Populismo, popularismo y otros “ismos” relacionados

Fernando Marcet Manrique

Los lanzaroteños nos merecemos una vida mejor. He aquí una frase con la que mucha gente estaría de acuerdo. Una frase ganadora, con la que difícilmente te vas a equivocar. Excepción hecha, y bendita excepción, del Jorge Marsá de turno, que me recordaría que los conejeros, por el hecho de ser conejeros, ni se merecen nada ni dejan de merecerlo. Los merecimientos, probablemente me señalaría, van en función de los esfuerzos personales o colectivos invertidos. Nada hay gratis en esta vida, y esto lo digo yo, excepto la vida en sí (y sólo al principio).

El diccionario RAE no contempla la palabra “populismo”, aunque si la escribimos en cualquier buscador encontraremos más de un millón de entradas que la contienen. Sí que aparece en los diccionarios enciclopédicos, donde le dan un significado estrictamente político (conjunto de doctrinas que se dicen, y es importante lo de “se dicen”, defensoras del pueblo).

Una palabra que sí aparece en el diccionario RAE es “popularismo”, que vendría a ser una suerte de populismo más generalizado, referido no exclusivamente al ámbito político (“popularismo: tendencia o afición a lo popular en formas de vida, arte, literatura, etc.”).

En cualquier caso, ambos conceptos son hermanos, casi gemelos, y a los dos podríamos entrelazar mediante una definición tipo: hacer o decir aquello que cabe suponer agradará o merecerá el reconocimiento del mayor número de personas.

Si nos ceñimos al terreno mercantil, el popularismo lo encontramos por todos lados, no en vano cualquiera que desea vender un producto, lo que pretende por encima de cualquier otra consideración es que tal producto guste a la mayor cantidad de gente posible. Es lo que pasa cuando el arte se convierte en intermedio mercantil. No es raro oír decir, por ejemplo, que tal o cual obra es demasiado comercial. En esos casos, lo que se está diciendo es que dicha obra es demasiado “popularista”, o sea, que antepone los gustos de la mayoría de la gente sobre cualesquiera otras consideraciones (calidad técnica, complejidad, etc.). Así, por ejemplo, cuando se acusa al cine de Hollywood de ser demasiado comercial, además de estar señalándose una obviedad, lo que se está diciendo es que se trata de un cine concebido y diseñado expresamente para llenar salas en todo el mundo. ¿Y qué mejor forma de llenar salas que apelar una y otra vez a esos sentimientos compartidos por la mayoría de culturas y pueblos? Romances repetidos hasta la saciedad, buenos y malos estereotipados, finales felices, la misma historia millones de veces contada…, la comercialidad está a la fuerza reñida con el arte como experimentación. Si inventas un preparado alimenticio, lo llamas hamburguesa, y las hamburguesas gustan, ¿para qué vas a seguir experimentando? Sería de locos tratar de hacer algo distinto. Las hamburguesas gustan, así que fabricas hamburguesas. Sólo hamburguesas. Películas como hamburguesas. El popularismo ha convertido no pocas expresiones artísticas en hamburguesas de consumo rápido.

Populismo, popularismo, comercialismo. Etiquetas lingüísticas muy emparentadas y que llegan a entremezclarse hoy en día hasta límites insospechados.

Política, arte, mercado. Todo ha sido impregnado por esa obsesión de nuestro tiempo. La obsesión de agradar o gustar a la mayor cantidad de gente posible. Unos porque tienen un producto que vender, otros porque tienen unos votos que ganar.

Para seguir con el hilo del discurso tal vez sería bueno, llegados a este punto, señalar algunos casos que se oponen a este proceso, pues la contraposición siempre dota a cualquier visión de mejor perspectiva (es imposible saber si un tipo es bajito en una foto donde sólo aparece él).

No me iré demasiado lejos, es más, ni siquiera saldré del blog. Hablaba al principio de Jorge Marsá, pues bien, ahí tienen un buen ejemplo de no popularismo. Partimos de que si los popularistas son aquellos que guían sus actos o palabras conforme al agrado de la mayoría, los no popularistas vendrían a ser quienes actúan, hablan o escriben sin tener en cuenta opiniones ajenas, o al menos la menor cantidad de opiniones ajenas posible. Siguiendo este razonamiento, no es difícil concluir que el colmo del no popularista habrá de ser un redomado ególatra (o lo que es lo mismo, alguien que sólo se tiene en cuenta a sí mismo a la hora de hablar o actuar). En efecto, estos vendrían a ser los dos grandes extremos del tema en el presente artículo tratado. Aquí, como en cualquier dualidad que se precie, nos encontramos con unos extremos, y podemos situar sobre la línea que une dichos extremos a cada uno de nosotros. Los hay que estarán más hacia el centro, los hay que se escorarán más hacia el popularismo, los hay que más hacia la egolatría, etc. Y cada uno por sus propias razones y en sus propios contextos. Yo mismo, me escoro hacia posiciones claramente ególatras, seguramente en exceso. Y es que igual que hay distintas razones por las que una persona puede ser popularista (intereses de un tipo u otro), también existen distintas causas por las que alguien puede ser no popularista. A Jorge Marsá, yo diría que le puede su sentido de la honestidad intelectual. Él analiza un problema o planteamiento y perpetra sus propias conclusiones, una vez hecho lo cual, ya no le importará si la resolución alcanzada agradará a unos más que a otros o no. Si gusta, bien, si no gusta, también, caiga quien caiga. En mi caso, y en los que son de mi calaña, la situación es un poquito distinta. Nuestro Santo Grial es la Originalidad, así, con mayúsculas. Buscar al gato más o menos patas de las que tiene suele conducir a conclusiones pocas veces compartidas por demasiada gente (si no, no sería original, ¿no creen?), y esa es la causa de nuestro no populismo. Hay personas que, aunque sepan hacer hamburguesas, jamás se conformarán con hacer siempre hamburguesas. Los culos inquietos, intelectualmente hablando, si encima son ególatras, suelen acabar conformando algo parecido a lo que soy yo (yo, siempre yo, ¿ven?). Los intelectualmente honestos, si encima son ególatras, suelen acabar conformando algo parecido a lo que es Jorge Marsá.

Analizado ya el caso opuesto, que espero haya servido para ofrecer la perspectiva antes mencionada, sigamos con los popularistas. Hoy en día, como dije antes, los popularistas están en clara mayoría, por mor del capitalismo que lo convierte todo en transacción comercial, y de una democracia meramente representativa que hace de la búsqueda de votos el principal y casi único objetivo de los políticos. Entre los popularistas, los casos más destacados vienen a estar encuadrados en dos grandes casillas estanco: los periodistas y, obviamente, los mismos políticos. Unos porque necesitan vender cuantos más periódicos mejor (o cuanta más publicidad mejor), otros porque necesitan ganar cuantos más votos mejor. En ambos casos, dado que es la palabra su herramienta de trabajo principal, la demagogia suele ser de uso frecuente entre ellos. La demagogia vendría a ser al populista lo que el balón al futbolista. Imposible concebir al uno sin el otro.

Igual que no me fui demasiado lejos para buscar ejemplos de no popularistas, tampoco me alejaré para encontrar popularistas. Jorge Coll y Alfonso Canales, nos ofrecen en sus dos últimos artículos magníficos ejemplos de lo que debe ser un buen periodista de ámbito local en fechas postelectorales. Leyendo tanto “¡Ay mi madre!”, como “666, el número de la Bestia de la política” (por cierto, el título se las trae, específicamente diseñado para buscadores de Internet, bien pensado), uno no puede sino maravillarse de la extraordinaria habilidad que ambos tienen para no quedar mal con nadie. Por la cuenta que les trae. No quiero ni imaginar lo difícil que tiene que ser vivir del periodismo en una isla como Lanzarote, así que no debe considerarse esto como una crítica excesiva. Ni Coll ni Canales se pueden permitir el lujo de ser ególatras. No pueden ir a su bola, ni ser excesivamente originales, ni ser intelectualmente honestos en aquellos casos en los que tal honestidad implique perjudicar la imagen de personas o empresas concretas. Simplemente, no pueden. Y yo, si viviera de eso, tampoco podría, así que, ¿quién tiene derecho a lanzar piedra ninguna? Lo cual no quiere decir que no pueda señalarse como un hecho incuestionable. La independencia periodística no existe, al menos en el periodismo concebido como negocio…, ni en Lanzarote ni en ninguna parte del mundo. Son popularistas por prescripción. A veces, incluso, popularistas y partidistas a un tiempo.

¿A dónde iría el Marca si se metiera con el Madrid un día sí y otro también? ¿A dónde iría El País si hablara mal del PSOE como partido? Sus lectores tienen un perfil determinado y ellos les ofrecen un producto determinado, diseñado específicamente para satisfacerles. Eso es popularismo, asociado a partidismo, en estado puro.

Incluso los de El Agitador son popularistas. Claro que el suyo es un popularismo mucho más sano, desde mi punto de vista. Cualquier sociedad que se permita acoger productos como El Jueves o El Agitador es una sociedad que, a pesar de todas las deficiencias y carencias que pueda acumular, tiene la capacidad de reírse de sí misma. Y eso no es ninguna tontería. Cuando en Cuba exista algo parecido, yo iré a Cuba.

Para concluir este ya demasiado extenso discurso, diré que para mí el popularismo, populismo o comercialismo no son ni buenos ni malos en sí. Todos nos dejamos influir, en mayor o menor medida, por las opiniones ajenas. A todos nos gusta que se nos reconozcan nuestras virtudes, incluso aunque no las tengamos. Pero para ser reconocidos en muchas ocasiones tenemos que mostrarnos como a la gente le gusta que nos mostremos, o como creemos que a la gente le gustaría que nos mostrásemos. Y ahí es cuando la cosa puede llegar a estropearse un tanto. No se trata de que seamos “nosotros mismos”, una chorrada de esas que con tanta frecuencia aparece en los libros de autoayuda. No es cuestión de ser más independientes que nadie (¿independientes respecto a qué?), sino de saber reconocer cuantas de nuestras palabras y de nuestras actitudes están determinadas por el “qué dirán” (y en este saco meto tanto a los que se dejan llevar por la mayoría como a aquellos que hacen expresamente lo contrario que la mayoría. En ambos casos hablamos de lo mismo). Saber reconocerlas, no para cambiarlas necesariamente, no para ser mejores o peores personas, sino para ser más conscientes de lo que somos. Si la libertad existe, debe ser eso.

Publicado el 1 de junio de 2007 a las 10:00 am en 'Sociedad'.

10 Comentarios

  1. 13:19 | 1 junio 2007 | Permalink

    Otro gran no popularista de Lanzarote (y es verdad que ególatra también) es Miguel Angel de Leon. Y yo los prefiero a los que siempre dicen lo que a la mayoria le gusta escuchar. Porque esos no aportan nada, sólo se limitan a repetir los cuatro lugares comunes que saben van a agradar y ya está.

  2. 13:29 | 1 junio 2007 | Permalink

    Me gustó el artículo. Pero joder, resulta que yo me identificaría clara y firmemente con no-popularista, y ahora parece que también soy ególatra?

  3. 18:10 | 1 junio 2007 | Permalink

    Lo bueno de escribir en este blog es que te puedes meter con los de los otros medios sabiendo que no te van a contestar….porque de hecho para ellos sería haceros un favor. Su táctica es pasar de ustedes para que lo que digan no tenga más interés mediático todavía.

    Pero hasta ahora no les está saliendo muy bien de todos modos. Porque seguro que a Jorge Coll no le hace ninguna gracia que cuando pones su nombre en Google lo primero que salga sea una página de la opinion de lanzarote. O a Juan Francisco Rosa que le pase tres cuartos de lo mismo.

    A seguir dando caña.

  4. 18:30 | 1 junio 2007 | Permalink

    Interesante artículo encontrado aquí:

    La fiesta de la democracia es un puticlub de alto standing

    La democracia española es como un lupanar -una casa de putas, vamos- de alto standing. Entras, porque eres hombre, y las mujeres se pasean ante tí con sus pechos operados, sus labios inflados, sus pocas costillas, su frente tersa y su mirada vacía. Es un puticlub que ya conoces, vas cada cierto tiempo y siempre te han engañado, robado, estafado o simplemente pasado de tí. Sin embargo como eres hombre vas de putas, al igual que como eres ciudadano vas a votar.

    Cada vez que vas sientes una curiosa ilusión. Ahí están las de siempre, las barbies vestidas con todo tipo de lujos, trajes elegantes, piel tersa y fresca y olor a eau de algo caro. Todos los clientes las eligen, no porque sean más guapas que las mujeres normales, sino porque son las mejores del local. Obviamente, porque eres hombre, no te vas a ligar a un bar, te vas de lumis porque no quieres perder el tiempo, al igual que votas cada X tiempo en vez de implicarte y luchar diariamente. Para ti ligar y echarse novia es como implicarse en los problemas sociales, una pérdida de tiempo y dinero… Pudiendo votar, pudiendo pagar.

    Y ahí están las mujeres, en ese club tan moderno y elegante -cada año cambia de decoración y siguen las mismas mujeres, aunque no lo parezca por el nuevo look de cada año-. Sabes que te van a engañar como siempre pero no te importa, sientes la misma ilusión que el primer día. Además, sientes el poder de elegir entre tanta mujer ¡Qué sensación de libertad! Pobre de tí que en la calle ni te mira la menos pintada. En cambio aquí, en tu club, eres el rey y tú eliges entre tanta variedad -recuerda solo en el mismo club y las mismas de siempre-. Eliges la muchacha y todo lo demás dentro de la habitación no interesa.

    Sales a la calle y no sabes muy bien como sentirte. Has elegido entre todas las chicas del local, y si bien no te han hecho lo que te hubiese gustado -y es que en el fondo quieres que te quieran y sentirte escuchado- sabes que has elegido. Pero miras a tu alrededor y ves muchas mujeres, no tan espléndidas ni tan divinas aparentemente como las del local, pero en el fondo te gustan más… Pero eres un hombre, y en vez de perder el tiempo conociéndolas, conversando, luchando por la relación o conquistarla con tu ingenio, prefieres ir, pagar e irte. Ir, votar e irte. Y luego te desentiendes.

    Un vacío se apodera de ti. Has perdido dinero y te sientes sucio, y lo que has conseguido a cambio no eran más de 10 minutos de placer superficial. Piensas, y te das cuenta que la libertad no está en elegir las que te presentan en el local, sino en elegir no ir al local. No yendo, tienes muchas más posibilidades y aunque pueda salir mal, habrás elegido libremente, luchado e intentado. Eso sí que te habría hecho sentir hombre; más aun, humano. Podrás sufrir, reír, llorar… Pero sabrás que eso es la libertad, que eso es vivir. Lo otro era algo mecánico y encima por eso de la modernidad te habían dado hasta por detrás sin tú pedirlo, pero claro como eres hombre y los hombres tiene que ir al club…

    Este fin de semana un 63% de hombres han ido al club y han pagado su precio. Menos que otros años -un 4% menos-, debe ser que ya están cansados de tanto mamoneo, aunque algunos aun entrando eligen algo decente, los menos. Ese 4% se ha unido a 36% de los que se han abstenido, que se han quedado viviendo su vida más allá del club. Es seguro que ese 36% no esté conquistando y luchando por alguna mujer, de hecho los datos dicen que los hombres están bastante cansados de las mujeres, sin embargo algunos hay que siguen en ese romántico camino. Romántico y obligado si uno tiene corazón. Un 1,9% fue al club, pagó, pero no entró en ninguna habitación con ninguna muchacha, como símbolo de protesta ante el club. Curiosa forma de quejarse de un club, pagando y alimentando al personal.

    Lo peor de todo es que la recaudación va para la Madame y su sistema. Siempre.
    ¡Sal a la calle y conquista el amor!

  5. 18:32 | 1 junio 2007 | Permalink

    El artículo me parece muy bien en su intento de ser original, como el mismo Fernando reconoce, y creo que lo consigue. Sin embargo, hay una cuestión que no termino de comprender, como parece que le ocurre a Pepe: la equiparación entre “no-popularismo” y “egolatría”. No entiendo que quien no se deje llevar por la opinión de la mayoría, o por las opiniones más populares, tenga que caracterizarse necesaria ni generalmente por “culto, adoración, amor excesivo de sí mismo”, que es como define el diccionario la egolatría. Creo que se puede perseguir el intento de fabricar las propias ideas con la “honestidad intelectual” que Fernando tiene la gentileza de adjudicarme sin que, por ello, se tenga que resultar pagado en exceso de uno mismo.

    Así me lo parece. Aunque probablemente sea una cuestión de grado, y quizá sea cierto que sin un buen nivel de autoestima no resulte fácil atreverse a ir contracorriente. Y hablando de autoestima se siente mi ego mejor que haciéndolo de idolatría.

  6. 10:08 | 3 junio 2007 | Permalink

    ¿Se podría llamar honesto intelectual a quien recurre a los hallazgos de científicos sociales para presentarlos como sus propias conclusiones? Creo Fernando que en el país de los ciegos el tuerto es el rey, y buen rey por consenso “intelectual” que has elegido, eso sí, libremente y de forma representativa. Resulta irónico que en ocasiones lo verdaderamente “no populista” sea el esfuerzo creativo de las personas que por necesidad, invierten más tiempo en procurarse una vida digna que en la inmodestia intelectual. Detrás de la inmodestia intelectual existe frecuentemente un mismo ego henchido, unas mismas ganas no tanto de publicarse como de publicitarse, una misma pérdida desdibujada, un mismo ejercicio vanidoso de ganarse otros “consensos”…….

  7. 22:20 | 3 junio 2007 | Permalink

    Consideremos nuestro cuerpo, con sus necesidades fisiológicas más elementales. Respiramos, cada cierto tiempo tenemos hambre, si vemos alguien del sexo opuesto atractivo nos sentimos sexualmente interesados, hacemos la digestión, nos dan ganas de ir al lavabo… etc, etc. Eso es lo que Freud habría llamado el “ello”. Si nuestras vidas fueran puramente “ello”, no cabría hablar de egolatría, ni de egocentrismo… simplemente, no tendría sentido. Seríamos máquinas que nos moveríamos de un lado para otro en función de impulsos y necesidades.

    En contraposición a estos impulsos primarios tenemos el “super ego”, o súper yo. Curiosamente, es un concepto que también se parece bastante al “ello”, aunque se trate de una fuerza inversamente proporcional. El “super ego” está compuesto por una serie de valores inculcados por la sociedad en la que vivimos (incluyendo entorno familiar, amistades, etc.). Son los valores aprendidos para controlar los impulsos primarios del “ello”. Es nuestro “super yo” lo que nos conmina a llevar corbata en las bodas, o a escribir artículos de opinión para forjarnos un nombre, o a ser amables con todos los partidos políticos si somos dueños de un medio de comunicación local en fechas postelectorales.

    Un ser humano que sólo sea “ello” es un puro animal.

    Un ser humano que sólo sea “super yo” es una pura marioneta social.

    Un ser humano que sólo sea “ello” y “super yo” es un animal social constantemente zarandeado por esas dos fuerzas internas sin intermediario ninguno.

    Dicho intermediaro el el Ego. El yo, la conciencia, como quieran llamarlo.

    Tanto el ello como el super-yo, son fuerzas ajenas a nosotros. Nuestro ego ejerce de filtro entre ambas y marca la diferencia entre lo que somos y lo que deberíamos ser conforme a la suma de impulsos animales y sociales.

    El ego es la gota de caos que todos llevamos dentro. Nuestra aleatoriedad. Lo que marca nuestra peculiaridad como individuos.

    Lo que pasa es que hay algunos que en vez de una gota tienen un montón. Bien por casualidad innata, bien por alguna serie de sucesos o acontecimientos acaecidos que tuvieron tal resultado. O bien, incluso, por el esfuerzo consciente que todo ponemos en ser “nosotros mismos”.

    Este esfuerzo consciente es lo que yo he llamado en mi artículo “egolatría”. Y espero que nadie me venga acusando de ir por ahí enunciando teorías ajenas como propias. Buenos estaríamos si para usar cada palabra hubiéramos de saber quién fue el que la pronunció por primera vez. Las teorías, como las palabras, no son de nadie más allá de quienes las usan. Si uno suma dos más dos, y llega a la conclusión de que el resultado es cuatro, no tiene por qué ir buscando en hemerotecas quién fue el primer ser humano que hizo tal descubrimiento. Oigan, el otro día sumé dos y dos, y resulta que me dió cuatro… curioso, ¿no? ah, ¿que no es ninguna novedad?, pues vaya, aclarado queda.

    Egolatría versus populismo o popularismo. Tal es la dicotomía que planteé en mi artículo. Acabo de explicar lo que yo entiendo por egolatría, partiendo del espero que común acuerdo en que el breve enunciado que contiene el diccionario es netamente insuficiente para abordar un concepto tan complejo.

    La egolatría vendría a corresponderse, según esta personal interpretación (aunque tampoco creo que sea tan personal, vuelvo a referirme al ejemplo de la suma), con esa exaltación del ego que lleva a algunas personas a establecer un intermedio entre su “ello” (instintos animales) y su “super-yo” (aprendizaje social) específicamente diseñado para que sus peculiaridades en cuanto individuo sean lo más evidentes posible. Hablando en plata, los ególatras vendrían a pretender mear más lejos que nadie… y además parecerlo. Este soy yo, y no tengo nada que ver con el resto del mundo: Eso es un ególatra.

    Es como el típico snob aficionado a un grupo desconocido de vete a saber donde, y que de pronto triunfa en todo el mundo. A los ojos del snob, dicho grupo ya habría bajado muchísimos enteros, y probablemente no tardaría en desecharlo de su repertorio, pues su afición no le convertiría en una persona distinta respecto al resto del mundo. Los ególatras no son si no snobs, a veces camuflados, que se empeñan en ser o pensar distinto al resto.

    Bien, ¿qué tiene que ver todo esto con ser popularista o no? Partimos de la base de que los popularistas, en contraposición al ególatra, busca qué es lo que gusta a todo el mundo y lo incorpora a su repertorio particular. Si a todo el mundo le gustan los programas del corazón, él defiende los programas del corazón, si a todo el mundo le gusta Picasso, a él le gusta Picasso, si a todo el mundo le gusta Bisbal, a él le gusta Bisbal. Si a todo el mundo le gusta el PSOE, a él le gusta el PSOE. Eso es un popularista.

    Creo que la contraposición es obvia. Por un lado el tipo que se empeña en ser distinto que el resto, por las razones que sea, y por el otro el que se empeña en ser como todo el mundo, también por las razones que sea.

    ¿Razones para ser ególatra? En mi artículo mencionaba mi caso, que no es sino la búsqueda de originalidad. El mío vendría a ser una suerte de snobismo intelectual, no menos patético, tal vez, que el musical. Pero eso no quiere decir que no haya otros factores presentes en mi persona, por supuesto. Igual que en los de todo el mundo. Es una cuestión de grados, no de absolutos. De cuanto más ególatras o cuanto más populistas somos.

    ¿Razones para ser populista? Yo vendo periódicos y me interesa llegar al mayor número de gente posible. No puedo ofrecer un producto raro, snob, o que entusiasme sólo a una minoría, así que busco lo que más gusta y lo incorporo a mi repertorio. En el mismo saco podemos meter a los políticos, que para ganar votos o afiliados necesitan que su mensaje cale en un público amplio, con lo cual no les queda otra que diluir su propia personalidad en ese conglomerado de encuestas y “a ver qué es lo que prefiere la gente”. Al menos en lo que a su imagen pública se refiere.

    Porque oye, todo esto no quiere decir que los populistas cuando lleguen a su casa no puedan ser unos ególatras redomados. O que yo mismo no sea un populista brutal cuando me reuno con mis colegas. Nadie es siempre de una forma determinada en todas las circunstancias. Pero eso es arena de otro costal, y en mi artículo yo estaba refiriéndome única y exclusivamente al ámbito público, no al privado. Buenos estaríamos.

    Y vuelvo a repetir, en dicho ámbito público, yo soy un maldito ególatra, igual que Canales o Coll son unos monumentales populistas, como la mayoría de periodistas, como la mayoría de políticos. Por las razones o motivos que ustedes quieran, pero eso es lo que hay.

  8. 23:12 | 3 junio 2007 | Permalink

    Olvidé referirme al comentario de Jorge Marsá (espero que tal despiste no vaya en menoscabo de su ego). Me gustaría precisar que yo no planteo la dicotomía entre “honestidad intelectual” y populismo. No van por ahí los tiros. No es que los popularistas sean los malos y los ególatras los buenos… ni muchísimo menos.

    Lo que yo he dicho es que Jorge Marsá es intelectualmente honesto, por un lado, y que también es un ególatra, pero no porque una cosa tenga algo que ver con la otra. Estos son mis argumentos: Alguien intelectualmente honesto analiza los problemas de la actualidad y habrá algunas veces en las que sus conclusiones coincidan con la generalidad y otras veces que no. La egolatría de Jorge Marsá, según lo veo yo (y puedo muy bien estar equivocado) radica en que él casi siempre elige los temas en función de que sus conclusiones no se correspondan con lo que la mayoría de la gente cree. Es decir, no estoy diciendo que le busce tres patas al gato (eso lo hago yo), sino que busca entre los temas de actualidad aquellos en los que sabe que sus conclusiones van a diferir sustancialmente con lo comúnmente aceptado. No digo que lo haga siempre y en todos sus artículos, pero con cierta frecuencia sí… Es intelectualmente honesto porque en ningún caso manipula sus conclusiones para contradecir lo comunmente aceptado, pero es ególatra porque selecciona los temas para que sus conclusiones no coincidan con los de la mayoría de la gente.

    Tal vez lo de ególatra, dicho así, suene algo fuerte, y entiendo que Marsá se pueda sentir molesto conmigo por ello (aunque ya sé que no es el caso), como les puede pasar a Jorge Coll o Alfonso Canales atribuyéndoles el calificativo de popularistas. Creo que todo es cuestión de analizar las palabras con frialdad, aunque dicho así sea muy fácil. No va en mi ánimo insultar ni faltar el respeto a nadie, espero que al menos eso haya quedado algo claro.

  9. 21:12 | 4 junio 2007 | Permalink

    te has marcado un rollo muy amplio para decir que admiras a un compañero tuyo colega;
    creo que lo que te ha querido decir con su comentario arnaldo lamela es que te has puesto el listón muy bajo, admirando a un diletante;
    yo personalmente pienso que no sitúas una dicotomía entre honestidad intelectual y populismo, lo que estableces es un maniqueismo, donde de antemano has colocado a unos y a otros, sospecho, segun tu simpatía personal.
    Por cierto, prefiero la psicología junguiana, a pesar de sus claros y oscuros; jung me viene al pelo como metáfora del discípulo que se enfrenta al maestro…

  10. 21:39 | 4 junio 2007 | Permalink

    Ya sabes, you, que el roce hace el cariño. Y tras más de un año con no pocos roces entre nosotros, es posible que le haya endiosado más de la cuenta, no te diré que no. ¿Quién sabe? si dentro de un año sigues dándome caña, tal vez escriba un artículo sobre ti tachándote de ególatra e intelectualmente honesto. Otra cosa que se suele decir es que respetamos más a los que peor nos tratan… vaya usted a saber cuanto de cierto hay en ello.

    Pero permíteme discrepar acerca del uso que haces de la palabra “diletante”. Desde luego yo sí que soy un diletante, puesto que mi relación con las artes y los campos del saber no va más allá de la aficioncilla. En cambio Jorge, según tengo entendido, sí que ejerce profesionalmente. De todos modos, los diletantes me merecen un gran respeto, no sólo porque yo me considere como tal (por muy peyorativos que nos pongamos), sino porque ser un aficionado respecto a cualquier campo del saber también tiene sus connotaciones positivas. Casi que prefiero deleitarme con el saber como afición antes que congratularme de mi sapiencia como maestro.