, 27 de noviembre de 2007]
Hace años que cada vez que escucho a un político latinoamericano de uniforme, enfadado y con la boca llena de palabras como dignidad y honor, pienso que se acerca el momento en que algunos tengan que tirarse cuerpo a tierra, porque las balas van a empezar a silbar pronto por encima de sus cabezas. Una de las ventajas de vivir en Europa es que los políticos sólo se enfadan cuando tienen mayoría absoluta, casi nunca visten de uniforme, y si alguna vez hablan de dignidad, es sabiendo que nadie les hace mucho caso. Por eso, prefieren hablar cada vez más de desarrollo, presupuestos, impuestos y otras cosas parecidas. Es muy aburrido escuchar a Rajoy prometiendo rebajarnos los impuestos, o a Zapatero jurando que éstos son los Presupuestos más sociales de toda la historia de España (por ejemplo), pero es mejor eso que verlos retándose a duelo en la plaza pública.
Hugo Chávez no es, desde luego un tipo aburrido: en Venezuela lo saben perfectamente, y creo que las decenas de miles de venezolanos normales y corrientes que abandonan el país todos los años son una demostración de que la gente normal y corriente prefiere aburrirse que vivir sometida a los caprichos y veleidades de un pequeño hampón con indigestión de petrodólares. Supongo que dos horas de discurso en Aló Presidente, poniendo a caer de pota a un adversario, o recordando cómo se prepara un buen churrasco a la brasa, o reinventando la historia de América Latina en versión videojuego de Bolívar contra Rambo, es más entretenido que un discurso de Rajoy o del sosomán de ZP. Pero me quedó con ese bendito aburrimiento.
Muy lejos de él, Hugo Chávez ha decidido congelarse y congelarnos a todos, hasta que el Rey y el presidente Uribe le pidan perdón, uno por mandarle a callar cuando interrumpía a Zapatero con bastante mala educación, y el otro por pedirle –con bastante discreción, por cierto– que se ocupe de sus asuntos y deje de marear la perdiz con sus compis de la guerrilla colombiana. Chávez se ha enfadado lo inimaginable, dice que el Rey le ha faltado el respeto, y que Uribe le ha escupido en la cara, y que eso puede suponer problemas para “las empresas que tienen aquí y las empresas que tenemos allá”. De momento habla de empresas, y no de ciudadanos, pero su dialéctica del ofendido –por muy divertido que a algunos les parezca ver a Chávez con el rostro más colorado que la boina– comienza a resultar peligrosa.
El presidente de Venezuela no se cree nada de lo que dice. Pero con vistas a la inminente consulta para refrendar la enésima reforma de la Constitución bolivariana (ahora para poder ser presidente vitalicio), Chávez no para de inventar enemigos nuevos. Inventar enemigos es el recurso de los demagogos cuando quieren que el personal cierre filas, en Caracas, aquí y en todas partes. Y el enemigo más disponible es siempre el extranjero más cercano.
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