Respuesta a un lector de Crónicas

Fernando Marcet Manrique

Como quiera que mi tiempo es escaso y me había comprometido a escribir un artículo hoy en este blog, he pensado que por qué no aprovechar aquí para seguir con la no sé si definir como entrañable discusión que estamos teniendo el señor “un lector de Crónicas” y yo en el apartado de comentarios de la sección “Fibonacci era chachi”. Para una vez que alguien entra al trapo, no es cuestión de andarse con remilgos.

A este anónimo comentarista, que al parecer me tiene bastante calado, le sentó francamente mal que escribiera un artículo en dicho medio al mismo tiempo que publicaba otro en este con una temática muy parecida, pero quizá, a su juicio, desde un punto de vista demasiado opuesto. O al menos eso es lo que yo he deducido tras analizar pormenorizadamente el núcleo central de su mensaje:

En referencia al texto que nos brinda y ampliándolo con su deslinde en “la opinión de Lanzarote” decirle que ha logrado con su sinrazón un grado tal de incongruencia que el resultado obtenido, podemos deducir, es la suma de los conseguidos en los dos anteriores por lo que reconozco que hace usted honor al nombre de su sección en este periódico, Fibonacci estaría orgulloso de usted.

Es verdad que aquí no encontramos por ningún lado las razones esgrimidas para adjetivar del modo en que lo hace, así que no podemos más que suponer y tratar de adivinar cuáles son.

Mi opinión, que muy bien pudiera ser errónea, es que este señor piensa que mientras en el primer artículo me deshago en halagos hacia el periódico Crónicas y hacia Agustín Acosta, por contra, en el que escribí en La Opinión me atrevo a decir cosas como que Agustín jamás fue santo de mi devoción o que sus formas de practicar el periodismo nunca me encandilaron.

Si estoy en lo cierto y por ahí van los tiros, entonces no tendría más remedio que recomendar a “un lector de Crónicas” que leyera detenidamente ambos artículos otra vez, porque si bien no es mentir afirmar que muchas veces me contradigo, sin querer o queriendo, creo sinceramente que éste no es el caso. Uno, Agustín Acosta jamás me pareció el arquetipo ideal de periodista, aunque lo considere una de las personas más carismáticas e influyentes que ha visto nacer y vivir esta isla. Dos, la entrevista que le hizo Aurelio González cambió bastante la imagen que me había construido de él en cuanto persona, pero no en cuanto periodista. Tres, ni en un artículo ni en otro las dos proposiciones que acabo de mencionar entran en contradicción. Ni siquiera juntando ambos artículos. Eso sí, reconozco la posibilidad de que me equivoque en la interpretación, y que con lo de “un grado tal de incongruencia” el anónimo comentarista se refiera a cualquier otra cosa.

Al margen de este tema, el otro frente que tenemos abierto el señor “un lector de Crónicas” y yo, tiene que ver con una pequeña enunciación que le hice respecto al uso del anonimato para hacer según qué críticas.

Creo prioritario establecer aquí un par de definiciones. Y es que un concepto es el de la costumbre, y otro muy distinto el de la norma. Lo digo concretamente por estas líneas:

le recuerdo que es el propio medio en el que usted ha tenido la oportunidad de plasmar su pensamiento el que dicta las normas de publicación y de réplicas, apartado este segundo que no requiere de identificación expresa.

Y es que si estamos hablando de costumbres, o sea:

Hábito, modo habitual de obrar o proceder establecido por tradición o por la repetición de los mismos actos y que puede (pero no necesariamente) llegar a adquirir fuerza de precepto.

Entonces no estamos hablando de normas, es decir:

Regla que se debe seguir o a que se deben ajustar las conductas, tareas, actividades, etc.

Mientras que las costumbres no están regidas por ningún código normativo, y por tanto depende de cada cual seguirlas o no, las normas son de obligado cumplimiento so pena de recibir un castigo previamente establecido, como pudiera ser la expulsión de un foro o la censura de un comentario.

Por tanto, cuando yo digo que tengo por costumbre dar la cara cuando critico a alguien, no estoy pretendiendo convertir dicha costumbre personal en norma, algo que efectivamente depende exclusivamente de los responsables de la publicación, sino simplemente comunicar cuál es mi criterio para que usted, y todos los que me lean, lo sepan. Tirar papeles a la calle es posible que no esté penado por ninguna ley en el municipio de Arrecife, pero está claro que si todos lo hiciéramos la situación se volvería tan insostenible que dicha norma habría de implantarse con toda probabilidad. Por decirlo de otro modo, las normas sólo son necesarias cuando el espíritu cívico, la buena educación, el respeto mutuo o como queramos llamarlo, no son suficientes para garantizar una convivencia mínimamente satisfactoria entre todos.

Ahora imagínese usted que todos nos limitáramos a escribir artículos y opiniones amparándonos en el anonimato, aprovechando para insultar a todo quisqui. Podemos hacerlo. Yo mismo he publicado muchos artículos en diversos medios (incluido Crónicas de Lanzarote) utilizando seudónimos (quién sabe, hasta pudiera ser que alguno de ellos lo aplaudiera usted mismo). Imagínese que los artículos de opinión y los comentarios, tanto a las noticias como a los mismos artículos, son un constante cúmulo de bajezas, a ver quién grita más alto o dice la palabra más gorda. ¿Dónde quedaría entonces el contraste de opiniones? ¿Dónde quedaría la puesta en común de ideas? Yo se lo diré, en ningún sitio, porque no existiría ni lo uno ni lo otro. Tristemente esto ya ocurre a niveles bestiales, no hay más que echar un vistazo a los comentarios de cualquier noticia en Crónicas de Lanzarote, que es el medio en el que más se comentan las noticias de Lanzarote. Internet es un fenómeno muy reciente, en el que todavía nos movemos en torno a los usos y las costumbres, lo cual por otro lado no deja de ser una gran maravilla, porque nos permite encontrarnos en un espacio libre de ese excesivo peso legal, de esa amalgama de normas y restricciones que acaban encorsetándolo todo. Y precisamente porque es una maravilla, sería una pena que nos lo cargáramos a base de patadas. Mi opinión es que igual que no hay nada más triste que una escuela con detector de metales a la entrada, porque eso significa que hay chavales que han entrado con armas y las han usado alguna vez, nada sería más triste que restringir el uso de la red de redes porque a unos cuantos no se les ocurrió utilizarla para otra cosa que no fuera insultar o delinquir.

Es cierto que “un lector de Crónicas” tampoco me insulta demasiado, si lo comparamos con otras lindezas que se leen por ahí, pero es que tampoco se trata únicamente de insultar o no insultar, sino de jugar en igualdad de condiciones. Cualquiera que sepa mi nombre no tiene más que buscar un poco por Internet para encontrar un montón de buenas oportunidades para escupirme a la cara. Palabras que haya podido decir, trapos sucios varios…, vaya usted a saber. ¿Es correcto, desde un punto de vista ético, aprovechar dicha información sin dar en ningún momento la cara, jugando a una especie de hombre invisible ventajista? Yo, sinceramente, no lo creo. ¿Se puede hacer? Por supuesto que se puede hacer, pero yo no lo haría.

Publicado el 6 de septiembre de 2007 a las 11:23 am en 'Sociedad'.

1 Comentario

  1. 19:26 | 6 septiembre 2007 | Permalink

    Aquí lo único que está claro, amigo Fernando, es que te gusta más una discusión que a un niño una paleta. Pero no me lo tomes a mal….. a ver si me vas a escribir un artículo ahora por esto.