La novedad de lo ancestral

Luis Arencibia Verdú

Hay una fotografía de unos niños peruanos, con rasgos y vestimenta indígena, que me dejó pensando. En ella –un primer plano muy bonito, en blanco y negro– ambos miran a la cámara con una expresión bastante triste, y se puede deducir con bastante seguridad los motivos de su pesar si nos fijamos en los detalles de la fotografía: la suciedad de sus caras, los rotos de sus ropas…

Que la percepción es selectiva, y que selecciona tozudamente lo que más conviene al observador, es algo que podemos comprobar haciendo este simple ejercicio: metamos tras esos harapos, y bajo esa porquería, a unos niños que por sus rasgos bien pudieran ser nuestros hijos, e inmediatamente podremos comprobar cómo nuestra atención se clava en los marcados signos de miseria. En cambio, las exóticas facciones de los dos chavales hacen que veamos en la imagen –-aunque no lo procesemos conscientemente– cosas como: riqueza cultural, sabiduría popular, exotismo, etc… Ambos se han convertido, gracias a la intermediación de un fotógrafo que sabía lo que nos hacía falta –-y por lo que apreciaríamos su foto– en un medio por el cual satisfacer nuestras urgentes necesidades cotidianas: la de realidades que nos saquen de nuestra generalmente aburrida rutina; la necesidad de arraigo; la de creer en realidades inmutables, ancestrales, seguras, más allá de la incertidumbre de nuestro día a día…

Pero el interés por lo ancestral –-por lo “auténtico”–, tal como lo experimenta y satisface la mayoría de las personas, lejos de ser una búsqueda de alternativas a su alienante día a día, marcado por el placer de comprar y desechar y por lo inmediato, es precisamente una profundización en esa alienación. En la que se pretende suplir la insatisfacción sin necesidad de pensar, sino recreándose.

De hecho, lo tradicional o lo étnico se ha incorporado con espectacular éxito al diseño de objetos de consumo –-desde sillones hasta jabones para la ducha–. Y lo ha hecho la mayor parte de las veces como un reclamo más, como una floritura, o como un rasgo añadido de estatus para el comprador, sin suponer apenas ventajas significativas respecto de diseños anteriores. O, en todo caso, no tantas como el vendedor se afana en pregonar y el comprador en creer.

En este sentido, hace tiempo que los responsables de marketing saben que la gente necesita de nuevas cosas por lo que representan, más que por las ventajas o el sentido de estas en sí. Fue ilustrativo respecto a esto oír cómo una responsable de marketing de una conocidísima marca de agua embotellada se mofaba del esnobismo y la estupidez de no optar por beber directamente del chorro. Episodio que tuve la ocasión de contemplar en vivo y en directo.

Lo mismo suele pasar con la defensa de otras culturas o con la reivindicación de las pasadas. Por supuesto, es evidente que nuestros actuales patrones culturales nos pueden llevar al colapso ecológico en un plis-plas, que los fugaces cambios nos tienen desorientados y que no vamos por el camino de solucionar la brutal miseria de gran parte de la humanidad. Pero el ejercicio de mirar hacia fuera o hacia atrás se suele hacer de dos maneras que no nos llevan a ningún sitio: con demagogia o con superficialidad.

De nuestro pasado y de otras culturas podemos extraer muchas lecciones que nos ayuden a afrontar nuestras dificultades, pero quien quiera lograrlo tendrá que esforzarse en encontrarlas. Por otra parte, para afrontar los problemas más graves que hoy en día acucian a la humanidad, me temo que se van a tener que inventar nuevas soluciones.

Publicado el 6 de septiembre de 2007 a las 9:00 am en 'Sociedad'.

4 Comentarios

  1. 10:18 | 6 septiembre 2007 | Permalink

    Es bastante gracioso como en El País Semanal pueden titular el reportaje sobre una espectacular casa como “vuelta a las raíces” o algo así, sólo porque la mansión esté pintada de blanco y tenga suelos de madera.

  2. 10:23 | 6 septiembre 2007 | Permalink

    Estoy de acuerdo en que “De nuestro pasado y de otras culturas podemos extraer muchas lecciones que nos ayuden a afrontar nuestras dificultades”. Aunque a lo mejor son muchas, lo cierto es que la mayoría las tendremos que extraer de conocimientos científicos y técnicos que son muy recientes, que son los que de verdad nos permitiran “inventar nuevas soluciones”. Y la obsesión por el pasado, por la identidad perdida, detrae en algunas ocasiones tiempo y esfuerzo para centrarse en la búsqueda de esas nuevas soluciones.

    De todas formas, mientras el recurso al pasado sea un mecanismo publicitario para incitar al consumo, no va mal la cosa. Sin embargo, cuando se utiliza como mecanismo para proponer vías políticas, peor vamos.

  3. 11:36 | 6 septiembre 2007 | Permalink

    En el libro Cradle to cradle. De la cuna a la cuna (Michael Braungart, William McDonough, editorial Mc Graw Hill) sus autores, químico y arquitecto respectivamente, exponen (y llevan a la práctica) un interesante enfoque en el diseño de edificios y objetos que pretende imitar a la naturaleza, en el sentido de no utilizar recursos para luego desecharlos inútilmente, sino reutilizándolos cíclicamente hasta el infinito (lo que nuestro actual modelo de reciclaje aún no consigue) Estos autores ven posible extender esta filosofía a la totalidad de nuestras producciones.

    Respecto a esto, es obvio que nuestro actual modelo es el que más desperdicios está produciendo en la historia de la humanidad, y el que un impacto más brutal está produciendo en el medio ambiente. Pero esta capacidad para alterar el entorno no es exclusiva de los hombres actuales, como lo demuestra el ejemplo paradigmático de la Isla de Pascua.

  4. 18:46 | 6 septiembre 2007 | Permalink

    se me había pasado que volvía la opinión y eso que la echaba de menos.
    yo de los del estilo antiguo, porque no me gustan los muebles modernos.