Hay ratón

Fernando Marcet Manrique

Si existe un experimento científico que todos debiéramos conocer, yo me quedaría sin ninguna duda con el experimento de Milgram, ejemplo clarificador de cuan frágil es el sentimiento de empatía en los humanos. No voy a extenderme demasiado en su descripción –en el siguiente enlace encontrarán una explicación detallada– pero haré un breve resumen.

Se trataba de reclutar a una serie de voluntarios para un experimento supuestamente concerniente a la relación entre castigo y aprendizaje. No sabían estos voluntarios que el experimento era de muy distinta índole. En habitaciones separadas por un cristal transparente los voluntarios, ejerciendo de “maestros”, habían de infligir descargas eléctricas a los alumnos cuando éstos fallaran una sucesión de preguntas. Los alumnos en realidad eran actores que simulaban el dolor por las descargas y el experimento consistía en saber hasta qué punto los voluntarios “maestros” serían capaces de llegar, qué descarga se atreverían a aplicar sobre los alumnos si la autoridad de los científicos les exigía continuar.

Los mismos investigadores quedaron completamente sorprendidos por los resultados. Ellos esperaban que sólo unos pocos individuos, tal vez los de tendencias más psicópatas, llegaran a atreverse a aplicar descargas de más de doscientos voltios. Pero la realidad fue que casi todos superaron ese valor. Y más del sesenta por ciento llegó a los cuatrocientos voltios, suficientes para matar a una persona. Más del sesenta por ciento de personas escogidas al azar. No hablamos, pues, de presidiarios ni violadores. Ciudadanos modelo como ustedes y como yo fueron, por un día, asesinos implacables sencillamente porque un científico les ordenaba continuar con el experimento. Y tampoco cabe recurrir a la excusa de la nacionalidad de los experimentados. Porque dicho ensayo se hizo con posterioridad en países muy distintos con resultados casi idénticos.

Las conclusiones son obvias. La gran mayoría de nosotros está dispuesta a matar al prójimo o al menos infligirle considerable daño si una autoridad nos lo exige o si nosotros mismos nos sentimos poseedores de cierta autoridad. Vemos los noticiarios y, ante los atentados terroristas o las noticias de asesinatos, nos miramos los unos a los otros preguntándonos de qué clase de infierno han podido salir esos monstruos, sin imaginar que el monstruo lo llevamos cada uno dentro de nuestra piel, y no precisamente muy profundamente.

Sin irnos a extremos tan radicales, podemos encontrar miles de ejemplos de esto en nuestro día a día y aquí al ladito. Empleados y empleadas que se traicionan los unos a los otros cuando el jefe o la jefa les pone ante una tesitura. Trabajadores incapaces de denunciar faltas flagrantes a sus derechos, como colocar cámaras delante de sus narices grabando constantemente –existe una regulación legal al respecto– o tener que soportar los mismos sueldos cinco o diez años seguidos, trabajando además horas extras no renumeradas. Todo es parte del mismo problema. El miedo que nos es inherente y que nos impide enfrentarnos a la autoridad. Lo llevamos en los genes, sentimos verdadero pánico ante las figuras autoritarias y somos capaces de hacer cualquier cosa que a ésta se le ocurra exigirnos. Asimismo, cuando nosotros mismos nos convertimos en “la autoridad” no dudamos un instante en aprovecharnos del daño que podemos hacer. Pagar más a mis empleados no sería ningún problema, pues el dinero no es algo que precisamente me falte, pero no lo hago porque siento cierto regusto placentero sabiendo que lo pasan mal. No es eso lo que yo me digo, por supuesto, me justificaré a mí mismo de cualquier manera, pero en el fondo es justo esto lo que subyace. Hacer daño nos hace sentirnos poderosos, y ése es un sentimiento que engancha. Por eso, encima de pagarles verdaderas miserias, les pongo cámaras que observo sádicamente minuto tras minuto. Por eso les “invito” a pasar más horas de las que les corresponden. Por eso incentivo el enfrentamiento entre ellos hasta que no pueden más. Todo forma parte de la misma basura. Y ninguno de nosotros está libre de ella. Ni los que la sufren, ni los que circunstancialmente la ocasionan.

Publicado el 26 de enero de 2007 en la sección 'Política'.

5 Comentarios

  1. 9:07 | 26 enero 2007 | Permalink

    Cual alado roedor me elevo nuevamente. Somos ojos cautivos, inmunes al sufrimiento.

  2. 9:24 | 26 enero 2007 | Permalink

    Me quedo con este párrafo del enlace wikipédico:

    Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos (participantes) de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos (participantes), la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio — Stanley Milgram. The Perils of Obedience (Los peligros de la obediencia. 1974)

  3. 11:06 | 26 enero 2007 | Permalink

    El recurso al experimento de Milgran está muy bien, y debería servir de recordatorio a quienes siempre piensan que la culpa de todo es siempre del sistema, o de todo lo que hagan quienes no sean ricos, que estos sí que son de los que aprietan el botón. Pero si quien hace el mal es obrero, campesino, mujer, homosexual, negro o habitante del Tercer Mundo, entonces la culpa es del sistema. Parece que no, que también los hay capaces de darle al mando de la electricidad.

  4. 11:50 | 26 enero 2007 | Permalink

    No sé si en el caso de poder realizarse hoy el mismo experimento los resultados serían muy diferentes, pero conviene tener presente, cuando se sacan ciertas conclusiones, que el realizado por Milgram tuvo lugar en 1961, y me da que desde entonces la “autoridad” de todo tipo se ha visto muy contestada. Tampoco conviene olvidar que –al menos así lo he leído en varias ocasiones– los sujetos a quienes se presionaba para aumentar el voltaje de las descargas habían sido previamente aleccionados sobre la importancia y trascendencia del experimento, lo que junto a la obediencia a la autoridad introduce el factor de la correlación entre fines y medios.

    No pretendo con lo anterior invalidad los resultados de este experimento, pues no dudo de que en situaciones de extrema presión, muchos seremos capaces de comportarnos con crueldad. Sin embargo, en mi opinión, la reflexión a la que deberíamos llegar con estos datos no es que ninguno de nosotros estemos libres de basura, sino que es importante actuar para que el contexto no nos empuje a actuar como si lo fuésemos.

    Desde luego, esta conclusión desalentará a los redentores políticos, que prefieren creer en la posibilidad de cambiar la naturaleza de las personas antes que la de sus circunstancias. Y esto no quiere decir que no tengamos responsabilidad sobre las mismas.

  5. 18:41 | 26 enero 2007 | Permalink

    El que tenga interés sobre el tema puede leer lo que escribe sobre el mismo Ana Muñoz, psicóloga, directora de Cepvi.com, una pagina web sobre psicología, y esta es la dirección del artículo, http://www.cepvi.com/articulos/obediencia.htm Para que vean que no es tan fiero el ser humano ¿o sí?

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