Fernando Marcet Manrique
Vas ricamente paseando por la calle Fajardo, disfrutando de las amplias aceras que tanto agradeces, aun sin apellidarte Spínola. De pronto, ante ti se presenta un extraño cartel digital. Es como esos que marcan la temperatura, pero en lugar de los grados indica otra cosa. Te acercas un poco más, y lo ves: “Pasea usted por una calle con un promedio de 20 sonrisas por hora”.
Te descojonas un rato. Y el 20 pasa a ser un 21 delante de tus propias narices. Cuando te recuperas de la impresión inicial, no puedes sino mosquearte con el Consistorio capitalino una vez más. En menuda chorrada se les ocurrió gastar el dinero ahora. ¿Veinte sonrisas por hora? Sigues andando, dejando el cartel atrás, todavía buscando un calificativo que haga justicia a semejante majadería. Algún concejal demasiado aficionado a los Monty Python, seguro. Eso sí, la sonrisa no se te quita de la cara.
¿Ficción? Pues no se crean que lo es tanto. Al menos no para una ciudad del sur de Australia, llamada Port Phillip, con una población sólo un poco más numerosa que la de Arrecife (85.000 Port Phillip por 55.000 de Arrecife). En esa ciudad llevan ya unos cuantos meses probando la iniciativa, la cual forma parte de algo que llaman Community Plan. Cada Community Plan tiene una duración de diez años, y el actual, que empezó en este 2007, es el segundo.
Lo de los diez años es importante, porque garantiza que el proyecto salga adelante independientemente de quienes estén en el poder en un momento dado. Se plantean una serie de objetivos, a niveles muy diversos, y establecen estrategias para alcanzarlos. Da igual si éstos pactan con aquellos, o si a mitad de legislatura aquellos vuelven a pactar con los de más allá. El Community Plan está por encima de arreglos y artimañas contractuales.
Y cuando hablo de objetivos muy diversos es porque son realmente diversos. Van desde el terreno de la sostenibilidad medioambiental hasta la reducción de la delincuencia, pero todo ello pasando por algo que seguro les suena de algo: la participación ciudadana. Es un Plan Comunitario y, como tal, depende completamente de la comunidad y de que se involucren quienes la componen.
Ahora bien, dejémonos de adornos florales y vayamos al meollo. Porque ese Community Plan estará dirigido o coordinado por personas de carne y hueso. Y si esas personas de carne y hueso son los políticos de toda la vida, o una pléyade de funcionarios elegidos por éstos, seguramente estaremos en las mismas. Más abajo les dejo enlaces con información al respecto –lamentablemente sólo están disponibles en inglés, exceptuando el artículo que se refiere a las sonrisas con las que abro este artículo y que dieron cierta familla mundial a la ciudad en su día–, y en la segunda página del folleto sobre el Community Plan se encuentran quienes forman parte de ese órgano rector. Diez personas, de las cuales sólo dos son concejales pertenecientes al grupo de gobierno actual. Si el grupo de gobierno cambia, estas dos personas también lo hacen, pero las otras ocho son fijas, y entre estas ocho tenemos a tres técnicos con puestos relevantes en la administración local. O sea, de los diez, cinco son políticos o funcionarios. ¿Y los otros cinco? ¿Quiénes son? Aquí está el quid de la cuestión. Estos cinco marcan la diferencia y dotan de sentido a todo el Community Plan. Son los representantes de la comunidad.
¿Y cómo la representan? ¿No es eso lo que se supone que hacen los políticos al uso, representar a sus votantes? Pues no, no es lo mismo, porque mientras los políticos sólo consultan a sus representados cada cuatro años, los representantes de la comunidad de Port Phillip se deben a las decisiones que tome la comunidad en una suerte de reuniones asamblearias, convocadas frecuentemente.
Estamos, pues, ante un órgano con poder decisorio real formado por personas que en vez de deberse a sus respectivos partidos, se deben a lo que aquellos ciudadanos que tengan a bien participar opinen.
He aquí la que para mí es madre de todas las batallas en el ámbito de la participación ciudadana. Poder decisorio real. En lugar de limosnear 300.000 euros para que las masas se los repartan, o de crear un reglamento todo él supeditado a lo que los políticos decidan en última instancia, colegiamos un órgano con poder decisorio real, no meramente consultivo, cuya durabilidad sea mayor que la del ejercicio legislativo y cuya independencia respecto a cualquier fuerza local, económica o política, esté garantizada. Y esa garantía la ofrece el hecho de que en dicho órgano cinco de sus diez integrantes estén permanente y directamente subordinados a las decisiones que tome la comunidad.
Cuando exista la voluntad, en Arrecife o en Lanzarote, de implantar un órgano parecido, me creeré que todo esto de la participación ciudadana es algo más que pura propaganda o una forma como otra cualquiera de justificar algunos puestos de trabajo extra.
Enlaces relacionados:
Folleto del Community Plan (2007 - 2017).
Artículo: Sonrisas ilimitadas.
Ciudad de Port Phillip en la wikipedia.
Eva A.
11:02 | 28 Noviembre 2007 | Permalink
Esta muy bien la propuesta y la intención…pero me temo Fernando que para conseguir un organismo local como el que sugieres “con poder decisorio real” habría que reformar la constitución…y eso es, de momento, imposible en un país como España que tanto miedo tiene a lo que quiera hacer la mayoría. Una cuestión relevante es que habría que delimitar que condiciones y cualidades tendrían las mayorías decisorias, y cuáles las mayorías simplemente orientativas,e tc. Hablas Fernando de la evolución del concepto y la práctica de la democracia, y estoy de acuerdo contigo y con cuántos se han expresado en ese sentido, pero mientras exista ese extraño cinismo conformista que dice que “la democracia es el menos malo de los sistemas” tendremos que aguantar los distintos desfases entre el concepto original de democracia y las necesidades actuales de la ciudadanía, y aguantar, por añadidura, las menos malas propuestas débiles sobre participación ciudadana que nacen en el contexto del menos malo de los sistemas. Sea el menos malo o el mejor de los sistemas (que no digo que no), la única cuestión es:¿es un sistema perfectible, que permite la evolución y la mejora contínua? si no lo es padeceremos hasta los huesos esta especie de dictablanda que es la burocratización y parlamentarización (en un sistema parlamentario imperfecto) de la participación ciudadana. Opino.
LZ-III
11:51 | 28 Noviembre 2007 | Permalink
Está todo dicho en el último párrafo: “Cuando exista la voluntad, en Arrecife o en Lanzarote, de implantar un órgano parecido, me creeré que todo esto de la participación ciudadana es algo más que pura propaganda o una forma como otra cualquiera de justificar algunos puestos de trabajo extra”.
Cuando los ciudadanos de aquí se impliquen como los de allí. Cuando los políticos de aquí se parezcan en algo a los de allí. Cuando mi abuela tenga ruedas… será una bicicleta.
chino cudeiro
13:21 | 28 Noviembre 2007 | Permalink
¿Y no podría existir algo parecido a ese Consejo de la Biosfera que funcionara como ese Community Plan? No creo que hiciera falta cambiar la Constitución para eso. Sería un órgano independiente que tuviera su peso en los plenos o que se reuniera con el grupo de gobierno cada cierto tiempo. Por lo menos sería una forma de empezar.
Eva A.
14:05 | 29 Noviembre 2007 | Permalink
Sí, sería una forma de empezar, y estoy de acuerdo en que hay que empezar por algún sitio, pero con las actuales reglas del sistema ese “peso” que añoras en los plenos y etc., sería a lo sumo un peso asesor/orientador. Eso sin contar con que para articular colectivamente una propuesta o tomar una decisión “participativa” habría que poner en marcha un proceso formativo de abajo arriba, complicado, lento, en el que habría que contar con que las mayorías de la participación no siempre van a responder como creemos a nuestros anhelos de perfectabilidad democrática. Pero sí, hay que intentarlo.