Fernando Marcet Manrique
Ayer me eché mis buenas risas cuando entré en El Agitador, medio del que soy asiduo lector. Hasta que se metan conmigo o con algo que me afecte directamente, por supuesto. Afortunadamente es poco probable que eso suceda nunca, las estupendas y maravillosas ventajas de no ser nadie.
Casualmente tocaban el mismo tema sobre el que yo escribí este miércoles, aunque con mucha más gracia y capacidad de síntesis. Dudo que nadie de El Agitador lea mis artículos, por tanto lo más razonable es pensar que hay cierta sintonía en el ambiente. Cierto escozor general. ¿Por qué será?
¿Es verdad que los políticos que elegimos cada cuatro años nos representan a todos por igual? ¿O representan a unos más que a otros? ¿Cuántos de ustedes tienen el teléfono móvil de alguno de los consejeros del Cabildo? Seguramente muy pocos (a ver si lo pasan). Es obvio que, aunque no debería ser así, hay votos que valen más que otros. Votos con derecho a veto, por así decirlo. La Cámara de Comercio de Lanzarote vendría a ser como el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Usted y yo somos Zimbabwe y Kazajstán, pongamos por caso, y nuestras voces apenas se oyen, la verdad, pero ahí estamos, de cuando en cuando nos dejan decir algo, protestar por la precaria situación de nuestras naciones. Nos mandan alimentos, alguna que otra subvención de pascuas a ramos…, y a correr. Luego están las grandes potencias. Los USA, las Uniones Europeas, los Japones…, todos esos. Si ellos dicen que más camas, pues más camas, oiga. Y ya podemos los Zimbabwes de turno montar caceroladas. Porque, aunque a veces haya discrepancias entre ellos, suelen ser discrepancias meramente formales. En el fondo, en lo esencial, nunca hay disputas. Máximo beneficio, mínima competencia, esa es la consigna (ni trabajando por Lanzarote, ni chorradas por el estilo).
Y es que para eso sirven los Consejos de Seguridad. Para eso sirven las Cámaras de Comercio; Y las Felapyme, y las no sé cuantas. Para que los peces gordos sigan siendo los peces gordos. Para que los precios puedan ser los más caros sin que se note demasiado. Para que nadie de fuera pueda venir a fastidiarles el chiringuito.
La única oportunidad que tendríamos los Zimbabwes, sería unirnos todos para que nuestra fuerza conjunta equilibrase algo la balanza. Pero no lo hacemos, porque poner a diez mil personas de acuerdo no es lo mismo que poner a unos pocos, que son los que forman la Cámara de Comercio o cualquier otra unión empresarial. No tiene nada que ver.
De todos modos, los milagros a veces acontecen. Alguien más gordo que los cabecillas de nuestro particular Consejo de Seguridad consigue saltarse el cerco. Ikea, por ejemplo.
De pronto los Zimbabwes comprobamos que los precios de los muebles en toda la isla se han reducido drásticamente. Qué cosas. Y ni siquiera hizo falta que saliéramos a la calle con pancartas. No es que Ikea vendiera más barato y pudiéramos comprar en Ikea más barato. Quiero decir, eso también, pero lo mejor es que podemos seguir comprando en las tiendas de aquí de toda la vida, pero más barato. Ley de la oferta y la demanda, se llama. Y pudo suceder porque jamás hubo nadie de Ikea en el Consejo de Seguridad. Ningún acuerdo entre ellos. Ikea llegó y fue a su bola, como siempre hace en todos los sitios donde se implanta. El resto, a buscarse la vida. Y bien que se la buscaron. Muebles Milano, por ejemplo. Lo vieron claro, se unieron a una franquicia y pasaron de ser una de las tiendas de muebles más caras a una de las más baratas de Lanzarote. Gracias a Ikea. Tal cual.
Pues ahora imagínense que eso sucede con todo. Libre comercio. Libre competencia. Nada de acuerdos entre ellos. Otro pájaro nos cantaría.
En España, en Canarias y en Lanzarote, cada vez se genera más riqueza. Cada vez más. Pero cada vez se reparte peor. ¿Por qué? Pues porque la economía funciona igual que el universo. Ni más ni menos. El dinero, como la materia, atrae más dinero. Primero se juntan unas cantidades por aquí, luego otras por allá…, y así, poco a poco, se van creando montículos exponencialmente más importantes y con mayor peso gravitatorio. Por fin, cuando uno de los montículos alcanza suficiente peso, entonces empieza a funcionar exactamente igual que un agujero negro. Toda la riqueza que se genere alrededor acabará cayendo en el mismo sitio. A no ser, por supuesto, que otra fuerza inversamente proporcional se oponga a ello (me refiero a la fuerza de los consumidores, por si no han caído).
Pongamos que usted gana mil euros. Permítame que le felicite. De esos mil euros, al menos ochocientos compartirán destino con muchos más ochocientos. El BBVA e Hiperdino. O sucedáneos. Todos los bbvas y todos los hiperdinos (léase todos los bancos y todos los supermercados) de la isla están en franca comunión. No existe competencia entre ellos, luego los consumidores no tenemos elección. Luego sus precios son abusivos. Luego ellos cada vez más ricos, nosotros cada vez más pobres. Lógica de párvulo.
Pero como somos tan pringados que nunca nos pondremos de acuerdo, los consumidores tendremos que esperar otro milagro en forma de Ikea. O sea, que venga un Lidl, un Día%, algo así. O que aparezca algún banco que se corte un poco a la hora de robar a sus clientes. Pero claro, tendrían que pasar antes por encima de la super Cámara, de los Felapyme y demás. Como hizo Ikea.
En resumen, queridos amigos (queridos my friends, como escribió otro gran humorista hace poco), que son las uniones empresariales, en Lanzarote y en todo el mundo, cuya última y máxima expresión son las multinacionales, las que están llevando las cosas a límites aberrantes. Nos restriegan sus beneficios todos los días mientras la lista de quienes nos apretamos el cinturón sigue aumentando. Y a todo esto, el planeta recalentándose…, tanto metafórica como literalmente.
EL GRILLO
9:44 | 30 Marzo 2007 | Permalink
Soy de la opinión de que los políticos viven en otra realidad, en su mundo con sus chanchullos, porque los ideales hace ya rato que han muerto, la verguenza está perdida y la honradez prostituida. Sólo hay que ver la crispación instalada en el congreso y en el parlamento canario, la verdad, yo no percibo esa crispación en la calle sino todo lo contrario, en la calle ves la realidad, gentes trabajando como buenamente puede con unos salarios de mierda y desde la llegada del euro peor, los precios han sido redondeados a la alta y los salarios congelados hace ya años y años, y la educación de nuestros hijos ni te hablo, pero a lo que iba, los políticos por un lado y los ciudadanos por otro ¿ a quién le interesa eso ?.
Pedro G
10:58 | 30 Marzo 2007 | Permalink
Coincide el artículo con un conversación que tuve con un grupo de amigos hace ya tiempo: quizá fuera una verdadera asociación de consumidores una de las grandes necesidades de la ciudadanía lanzaroteña. Porque es verdad que la Isla ha evolucionado en muchas cosas, pero la posición de predomino de los empresarios está contribuyendo a que el avance en el terreno comercial sea francamente limitado. Sufrimos unos precios y una calidad del tejido comercial que sólo a esa posición hegemónica pueden achacarse. No es que no tengamos acceso a un supermercado, por ejemplo, de la calidad del de El Corte Inglés, es que incluso los que están instalados aquí, como el Hiperdino, son de segunda fila con respecto a otros centros de Hiperdino como los de Las Palmas. Pero hay algo que los empresarios locales han hecho bien: promover un insularismo empresarial que les permite evitar buena parte de la competencia y, tiene bemoles, vendérnoslo como si fuera por el bien de todos.
Silvia
11:01 | 30 Marzo 2007 | Permalink
Parte de la explicación de una de las imperfecciones más difíciles de corregir del sistema democrático se encuentra en esta frase: “Pero no lo hacemos [unirnos], porque poner a diez mil personas de acuerdo no es lo mismo que poner a unos pocos…”.
Lo que esta frase implica se denomina en teoría política “costes de la coordinación” y no requiere mucha explicación, porque parece de sentido común reconocer que el costo de la coordinación se correlaciona de manera proporcional con el número de personas que se quieren poner de acuerdo, es decir, que a mayor número de personas, mayor es el costo de coordinarse.
Lo que escapa al sentido común y entra en contradicción con aquello de que la unión hace la fuerza, es que cuando esta coordinación tiene por objeto plantear una demanda, es muy probable que el éxito dependa de que el número de personas a quien beneficie no sea muy alto. Esta es la explicación que se da al éxito que obtienen los agricultores norteamericanos, y también europeos, para acaparar las subvenciones a la producción agrícola, mermando la competitividad de los productores del tercer mundo, pero se puede extender a otros muchos ejemplos.
El razonamiento es el siguiente: los partidos en el gobierno tienen más garantías de que fidelizarán el voto si las prebendas que ofrecen alcanzan una determinada cuantía y son restringidas a un colectivo. Dicho con números: si tenemos 100 unidades a repartir, es más probable que nos estén más agradecidos los 5 que recibirían 20 (y como consecuencia estén dispuestos a votarnos) que si hacemos el reparto distribuyendo una unidad entre cien personas. Para estos últimos, la cantidad es tan insignificante que se pueden permitir el riesgo de perderla si votan a otro partido.
No es un problema que tenga fácil solución.
chino cudeiro
15:42 | 30 Marzo 2007 | Permalink
Hablando del fenómeno Ikea. El empresariado local de Murcia tampoco lo ve nada claro. Pero la mayoría de murcianos, por supuesto, lo esperan como agua de mayo.
Fernando Marcet
16:04 | 30 Marzo 2007 | Permalink
Me gustaría matizar que no es mi intención arremeter contra las empresas, y mucho menos contra las empresas locales. Lo que yo digo es que los acuerdos entre ellas deberían estar limitados de algún modo, para que compitieran de tal forma que los consumidores pudiéramos obtener algún beneficio de tal competencia.
Si las empresas, locales o no locales, se asocian entre ellas para acordar todo tipo de asuntos, entre los que no me cabe duda que incluyen los precios, se está corrompiendo el espíritu del libre mercado. Como dice Pedro G, las consecuencias no se dejan sentir únicamente en los precios. También en la calidad del servicio. Es natural, al no haber competencia, estas empresas se estancan y ofrecen productos mediocres… no se esfuerzan porque no es necesario que se esfuercen. Se pueden permitir dar un mal servicio a un elevado precio, porque los consumidores no tenemos opciones. A mí la verdad es que me parece de perogrullo.
Y Silvia también toca otro punto importante. Cuando los políticos han de satisfacer las necesidades de una colectividad numerosa tienen dos opciones. Contentar a unos pocos plenamente, o apenas satisfacer a todos repartiendo equitativamente los recursos disponibles. Lamentablemente, los políticos se suelen decantar por la primera opción, sabedores de que la segunda es mucho más sacrificada y bastante menos agradecida.
Eduardo Ruíz
19:39 | 30 Marzo 2007 | Permalink
Fernando, el problema que denuncias es sin duda un grave problema. Pero déjame recordarte que Ikea es una multinacional, en cuanto se trata de una empresa ubicada en distintas naciones. Es cierto que las multinacionales tienden a absorver otras empresas menores, como creo que muestras bastante gráficamente con tu ejemplo de los agujeros negros, pero las multinacionales no son una asociacion o unión entre empresas, sino que se tratan de una sola.
Ahora bien, el problema que plantean las multinacionales no se puede obviar, aunque tú en este caso parezcas querer mostrar la multinacional Ikea como ejemplo positivo.
No se si habrás tenido ocasión de leer el libro de José Saramago: “La caverna”. En dicho libro el escritor portugues plantea la realidad de un mundo en el que cualquier actividad comercial está vinculada forzosamente a superempresas transnacionales…, como Ikea.
Saramago se centraba en una familia de artesanos del barro, ejemplificando de ese modo la imposibilidad de que un pequeño negocio familiar como ese pueda seguir existiendo si las multinacionales lo copan todo.
¿Sabías que las multinacionales, aunque en conjunto abarcan las dos terceras partes del comercio mundial, solamente dan empleo a un 3 por ciento de los trabajadores del mundo? Ahí lo tienes, cuando una multinacional se planta en cualquier pais, las empresas locales con las que van a competir tienen dos posibilidades. Una es que se pongan las pilas y consigan que sus productos sigan siendo competitivos, tú pusiste el ejemplo de Muebles Milano. La otra posibilidad, que es la que sucede con más frecuencia, es que la empresa local quiebre o los dueños la vendan por insostenible. Desconozco las empresas de muebles que habrán cerrado en Lanzarote desde que Ikea se implantó, pero seguramente habrá algunas. ¿Qué significa eso? Desempleo, sobretodo desempleo. Ikea emplea trabajadores, sí, pero ¿cuántos son los trabajadores que se quedaron sin trabajo por culpa del cierre de empresas locales? Ese es un problema que no se puede obviar.
Sin embargo, y a pesar de todo, tengo que reconocer que en lo que respecta al negocio de la alimentación Lanzarote sí necesita urgentemente una buena inyección que espabile el sector. Y, sin duda, que llegara un potente supermercado de descuento duro seguramente espabilaría a muchos que ahora duermen satisfechos en sus propios laureles.
Fernando Marcet Manrique
16:20 | 4 Abril 2007 | Permalink
Te agradezco la corrección, Eduardo. Desde luego, Ikea es una empresa multinacional, y es verdad que en mi artículo cometo el error de dar la impresión de que las multinacionales como Ikea son lo mejor del mundo mundial. No lo son, aunque como bien dices, en el caso específico y concreto del sector alimenticio, aquí en Lanzarote, una firma potente y con precios bajos seguramente sería un gran incentivo para que los consumidores pudiéramos acceder a un servicio mucho más barato y de mayor calidad.
Leí ese libro que señalas. La Caverna. Y querría desligarme un poco del tema aquí tratado para, partiendo del mito platónico en que se inspira la novela del portugués, seguir otro sendero.
Recordemos un poco de qué iba la alegoría. Unos individuos son atados de pies y manos desde su nacimiento, sentados en el fondo de una caverna, mirando hacia la pared. Lo único que estos individuos pueden ver a lo largo de su vida, por tanto, son las sombras que van y vienen de personas que se mueven libremente detrás de ellos. Sombras que son proyectadas en la mencionada pared gracias a una hoguera encendida entre quienes sin restricciones caminan y quienes prisioneros se hayan. Prisioneros, por otro lado, no conscientes de su condición prisionera, al llevar así toda su existencia y no imaginar que la vida pueda ser nada distinto de eso.
La película Mátrix supo reinventar esta historia, dando una razón para que aquellos prisioneros fueran prisioneros. ¿A quién le iba a interesar tener a una serie de personas entretenidas con sombras proyectadas desde su mismo nacimiento? En el mito de Platón, a nadie. Tampoco es algo que preocupe a Platón, pues se trata de un ejercicio para discernir la naturaleza de los presos, no las razones de que estén así. En Mátrix, sin embargo, se apunta una razón, tal vez un tanto peregrina, pero razón al fin y al cabo. A las máquinas les interesaba que los seres humanos permaneciéramos absortos y entretenidos con un montón de sombras desde que nacíamos hasta que moríamos. Y les interesaba porque ellas se alimentaban de nuestros propios fluidos corporales y de la electricidad que generábamos mientras nos mantenían vivos pero sumisos.
En estos primeros compases preelectorales uno no puede evitar rememorar el mito de la caverna y contemplar los grandes paralelismos.
Imágenes proyectadas contra la pared, a veces copando la fachada de un edificio entero, nos muestran una realidad parcial, engañosa, mientras justo detrás nuestro suceden las cosas de verdad. Sólo vemos lo que los medios de comunicación quieren enseñarnos, lo que los partidos quieren que veamos. Detrás sucede todo.
¿Qué se esconde tras la foto? ¿Cuáles son los intereses reales? ¿Qué lleva a una serie de empresarios a invertir, digo bien, invertir, una cantidad de dinero a todas luces obscena? (¿O acaso no es obsceno gastar ese dinero en una campaña electoral cuando hay tantísimas necesidades en Lanzarote?)
Tal vez si simplemente nos levantáramos y nos diéramos la vuelta lo veríamos todo. Pero no es tan fácil. No es tan fácil aceptar que toda tu vida fue un engaño, que tu voto no va a servir para nada. Además, como en el mito de Platón, los pocos que son capaces de sobreponerse a sus propios peros y encaran la realidad a pecho descubierto no la comprenden, o les repugna hasta tal punto que la niegan instantáneamente… se sorprenden a sí mismos prefiriendo una vida sencilla de engaños, sin tener que afrontar la dolorosa y compleja realidad tal cual es, así que se vuelven al sitio en el que estaban, mirando a la pared otra vez, y hacen como que nunca se levantaron, pasando a partir de entonces el resto de su vida tratando de convencer a los demás para que ellos tampoco se levanten. Así estamos mucho mejor. Es como el creyente que duda de su fe, que intuye que todo lo que le contaron no es más que un interminable cuento chino, pero aun así se aferra a ello, porque considera que ya es demasiado tarde para intentar pensar de otro modo. No muy distinta es la fe que algunos profesan hacia la democracia meramente representativa, que no es sino la democracia de los intereses económicos que se mueven detrás de los distintos partidos. Sí, democracia representativa, la llaman…, pero, ¿a quién representa? ¿Qué representa?
Fernando Marcet Manrique
18:55 | 4 Abril 2007 | Permalink
Interesantísimo enlace. Se trata de una entrevista a Moisés Naím, autor del libro “ilícito”, en el que se denuncia, entre otras cosas, la proliferación del comercio clandestino mundial y el poder de muchísimas personas que en su día se enriquecieron a base de tráfico de drogas, armas o de seres humanos. Estos individuos se enriquecieron de ese modo y hoy en día están vinculados a partidos políticos y a empresas supuestamente serias.
Fernando Marcet
21:05 | 9 Abril 2007 | Permalink
Uno que estuvo en el cambio climático. Para los que todavía lo consideren algo lejano.
Mari
22:12 | 26 Abril 2007 | Permalink
Gracias Eduardo Ruiz, gracias por tus palabras. Leía todo lo anterior con el corazón y el estómago cada vez más apretados. Yo soy una persona sin trabajo gracias a Ikea. Soy una persona que perdí una parte de mi vida gracias a ellos: mi empleador, que sin pertenecer a las “familias locales” , se vio obligado a cerrar. Ahora, al Inem. Sin comentarios.
Me resulta muy doloroso, cuando hablan de estos temas, que nadie se de cuenta de que las multinacionales nunca jamás van a dejar más de lo estrictamente necesario en el lugar en que se instalan. Y por qué no preguntan a los empleados cómo de felices están??
En fin, todos los puntos de vista tienen sus verdades, por eso mismo otra vez gracias Eduardo por tu pensamiento “más allá de…”
Jorge de Fuerteventu
12:07 | 19 Abril 2008 | Permalink
Estoy plenamente de acuerdo.Aqui en Fuerteventura la gente tiene que ir a Lanzarote a comprar en Ikea porque no hay aqui.Eso muestra que el precio mejor es lo mejor tambien para la población.Cuando no hay grandes superficies la gente pone el precio que quiere y no se preocupa de mejorarlos,ya cuando tienes alguien al lado que vende barato,entonces la realidad cambia.Aqui pasa en Fuerteventura con las dos cadenas de supermercados que hay.Como son dos tienen pactado no bajar precios y a los le combienen.Que venga un dia o un carrefour y ya veran.Viva la libre competencia,solo ella nos salvará el bolsillo.