[Canarias 7, 28 de enero de 2007]
Hay determinados palabros que nos suelen soltar de vez en cuando, que son como las almejas machas: hasta hace poco nadie había oído hablar de ellas, y de repente se convierten en algo familiar, tan habitual a la hora del enyesque como unos mejillones o unos berberechos, de los que por cierto es fama, que los tinerfeños son de superior calidad. Algo parecido sucede con el hecho de ser ultraperiféricos.
Al principio cualquiera podría pensar que se trataba de unos aficionados al balompié, miembros de una determinada peña futbolera, pero resulta que no, que somos todos los ciudadanos y ciudadanas que sobrevivimos en estos asirocados predios insulares. Así se deduce en esta interpretación eurocéntrica de la realidad, donde somos nosotros los que estamos lejos, más allá de la periferia, e incluso nos gusta que así nos califiquen, en cuanto ello supone el envenenado regalo de la eterna subvención.
Igual sucede con la tan traída y llevada “moratoria”, que hubo quien confundió con una paisana del Magreb, de nombre Toria para más señas. Cuando resulta que no, que viene a ser el presunto intento de parar el desbordado crecimiento turístico, y su corolario de urbanizaciones, campos de golf, puertos deportivos, con el etcétera que quieran añadir, y que responde a la denominación oficial de Directrices de Ordenación del Turismo de Canarias. Dichas ‘Directrices de Ordeñación’, beben y vuelven a beber, en la fuente de la manoseada doctrina del desarrollo sostenible, a la que el padre de la bioeconomía Nicholas Georgescu-Roegen calificaba de “nana encantadora”. Aquí diríamos arrorró, que para algo es el himno autonomioso, pues no se termina de entender que en la moratoria de marras se hable de «un modelo de desarrollo turístico diversificado, diferenciado, competitivo y sostenible, que cubra las necesidades actuales de los turistas y de la sociedad canaria, protegiendo y mejorando las perspectivas de futuro», mientras que en el tiempo transcurrido desde que la misma lleva en funcionamiento, las plazas hoteleras han aumentado un 14,6%. Sobre todo teniendo en cuenta que ya desde el año 1990, en una publicación oficial de la Consejería de la Presidencia del desgobierno de Canarias, el biólogo Antonio Machado afirmaba que en aquel momento, cuando la llegada de visitantes era casi la mitad que la actual, «las islas centrales y orientales han rebasado sus límites ambientales», añadiendo que «los futuros esfuerzos deberían orientarse hacia una ‘reconversión’ y a reparar los deterioros causados allí donde sea factible».
Se dirá que no se puede parar el crecimiento, que torticeramente confunden con desarrollo, pero conviene aclarar algunas cuestiones. Ya que hablamos de crecimiento económico, se supone que en este concepto cabe incluir la economía, el nivel de consumo de recursos naturales y el bienestar/calidad de vida. Pues qué quieren que les diga, puede que las economías particulares de muchos empresarios/intermediarios/receptores de subvenciones (táchese lo que no proceda), vaya muy bien, y ahí están los millones acumulados de la RIC para demostrarlo. Pero es que pese a que nuestras islas sufren la llegada de 12,5 millones de turistas, ello no se traduce, muy al contrario, en un aumento de los ingresos hoteleros, que se mantienen, ni de los extrahoteleros, que bajan.
Además, el nivel de consumo de recursos naturales, el único patrimonio que nos queda, nos está dejando «insostenibles», empleando la misma jerga pseudoambientalista. En cuanto al bienestar y la calidad de vida, a peor la mejoría, ocupando el Archipiélago y de forma destacada, los primeros puestos con respecto al conjunto del Estado, en las listas de espera hospitalarias, en fracaso escolar, en salarios bajos y precariedad en el empleo, en carestía de la cesta de la compra, en delincuencia callejera y, cómo no, en corrupción política. Una melodía, que por repetida, ya se ha convertido en el auténtico himno de Canarias.
A propósito, afirmaba el propio Edvard Grieg, el gran compositor musical noruego, cuya obra se inspira en folclore de dicho país escandinavo: «Estoy seguro de que mi música tiene cierto olor a bacalao». Desde luego, en el caso que nos ocupa, nuestro disparatado «crecimiento» turístico incluso tiene sin duda un cierto aroma a salmón, que ya sabemos resulta más fino que el tufo de tollos, pejines y jareas.
Se comprende de dónde viene la confusión del columnista, de haberse creído que la moratoria era un “intento de parar el desbordado crecimiento turístico”. Que no hombre, que no. La moratoria fue simplemente un intento de parar de parar el mosqueo que le estaba entrando al personal con la clase política canaria.
Si en 1990 había que reparar los daños causados. ¿Qué habría que hacer ahora? Cada partido debería decir claramente en sus programas electorales cuantas camas más se construirán con ellos, o incluso cuantas quitarán. Lo que pasa es que para estas cosas bien que saben pactar. Se limitan a usar frases genéricas tipo “abogaremos por una política sostenible que nos permita … bla bla bla” es decir, como el estatuto de autonomía, un montón de vaguedades inconcretas que suenan muy bien pero que en el fondo no aportan nada tangible.