La ‘volada’ de Agustín de la Hoz

Jorge Marsá

No había leído el artículo de Agustín de la Hoz “La volada conejera” hasta que el pasado jueves se publicó en La Opinión. A lo largo de los años, he leído o escuchado a distintas personas que se referían al texto de forma elogiosa. Ahora, tras la lectura, la curiosidad se ha tornado en decepción.

Comenzaré diciendo que lo desconozco todo de la obra y la vida de Agustín de la Hoz, así que mis opiniones se referirán exclusivamente a este artículo, en cuyo segundo párrafo aparece lo que podría considerarse una definición de la volada conejera:

Se diría, pues, que vivimos en el país del embuste, del rumor, del bulo, de la mentira, supuesto que todo eso significa aquí la “volada”, acaso la herida más grave que afecta, ¡todavía!, a nuestra mera convivencia civil y que impunemente, ¡todavía!, hurga e infecta el eterno, mezquino y ramplón correveidile de turno.

No creo que deba considerarse seña de identidad lanzaroteña la ruin práctica de sembrar cizaña y difamar al prójimo a sus espaldas. Más apropiado me parecería, en todo caso, estimarla característica de las sociedades pequeñas, y no creo que encontráramos aquí diferencias notables con respecto a otras en el resto de las Islas y en la Península. En cualquier caso, no considero que tenga el asunto mayor importancia; tendemos a pensar que males o bienes como los nuestros, pocos.

Más me distancia del artículo su carácter, en mi opinión, profundamente conservador. Porque si hay una idea que pueda considerarse como la esencia del conservadurismo es la de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y Agustín de la Hoz deja clara su añoranza por ese tiempo en el que las voladas eran… otra cosa:

Hasta no hace mucho, el “Casino de Arrecife”, la “Democracia” y hasta los humildes “cabildos” del interior, estaban llenos de “voladas conejeras”, muy agudas, originales y oportunas, hijas legítimas de la ocasión, del suceso jocoso, de la anécdota inventada o fortuita, aunque, en ningún caso, intensas y malintencionadas, o, lo que es peor, sibilina y calumniosamente atentatorias contra la honorabilidad de las personas. Las genuinas “voladas conejeras” eran rumores inocuos, no más, chismes y cuentos que pasaban y se desvanecían como brisita frescachona de la tierra.

Y esa idealización del pasado –en obvia contradicción, por otra parte, con el repetido “¡todavía!” de la primera cita–, de las “genuinas voladas”, constituye la condición necesaria sobre la que se sustenta el rechazo de un presente en el que se han pervertido las voladas:

Se engaña quien suponga aún que la noble, ocurrente e ingeniosa “volada” sigue vigente. Nada menos cierto. [...] Ahora ocurre todo lo contrario. A la ocurrencia de bonhomía ha sucedido la “volada” torpe, sin gracia, vulgar, que confunde, distancia y enfrenta nuestros amigos y paisanos.

En efecto, típicamente conservadora la idea de que el progreso ha prostituido al buen salvaje –aunque exista hoy una buena cantidad de conservadores de izquierda que comparten el criterio–. Porque, como se nos dice que el artículo se publicó hace más de veinte años, no queda otra que deducir que las voladas que añora el autor son aquellas que producía la sociedad pobre, caciquil y dictatorial de antaño; mientras que parece abominarse de los perniciosos efectos que provocaron en muchos lanzaroteños, y en sus voladas, la riqueza y la democracia que la sociedad estaba estrenando en la década de los ochenta.

Y a qué negar que el dinamismo social que produjo la conjunción de la riqueza y la democracia tuvo de seguro sus inconvenientes. Quizá la gente se volvió más ordinaria en sus voladas. Bien puede pasar que cuando hablan todos, en lugar de hacerlo sólo los poderosos e ilustrados, lo hablado resulte “torpe, sin gracia, vulgar”, y que desapareciera “el gracejo ingenuo del ‘conejero’ de antaño”, a quien se dedican esas “notas con afectuoso y añorante recuerdo”. Bien puede pasar que la gente no sólo le pierda el respeto al antiguo cacique, sino también al intelectual que impartía enseñanzas desde su torre de marfil. En fin, que es probable que la democracia y la riqueza no aseguren una sociedad de ensueño con voladas de primera, y que algunos tuvieran fundadas razones para añorar los viejos tiempos. Pero lo que es seguro es que para la mayoría de la sociedad lanzaroteña cualquier tiempo pasado fue peor, y que no debían ser muchos los que echaran de menos los momentos en que era obligado hablar en voz baja y tener cuidado con según qué voladas se propagaban, no fuera a ser que el rico o el policía les dieran un disgusto, ese sí, de primera.

Y si poco me gustó el fondo del artículo, no mucho mejor me pareció la forma. Es más, me sorprendieron los comentarios introducidos en el blog alabando la riqueza del vocabulario empleado. Si por la cantidad de términos poco habituales lo medimos, desde luego que Agustín de la Hoz los utiliza con una prodigalidad que dejaría en mal lugar a Vargas Llosa. Pero para mí que toda la retahíla de vulgarismos locales empleada no consigue más que un texto de farragosa lectura y que la escritura, como suele ocurrir cuando anda tan sobrada de pretenciosidad como escasa de calidad, haya envejecido tan pronto y tan mal.

Al fin y al cabo, una muestra no muy brillante de conservadurismo localista que, afortunadamente, el devenir de la sociedad lanzaroteña ha convertido en antigualla.

Publicado el 29 de enero de 2007 a las 8:37 am en 'Sociedad'.

18 Comentarios

  1. 8:42 | 29 enero 2007 | Permalink

    Al Marsá le gusta más destrozar un mito que a un adolescente una “plei”

  2. 10:40 | 29 enero 2007 | Permalink

    No tengo ni idea de si a Marsá le gusta destrozar mitos, pero habría que preguntarse por qué es un mito insular alguien que escribe un artículo como éste.

  3. 11:34 | 29 enero 2007 | Permalink

    No le den más vueltas porque está muy claro lo que le gusta a Marsá, coger cualquier oportunidad para despreciar la cultura insular y por eso coge dos trozos de Agustín de la HOz y lo insulta: “Al fin y al cabo, una muestra no muy brillante de conservadurismo localista “. Es lo mismito que ha hecho muchas veces con otras cosas de la cultura de este pueblo, eso es lo que le gusta y dejense de darle vueltas.

  4. 12:03 | 29 enero 2007 | Permalink

    Me aburren lo indecible comentarios como el 3 (con perdón). Y me desconcierta, porque creo que lo que se dice es meridianamente claro.

    También me parece anecdótico si Marsá disfruta cargándose mitos. Lo que es relevante es que para cargarse esos mitos (para quien lo sean) no parece necesitar balas de cañón, sino unos simples perdigones. Curioso, ¿verdad?

  5. 12:16 | 29 enero 2007 | Permalink

    Me da igual si es un mito o no, lo importante es que Marsá da argumentos que son buenos y si se quiere llevarle la contraria hay que poner otros argumentos. A mi me ha convencido.

  6. 13:26 | 29 enero 2007 | Permalink

    Es cierto que a Jorge le gusta destrozar mitos, pero eso no significa que lo consiga siempre. Al menos para mí en este caso no lo ha conseguido. El de Agustín de la Hoz me parecía un buen articulo antes y me lo sigue pareciendo ahora. ¿Argumentos? Bueno, la verdad es que yo no conozco ni la vida ni la obra de Agustín de la Hoz, así que lo único que puedo decir de él es lo que su artículo refleja, y yo no veo ese conservadurismo extremo que Marsá le atribuye. Hablar de tiempos pasados mejores es tan propio de gentes de izquierdas como de derechas, de arribas y de abajos. Es posible que Jorge conozca a Agustín mejor que yo y que efectivamente se tratara de un personaje rematadamente conservador, pero me parece que en este caso se trata de valorar una obra concreta, y jamás me ha parecido justo mezclar obras y vidas cuando de juzgar expresiones artísticas concretas hablamos.

    No obstante, es cierto que en el artículo parece subyacer esa contradicción con el uso del “todavía”. ¿Pero qué artículo se podría librar de un análisis tan riguroso? Seguramente muy pocos.

    Jorge dice que el texto envejeció pronto y mal. Y que la sociedad lanzaroteña lo ha convertido en una antigualla… ya quisiera yo que uno de mis artículos fuera analizado por alguien dentro de 130 años en una página web o lo que quiera que haya por esos futuros, si es que algo hay. Para mí que los textos que envejecen pronto y mal son los que cada día fenecen en las páginas de opinión de los periódicos. ¿Cuántos de ellos serán recordados, siquiera circunstancialmente, dentro de más de un siglo? Me cuesta admitir que un artículo del que se habla hoy tanto tiempo después pueda ser considerado un texto caduco.

    Respecto al vocabulario, yo debo reconocer que es una de las cosas que más admiro del artículo de Agustín. No ya porque sea una muestra amplia de vocabulario local, reflejo de una época y de un lugar, sino porque siempre he admirado la capacidad que tienen algunas personas para contar las mismas cosas de forma siempre distinta. Se suele decir que dos pintores nunca pintan lo mismo aunque estén delante del mismo paisaje. En la variedad reside la riqueza, aunque a veces resulte forzada. Es como cuando uno se pregunta si el mundo sería un sitio mejor si toda la humanidad hablase el mismo idioma. En teoría así seria, pues podríamos comunicarnos todos sin cortapisas, pero algo me dice que también se perdería mucho. Cada palabra conceptualiza un pedacito de realidad y le da un matiz distinto, aunque sean sinónimas. Criticar cualquier intento de enriquecimiento lingüístico equivale a abogar por un diccionario rígido y encorsetado, un diccionario, en defintiva, muerto. La merma de vocabulario que trae aparejado el mundo de la imagen en el que vivimos, un mundo absolutamente inimaginable hace un siglo, nos hace creer que no se ha perdido nada. Pero sí que se ha perdido. Se pierde todos los días. Como en la historia intermible, de michael ende, cada palabra extinta es un poco más de vacío en torno a nosotros. No es por un diccionario cada vez con menos palabras por lo que deberíamos luchar, sino todo lo contrario, por uno que jamás dejara de crecer.

  7. 13:32 | 29 enero 2007 | Permalink

    Antes de que se echen encima los tiburones me apresuro a reconocer un error en mi anterior comentario. Acabo de ver que el artículo de agustín es de hace unos veinte años, no de hace ciento y pico. Como ven era cierto que no conocía en nada al personaje… lo que me llevó a confusión fue el prefacio antepuesto al artículo, en el que se habla de los años ochenta del siglo pasado. Y es que todavía me cuesta asimilar que el siglo pasado fue este que abandonamos hace poco.

  8. 14:46 | 29 enero 2007 | Permalink

    KE CHACHI HABLAR DE GENTE Y DE LO QUE HICIERON O ESCRIBIERON SIN QUE ESTA SE PUEDA DEFENDER PORQUE ESTOY SEGURO QUE EL SR MARSA NO LE LLEGA NI A LOS TALONES A AGUSTIN DE LA HOZ, ME REFIERO CULTURAL E INTELECTUALMENTE.

  9. 17:40 | 29 enero 2007 | Permalink

    No te conozco Grillo y no te puedo juzgar, pero la verdad es que no te vendes muy bien: es típico de mediocres refugiarse detrás de otros que se consideran más importantes que uno, para a partir de ahí echarse panza arriba en la autocomplacencia… porque “el mío es mejor”.
    Ya puede ser un “mito cultural” de la tierra o un equipo de futbol.

  10. 18:36 | 29 enero 2007 | Permalink

    digo yo que si hubiera conseguido destrozar el mito como habría sido el artículo, porque el pobre agustín de la hoz ha quedado por muy regular, por lo menos para mí.

  11. 20:01 | 29 enero 2007 | Permalink

    ¿Destrozar mitos? ¿Qué mitos? ¿Agustín de la Hoz un mito? ¿Para quién? Extraña conversación. Me he limitado a dar mi opinión sobre un artículo.

    Quizá venga a cuento traer aquí un fragmento del artículo que publica hoy en El País el historiador de la economía Gabriel Tortella, “Contra la corriente”, aunque versara sobre asunto distinto, sobre la democracia:

    Algunos me han dicho de palabra que cómo un viejo demócrata como yo escribía ahora “contra la democracia”. Muchos pensarán, en vista de las airadas reacciones que provoca el intentar suscitar discusión, que el precavido y sensato debe evitar los temas polémicos. Nada más lejos de mi opinión. Yo creo que el deber de un articulista que se pretende “intelectual” es acometer temas controvertidos aun a riesgo de causar la ira de algunos, si con ello hace reflexionar a otros.

    Quien canta las excelencias de la democracia en un país democrático donde la inmensa mayoría se proclama demócrata sin duda cosechará parabienes, pero contribuirá muy poco a estimular la actividad mental de los lectores y, por ende, a resolver los innegables problemas de esa democracia que tanto se ensalza. Plantear los problemas de la democracia durante la dictadura de Franco hubiera agradado a muchos entonces, pero hubiera sido abyecto. Correlativamente, cantar ditirambos democráticos en la España de hoy se me antoja, por decirlo suavemente, superfluo. Ya va estando uno un poco hastiado de estos intrépidos progresistas que combaten el franquismo con treinta años y pico de retraso.

    Un articulista responsable, en lugar de hacer leña en árboles caídos, debe defender posiciones minoritarias, debe tratar de convencer antes que de agradar; en definitiva, debe escribir “contra la corriente”; y contra lo corriente, que viene a ser lo mismo.

    Veo, Fernando, que la lectura ha sido apresurada. Me refiero a este párrafo tuyo:

    Es posible que Jorge conozca a Agustín mejor que yo y que efectivamente se tratara de un personaje rematadamente conservador, pero me parece que en este caso se trata de valorar una obra concreta, y jamás me ha parecido justo mezclar obras y vidas cuando de juzgar expresiones artísticas concretas hablamos.

    Vamos, que da la impresión de que se te pasó mi primera puntualización:

    Comenzaré diciendo que lo desconozco todo de la obra y la vida de Agustín de la Hoz, así que mis opiniones se referirán exclusivamente a este artículo

    No creo que haya que ponerse nerviosos, Grillo. Quiere decir su comentario que jamás podríamos “hablar de gente y de lo que hicieron o escribieron sin que esta pueda defenderse”, que nadie podría discutir las obras de ningún autor fallecido. Pues iba usted a dejar sin trabajo a todos los que se dedican a la historia de la literatura, del pensamiento, de la ciencia o de la política.

    Y no le discutiré que no le llegue yo “ni a los talones a Agustín de la Hoz, me refiero cultural e intelectualmente”. Seguramente tendrá usted razón. Pero mucha más razón tendría si nos refiriéramos a personajes de muy superior nivel intelectual. Sin embargo, no me guardo mis críticas, por ejemplo, a Platón, Hegel o Marx y a su obra por mucho que reconozca su inmenso valor cultural e intelectual. De seguir este criterio, volveríamos a dejar en el paro a los antes nombrados.

    En fin, que si usted piensa que el artículo de Agustín de la Hoz es estupendo, pues no pasa nada, lo deja dicho y todos tan amigos.

  12. 20:38 | 29 enero 2007 | Permalink

    Efectivamente, Jorge, se me pasó tu primera puntualización. Y efectivamente, no pasa nada por tener opiniones distintas, respecto a esto como respecto a cualquier otra cosa. Por cierto, muy bueno el fragmento del artículo de Gabriel Tortella.

    En cuanto a lo de mito, yo difícilmente puedo considerar al señor de la Hoz como tal, cuando ni siquiera sabía qué siglo era el suyo. Lo entendía una forma de hablar, puesto que parece que sí hay personas que lo tienen en alto valor. Y repito, el artículo para mí es bastante bueno. Me gustó antes y me sigue gustando ahora. Y si Jorge me hubiera convencido de lo contrario con sus argumentos, creo que tampoco tendría ningún reparo en reconocerlo (digo creo porque uno nunca puede estar seguro de nada, y menos que de ninguna otra cosa, de las reacciones de uno mismo). De lo que seguro que me has convencido, Jorge, aunque sea indirectamente, es de que el siglo pasado fue el XX. Y de que a veces no está mal leer los artículos con un poco más de detenimiento.

  13. 12:22 | 30 enero 2007 | Permalink

    Deben saber que Marsá es un “opinador” a sueldo del Estado, desde hace años, su labor está más relacionada con la provocación a sujetos intelectualmente insignificantes (que le responden con la misma fidelidad con la que él puntualmente les ataca) que con la sugerencia de temas serios para el debate, tomarse en serio a Marsá es hoy un deporte de máximo riesgo (riesgo de debate improductivo), no resulta nada raro que sujetos “opinadores” de profesión como él se refugien para ocultar su mediocridad en afirmaciones ajenas como esta:

    “Yo creo que el deber de un articulista que se pretende “intelectual” es acometer temas controvertidos aun a riesgo de causar la ira de algunos, si con ello hace reflexionar a otros”

    Y ahí está el Kit de la cuestión, alguien pretendidamente intelectual acomete el “gran tema controvertido” aun a riesgo de provocar la ira de algunos….ejemmmm….quien halla seguido a Marsá sabe que más que el tema controvertido lo que él busca para reafirmar su profesión, la ira de esos otros sobre los q

  14. 12:31 | 30 enero 2007 | Permalink

    Deben saber que Marsá es un “opinador” a sueldo del Estado, desde hace años, su labor está más relacionada con la provocación a sujetos intelectualmente insignificantes (que le responden con la misma fidelidad con la que él puntualmente les ataca) que con la sugerencia de temas serios para el debate, no resulta nada raro que sujetos “opinadores” de profesión como él se refugien para ocultar su mediocridad en afirmaciones ajenas como esta:

    “Yo creo que el deber de un articulista que se pretende “intelectual” es acometer temas controvertidos aun a riesgo de causar la ira de algunos, si con ello hace reflexionar a otros”

    Y ahí está el Kit de la cuestión, alguien pretendidamente intelectual acomete el “gran tema controvertido” para hacer reflexionar aun a riesgo de provocar la ira de algunos….ejemmmm….quien lea a Marsá sabe que más que el tema controvertido y la presumible reflexión, lo que él busca para reafirmar su trabajo remunerado, es la ira de esos otros sobre los que poder ejercer el apostolado intelectual del que se ha hecho cargo por mandato estatal….

  15. 20:40 | 30 enero 2007 | Permalink

    Muchas veces no estoy de acuerdo con Marsá, aunque este escrito me gusta, pero lo que no tenía ni idea es que Marsá esté a sueldo del Estado, pensé que vivía de un trabajo privado. Se sabe si es cierto eso?

  16. 0:42 | 31 enero 2007 | Permalink

    Un consejo de amigo Carmen: no te quedes a ver las promociones de adelgazadores de teletienda a la madrugada.

  17. 0:45 | 31 enero 2007 | Permalink

    Pues no, Carmen, no estoy a sueldo del Estado ni nunca lo he estado. Pero ya se sabe lo que decía Joseph Goebbels: “Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Y aquí se comienza por decirlo dos veces en el comentario, y por introducir dos veces el comentario con distinto nombre; bueno, hasta las mil veces, le queda trabajo por delante a este “valiente” enmascarado. No hay que preocuparse, Carmen, son cosas de Internet, que, junto a las grandes posibilidades que permite, produce también este tipo de basura.

  18. 12:18 | 1 julio 2007 | Permalink

    Soy una persona a la que le suscita mucha curiosidad esa figura que, para mi desgracia, no conocí: Agustín de la Hoz. En mi modesta opinión, el autor de este comentario, saca de contexto el artículo escrito por el antes mencionado. Quizás lo único que él deseaba expresar era el cambio de la sociedad, una sociedad que, con el paso del tiempo se ha hecho cada vez más mezquina, más cotilla y más propia de buscar la mota en el ojo ajeno que en el suyo propio. Creo que escogió a los lanzaroteños como podía haber escogido a cualquier otro, pero con más razón por ser el entorno del que se rodeaba; pues, seguramente no hubiese tenido mucho sentido haber escrito sobre la sociedad alicantina (por ejemplo). No voy a entrar en la descalificación del artículo de Jorge Marsá pues sería ponerme a la altura de la suela de su zapato, pero quisiera dejar claro que es de muy mal talante calificar a una persona, que ya no se puede defender, de antigualla, cuando sólo ha leído un artículo suyo y no sabe nada más de él (como indica al inicio de su texto). Y opino que no es de rigor periodístico dar puntos de vista sobre un tema (y más sobre personas) cuando se desconoce la gran parte del mismo.
    Además, creo que es muy fácil caer en el recurso del insulto para apoyar una tesis, e, incluso, usarlo como argumento; hecho del que saco una conclusión: el insulto nunca debería ser usado como apoyo a una opinión, pues suprime la veracidad que ésta pudiese tener.
    Me gustaría añadir que he encontrado este texto por casualidad cuando buscaba más información sobre mi abuelo, al que se alude, y me gustaría que se dejara de difamar a la gente que no se puede defender porque, quizás, esas personas no tengan a nadie que de la cara por ellos. Y dejo una reflexión en el aire: Quizás fuera conservador, o esté olvidado por la sociedad conejera, pero me gustaría pensar que el reconocimiento que obtuvo en vida fue por algo.