El mito del diálogo

Fernando Savater

[Basta Ya, 26 de enero de 2007]

Según parece, la proyectada y ya menguante asignatura de Educación para la Ciudadanía incluirá lecciones dedicadas al diálogo y a la negociación. Nada puede resultar más oportuno, en vista de la fenomenal catarata de equívocos y malentendidos –creo que no todos inocentes– que rodean el frecuente uso de esos términos tan ensalzados como aborrecidos.

En una democracia parlamentaria, elogiar el diálogo es un empeño tan aparatosamente ocioso como pasearse por un hospital cantando loores a la medicina. En ambos casos parece más útil indicar los requisitos para que uno y otra sean efectivos, así como señalar sus límites en el tratamiento de males especialmente graves. Para empezar por lo más obvio, se dialoga con los amigos y se negocia con los enemigos o adversarios. El diálogo supone aceptar una base común de valores, a partir de los cuales se discute para ver que orientación común es preferible en tal o cual proyecto. En la negociación se contraponen fuerzas y se pretenden ventajas estratégicas: es un pulso, no un intercambio argumental. En ciertos casos, los más civilizados, puede aliviarse la brusquedad negociadora con la persuasión dialogante, combinando ambos métodos. Pero la presencia de la violencia o la amenaza contra una de las partes anula dramáticamente esa posibilidad.

Viniendo a lo que nos interesa, insistir en que el diálogo –así, sin más aditamentos ni matices– es la solución de los problemas creados por el terrorismo etarra (y de su rentabilización por el nacionalismo vasco radical, que también es parte del problema) constituye una patraña y un fraude. O, en el mejor de los supuestos, un malentendido. Pongamos que a mí, en una de esas encuestas de planteamiento tan poco convincente que suelen hacerse, me preguntan si me parece aceptable “un final dialogado” para el terrorismo de ETA. Interpretando a mi modo la cuestión, puedo responder afirmativamente. Supondré que el encuestador llama “diálogo” a negociar con ETA las condiciones de su rendición cuando los terroristas admitan que tienen que dejar las armas: hablar con ellos de cuestiones penales, garantías de desarme, situación legal de los aún no procesados sin delitos de sangre, etc. Es algo que ocurrirá antes o después y ojalá fuera pronto (aunque sólo depende de ETA, claro). De modo que respuesta afirmativa. Pero también puedo contestar negativamente. Sospecharé que mi interrogador considera “diálogo” establecer un foro político extraparlamentario que incluya a portavoces de los terroristas junto a los partidos legales, con el fin de negociar concesiones políticas al nacionalismo (otras no le interesan a ETA) que refuercen su hegemonía en la CAV e incluso en Navarra, blindándola ante posibles intervenciones del Estado de Derecho, según el esquema del “plan Ibarretxe” más o menos radicalizado para premiar el “final de la violencia”. De modo que mi respuesta será “no”. O sea que, según este planteamiento hipotético pero nada fantástico, soy a la vez partidario del diálogo y contrario al diálogo… y unos me juzgarán entreguista, mientras que otros me tacharán de intransigente. Pero la culpa la tiene la ambigüedad de la palabra “diálogo”, no yo.

Esa ambivalencia no desanima, desde luego, a quienes –como el lehendakari, por ejemplo– siguen predicando la buena nueva del diálogo, cuyas genéricas virtudes nos ensalzan una y otra vez de un modo escolar hasta devolvernos a los felices días del parvulario. O como el socialista Torres Mora (al que algunos conceden rango de ideólogo gubernamental, algo así como el Suslov de nuestro régimen) que en una reciente entrevista en “El Mundo”, tras el acostumbrado panegírico del diálogo, acuña este dictamen prodigioso: “El diálogo no ha fracasado, han fracasado los terroristas en su intento de dialogar”. ¡Toma ya! Es difícil ser más autocomplaciente y con menos motivos que esta gente, la verdad.

A mi entender, el gobierno en un principio planteó el “diálogo” con ETA según la primera de las dos acepciones que más arriba he dado del término. Pero cometió el error de dejar abierta la posibilidad, para más adelante –una vez liquidada la violencia terrorista en todas sus formas–, de emprender el segundo “diálogo” como premio de consolación al nacionalismo y camino para asegurarse su apoyo en el próximo mandato electoral. Con el resultado de que ETA y sus mariachis (que entre tanto han alcanzado un reconocimiento político como interlocutores respetables y aún críticos autorizados de las decisiones de los partidos democráticos) se han apresurado a saltar por encima de la primera mesa de diálogo para exigir inmediatamente la segunda. ¿Por qué no se centran en hablar de presos, beneficios penitenciarios, etc.? Sencillamente, porque todo eso lo dan por descontado. Están convencidos de que una vez consolidada su posición política en el País Vasco y ya abandonado el terrorismo innecesario, el acercamiento de los presos y su próxima puesta en libertad es cosa hecha. Probablemente, la propuesta de excarcelación de De Juana Chaos reforzará esta convicción (por cierto, el etarra va a tener más suerte que Bobby Sands y sus diez compañeros del IRA, que murieron en huelga de hambre sucesivamente en la prisión de Mazen sin lograr ablandar a Margaret Thatcher). De modo que ¿para que se van a molestar en suplicar lo que piensan obtener de cualquier modo? Más les vale ir directamente a lo difícil, a por aquellas concesiones que una vez desaparecida la amenaza terrorista bien pudieran negárseles sin mayores remilgos. Hay que aprovecharse de los efectos de la intimidación mientras dura. Sobre todo cuando se les están mandando constantes mensajes de que, hagan lo que hagan, en cuanto dejen de cometer fechorías estaremos encantados de volver a escucharles: “hay que esperar a que vuelvan a hacer algún gesto, seremos generosos, etc.”. Lo apropiado para desanimarles sería indicarles inequívocamente de una vez que están a punto de ver caducar todos los plazos, más allá de los cuales no obtendrán el más mínimo beneficio penal…es decir, que se les tratará por fin como merecen, dejen las armas o no.

Los partidarios del diálogo a lo loco, caiga quien caiga, nos apedrean constantemente con denuncias más o menos explícitas de las medidas judiciales que pueden “dificultarlo”, es decir que amenazan convertirlo en algo distinto a dar la razón a los nacionalistas: así que no será Ibarretxe quien desafía a la justicia sino los jueces quienes desafían al sentido común (oído, cómo no, en la tertulia de Francino en la Ser), la declaración de Jarrai y Segui como partes del entramado etarra son un abuso que trata de criminalizar a todos los jóvenes independentistas vascos, etc. La verdad es que en el País Vasco el terror fundamental, de fondo, lo pone ETA: pero de la administración del terrorismo para acogotar a la población no nacionalista se encargan desde hace mucho otros. Un caso reciente y repetido todos los años: el de la fiesta de San Sebastián. Lo malo no es que en la izada de bandera que da comienzo a la jornada festiva en la plaza de la Constitución hubiera muchas pancartas a favor de ETA, de Juana Chaos, de la amnistía, llamando asesino al PSOE (¿se imaginan las fiestas patronales de otra población española en que se permitiera insultar o amenazar tan gravemente a cualquier partido?), hasta el punto que Odón Elorza dijera que le parecieron “excesivas”… pues por lo visto hay un límite admisible para estas cosas, que sólo él conoce; ni siquiera es lo peor que todo eso no ocurriera espontáneamente, en el tumulto del gentío a las doce de la noche, sino que se preparase tranquilamente desde las cinco de la tarde con numerosas personas que colgaban los carteles y guirnaldas subversivas a la vista de municipales y ertzainas… como todos los años desde hace una década. No, lo malo es que tres televisiones retransmiten durante horas la izada sin aventurar la más mínima palabra ni comentario sobre este paisaje urbano terrorista. Y lo peor es que este año algunos ciudadanos (de Basta Ya, que son de los pocos que quedan por allí) han presentado denuncia documentada contra el Ayuntamiento por estos sucesos, que sigue su trámite, de la cual han dado cuenta los medios periodísticos nacionales menos afines al “diálogo” pero ninguna de las publicaciones de ámbito donostiarra, tan atentas a todo concurso de quesos que ocurre en nuestra demarcación. Que quede claro: con esos silencios mediáticos y los terrores que reflejan cuentan los “dialogantes” para que al final de “proceso de paz” haya paradójicamente más nacionalismo que antes y no más libertad y visibilidad para los no nacionalistas, como sería lógico esperar.

Bien, muy bien que se incluya “diálogo y negociación” como temas de la minusvalorada e injustamente criticada Educación para la Ciudadanía. Lo único que me preocupa ahora es quién dará la asignatura…

Publicado el 27 de enero de 2007 en la sección 'Política'.

3 Comentarios

  1. 10:26 | 27 enero 2007 | Permalink

    Lo que se tiene que estar viviendo en el pais vasco debe ser bastante jodido. Allí, en unos sitios más que en otros, tienes que mostrarte públicamente como un nacionalista más si no quieres que se metan contigo. Algunos, a fuerza de simularlo, acaban siendolo de verdad y obligan a su vez a otros a serlo también para así justificar su propia cobardía. Es muy patético ese estado de cosas, que me recuerda al de los peores regímenes políticos. Vaya un mal rollo por tan poca cosa. Que si yo me siento español o me siento vasco o primero me siento no se qué. Panda de jilipollas.

  2. 11:12 | 27 enero 2007 | Permalink

    Efectivamente, lo que se está viviendo en el País Vasco es muy jodido. Valga un ejemplo: hace poco una asociación de policías se ofrecía al PP vasco para figurar en las candidaturas a las próximas elecciones en los municipios en los que sus militantes no se atrevían a ir y, en consecuencia, les resulta difícil completar. Así ha pasado en muchos municipios con las candidaturas del PP y el PSOE durante mucho tiempo: la gente tiene miedo a las represalias si forma parte de las listas, si se señala como no nacionalista.

    Bien puede decirse, por lo tanto, que las elecciones en el País Vasco distan un trecho de ser libres, que los nacionalistas parten con una seria ventaja sobre los constitucionalistas. Sin embargo, durante años, y así continua la cosa, se ha hecho como si nada pasara, como si las elecciones fueran iguales a las del resto del país, como si fueran unas elecciones democráticas. Y con los resultados de esas elecciones se gobierna, se plantean planes Ibarretxe y se habla del “derecho de los vascos a decidir”.

    Y volveremos a presenciar el mismo fenómeno en las próximas elecciones, y casi nadie dirá nada, y se considerará un desvarío la propuesta que avanzaba Savater hace una semana de plantearse la posibilidad de suspender la autonomía vasca hasta que se den las condiciones habituales para la convivencia de un Estado democrático y de derecho.

    Es en este marco en el que hay que situar la duda de que el nacionalismo vasco pueda llamarse democrático después de aprovechar sin reparo los asesinatos de un sector de ese nacionalismo durante años. Y es en este marco en el que hay que situar el abandono que ha supuesto para los demócratas que luchan por las libertades, y por su vida, la política de los socialistas instaurada por Patxi López y Zapatero.

  3. 19:39 | 27 enero 2007 | Permalink

    Me resulta complejo expresar la dolorosa sensación que me causa escuchar declaraciones como las realizadas el pasado sábado por el Gobierno Vasco que lejos de mostrarse rotundamente en contra de la manera brutal en que intentan imponer su causa los indeseables terroristas, no se les cae la cara de vergüenza diciendo , y de manera institucional, que el Gobierno vasco “traslada a la ciudadanía su honda preocupación por el impacto y la convulsión que algunas
    decisiones judiciales tienen en la vida política y social de Euskadi”, para agregar que convencidos “de que el respeto y acatamiento de las decisiones judiciales no implica silencio ni cobertura incondicional a su contenido, reiteramos nuestra alarma por el efecto de dichas decisiones en el ejercicio de derechos fundamentales.” ¡¡Tóma ya!!! ¿Y son ellos los que hablan sin pudor de derechos fundamentales? ¿Y cuáles son los de quienes viven amedrentados por el miedo a expresar democráticamente su postura, o los de quienes acaban bajo tierra porque unos canallas sin escrúpulos lejos ya de causas, que a estas alturas no las cree nadie, quieren seguir rentabilizando el terror?
    La violencia siempre engendró nada más que violencia. Aunque sin justificarla pudiéramos entender que en tiempos en los que no existía la libertad de expresión a través de las urnas era la única, que no digo que adecuada, salida para defender una causa, desde hace ya mucho tiempo nada puede defenderla. Y lo peor, lo que más me descorazona, es que no sólo la violencia no cesa, sino que pretenden engañarnos utilizando términos tan sagrados como “derecho fundamental” para crear confusión y quizás convencernos de que los “malos”, son buenos.

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