Marina Leonor Arencibia Rocha
Hace unos días empecé a leer una biografía de Victoria Kent, una de las más conocidas y fascinantes mujeres que vivieron y defendieron la República. Hay un hecho en su vida que nunca hasta ahora llegué a comprender: ¿cómo es posible que una mujer con sus ideas se opusiera a conceder el derecho al voto de las mujeres?
Sin embargo, ahora lo empiezo a entender. Según los historiadores, en aquella época las mujeres vivían en el más absoluto ostracismo, no se podía actuar, ni siquiera pensar si no era siguiendo las pautas del marido, el hermano, el padre, o el patrón. Era muy difícil encontrar una mujer con la suficiente información, preparación, educación, libertad o como lo queramos definir para que tuviera ideas propias o por lo menos el valor de defenderlas, de expresarlas.
Victoria Kent creía que antes de tener el poder para decidir el futuro del país por medio del voto, a las personas en general y a las mujeres en particular había que darles las herramientas y la preparación necesarias para que supieran lo que realmente significa el derecho al voto, que no se trata del simple hecho de meter un papel en una urna, un papel que significa que depositas la responsabilidad de la política en este o aquel candidato y que tú, en el mejor de los casos, te lavas las manos hasta las próximas elecciones.
Para mí se llenó, todavía de más contenido, el debate entre la política representativa y la política participativa, y me lleva a tener más dudas y a hacerme más preguntas: ¿hasta qué punto nos consideramos con derecho a votar? ¿Tenemos la suficiente responsabilidad y preparación para tomar la decisión de a quién elegimos para que nos gobierne, a nosotros y a todos? ¿Qué legitimidad tienen los políticos para pedirnos el voto? ¿Cómo nos han ayudado a informarnos y prepararnos para que asumamos semejante responsabilidad?
He escuchado, leído y debatido mucho sobre este tema, y cada vez estoy más convencida de lo absurdo de este tipo de democracia que, por cierto, mientras no haya otra cosa mejor, defenderé a capa y espada. He escuchado el dolor de los que ven cómo mucha gente joven que no quieren saber nada de política votan a este u otro partido con la esperanza de poder ser un estómago agradecido. Me he horrorizado más de una vez al ver cómo después de años de criticar la labor política de un determinado alcalde, esa misma persona le vota por eso mismo, porque es el alcalde y por eso de más vale ruin conocido que bueno por conocer. He leído muchos artículos que de una manera más o menos lógica argumentaban por qué la abstención es la vía más coherente.
Yo misma he hecho de todo, he votado, he votado en blanco, me he abstenido y hasta he dado el voto útil. Pues ahora resulta que después de todo estoy por creer que las cosas están al revés, o como decimos aquí patas arriba. Estoy convencida que los que no votan son precisamente los que tienen más coherencia política y los que de verdad entienden lo que es la democracia; vamos, que creo que son los que tendrían que votar. Y los que votan son precisamente los que quieren mantener el orden establecido, los que quieren seguir siendo estómagos agradecidos y unos pocos, poquísimos ilusos que en un momento nos creímos que desde dentro del sistema se podría cambiar algo.
Así que visto lo visto y ya que si me abstengo seguirán votando los mismos y lo que es peor, a los mismos, no quiero renunciar a la esperanza y a la ilusión de que algún día pueda haber POLÍTICOS que de verdad se dediquen a hacer POLÍTICA y no a vivir de ella y de todos nosotros. En fin que volveré a aquello del voto útil.
Luiska
8:51 | 28 Febrero 2007 | Permalink
Saludos. Hace poco terminé un trabajo sobre la II República y me atrajo tu mención a Victoria Kent. Su famoso debate con Clara Campoamor en las Cortes sobre el sufragio femenino, representando las dos, opciones radicales republicanas y socialistas. Al final salió adelante la postura de Campoamor con los votos en contra de su propio partido. Votó a favor el PSOE y la Lliga Agraria, como dicen los textos. La victoria de la derecha pareció darle la razón a Victoria Kent (”el voto de la mujer será retrógrado hasta que no obtenga su liberación”), aunque son muchos factores los que hay que barajar. Por mi parte le rindo un homenaje a Campoamor.
Cambiando a lo que ibas, en los Centros escolares y de secundaria la participación de madres y padres es 0,1%, ningún organismo público la potencia o sufraga. Ni las AA.VV., representadas por 2 o 3, desgraciadamente. Ni nadie hace nada por sacarnos de la cola en fracaso escolar de Europa. La cultura es relegada por nuestros políticos a un puesto inferior a los asuntos sociales, o sea, al final, y se gastan en 8 minutos de voladores todo el presupuesto de participación ciudadana del año. Claro que Victoria Kent hablaba con sentido, pero yo lo hubiera extendido a toda la población, como ahora: la democracia está secuestrada, y si alguien asoma la cabeza ¡cuidado!
Saludos¡
Miguel Fierro
11:08 | 28 Febrero 2007 | Permalink
Buen argumento para explicar la “incultura” social que padecemos en esta isla.
Si, parece que si que tienes razón Marina, cuando dudas de la capacidad critica que podamos tener algunos a la hora de decidir votar por unos o por otros, la prueba de ello está a la vista de todos, pues es evidente que aun viendo los resultados, hemos vuelto una y otra vez a poner a los mismos de siempre a que nos gobiernen.
Pero probablemente, además de esa incapacidad, el problema estriba “muy mucho”, desde mi punto de vista, en el “miedo escénico” No hay que olvidar que un alto porcentaje de la población de Lanzarote trabaja directa o indirectamente para la administración. Y quieras o no, a ver quien es el guapo que decide contrariar a su jefe poniendo en juego su puesto de trabajo
Anabel Medina
11:55 | 28 Febrero 2007 | Permalink
Estoy convencida de que Victoria Kent tenía toda la razón en considerar que era muy difícil encontrar una mujer con la suficiente información, preparación, educación, libertad o como lo queramos definir para que tuviera ideas propias o por lo menos el valor de defenderlas, de expresarlas, pero haberlas, las hubo, como prueba la presencia de dos y sólo dos mujeres en el parlamento republicano, la propia Kent y su contrincante en el debate sobre el voto de la mujer, Clara Campoamor, quienes curiosamente tampoco tenían reconocido el derecho al sufragio.
Pero también estoy convencida de que Victoria Kent era claramente consciente de que una cantidad significativa de hombres eran no sólo analfabetos, sino igualmente incapaces de cumplir los requisitos que de manera tan aparentemente razonable no dudó en exigir a sus congéneres. La lógica de su razonamiento debería haberla llevado a propugnar la limitación del voto a quienes, hombres y mujeres, estuvieran cualificados para emitirlo.
Su posicionamiento claramente retrógado sobre este tema ha de encontrar otras razones, como pueden ser una concepción claramente elitista de la democracia y la supeditación de los valores morales a pragmáticos cálculos electoralistas. Explicaciones poco enaltecedoras, me parece.
Javier Díaz Reixa
16:18 | 28 Febrero 2007 | Permalink
Aunque estoy de acuerdo con las cuestiones de fondo que plantea Marina, debo mostrar mi desacuerdo respecto del papel de Victoria Kent en la etapa republicana; creo que es destacable su labor al frente de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias (donde impulsó importantes reformas) o sus tareas de rescate, protección y asistencia a los “niños de la República” en Francia. En el caso del voto femenino, su postura fue realmente lamentable: no se si fue utilizada por el bando de los partidarios del no o si surgió de ella misma la idea de personificar el debate entre ella y su compañera de partido, Clara Campoamor, pero sí tengo la certeza de que contribuyó a la persecución generada contra dicha compañera, a la que los demócratas debemos la consecución del sufragio femenino.