Lunes, 29 de Octubre de 2007

S. P.

Rafael Cano

El jueves volví de viaje, y en cuanto salí por la puerta del aeropuerto me topé con la acostumbrada cola para coger un taxi. Sin embargo, circulaban por allí una buena cantidad de taxis que no recogían viajeros, así que pregunté al controlador el porqué de la paradoja: “Sólo los taxis de San Bartolomé están autorizados a trabajar en el aeropuerto”.

Recordé haber leído en la prensa hace tiempo que se había tomado la decisión de que en caso de que se acumulara el público, se permitiría el acceso a los taxistas de otras localidades (que es lo que esperaban todos los que por allí pululaban). Así se lo comenté al controlador, pero me contestó que eso sólo lo autorizaban cuando la cola era muy grande. Total, como la cola no era “muy grande”, tuve que esperar durante veinte minutos a que me tocara la vez.

Y se me ocurrieron dos cosas: la primera, que ese rótulo que vemos en los taxis no puede significar lo que yo creí que significaba, servicio público, porque está claro, al menos en Lanzarote, que el objetivo primordial no es prestar servicio al público, sino prestarse servicio. Y la segunda es que si continúan pasando los años sin que los políticos de San Bartolomé y del Cabildo sean capaces de resolver un problema tan sencillo como éste, en una isla que vive del turismo, por el miedo a perder unas docenas de votos, cómo podemos esperar que resuelvan los problemas verdaderamente complejos de la sociedad lanzaroteña. Desde luego que no es razonable esperarlo. En Lanzarote, la esperanza no es lo último que se pierde.