Jorge Marsá
Una vez acordado que más ricos somos, la pregunta de Miguél Hernández era: “¿pero somos más felices?, ¿estamos más satisfechos?”. Y entonces nos asalta la duda de si se puede medir la felicidad de las personas, de si se pueden comparar, como se preguntaba él, las condiciones de vida del pasado con las del presente. En suma, si hay datos que justifiquen la valoración o todo es relativo.
Datos hay. Por haber, hay quien habla ya de una ciencia de la felicidad y de que ésta puede ser estimada con una cierta objetividad: Richard Layard, La felicidad. Lecciones de una nueva ciencia. Y a quien se pone a estudiar la cuestión, pocas dudas le caben de que el dinero sí proporciona felicidad, que ser pobre tiene pocas ventajas. No obstante, la mejora de nuestra calidad de vida va mucho más allá de las nuevas posibilidades de consumir objetos. Busquemos algunos ejemplos no monetarios sobre los que sostener la afirmación de que nuestra vida es hoy incomparablemente mejor que la de nuestros antecesores.
Para empezar, resulta obligado hablar de la propia vida: desde 1950, por cada cuatro años transcurridos hemos ganado uno de vida. Es seguro que la mayoría considera un indudable progreso vivir hoy entre 15 y 20 años más de lo que vivían nuestros abuelos.
Con mayor razón cuando esa vida transcurre en condiciones notablemente más saludables que antes. Los avances de la medicina y la expansión de los sistemas públicos de salud han contribuido decisivamente a incrementar nuestra calidad de vida. Quizá valdría con pensar cómo afecta a nuestra felicidad el sufrimiento que acarrea un simple dolor de muelas contra el que tan poco se podía hacer tiempo atrás, por hablar sólo de lo que hoy consideramos una cuestión menor.
Parece razonable pensar que una vida digna requiere de seguridad para vivirla. Y la seguridad de los europeos (salvo en la antigua Yugoslavia durante unos años) se ha incrementado sobremanera. No sólo porque asistamos al más largo período de la historia sin guerras en Europa y porque la seguridad ciudadana sea hoy notablemente superior a la del pasado, sino porque la red de seguridad que ha proporcionado a los europeos el Estado del bienestar era inimaginable hasta hace no mucho tiempo: seguro de desempleo, jubilación, atención a la dependencia o a la tercera edad, etc. Seguridad que, sin duda, colabora a que las personas sean o puedan ser más felices.
La influencia de la cultura y la educación sobre la felicidad es posiblemente menos clara de lo que algunos piensan, pero de todas formas estaremos de acuerdo en que el avance en este terreno ha sido de consideración, y en que una vida se tiene por más digna cuando se dispone de mayores conocimientos y herramientas para afrontarla. Se puede poner en cuestión la calidad de nuestro sistema educativo, pero la comparación con tiempos pasados, cuando el analfabetismo y la desinformación eran generalizados, resulta superflua.
Los avances en las libertades de las que disfrutamos tampoco parece que puedan discutirse. Y si la libertad política puede proporcionar más o menos felicidad, desde luego que otras han contribuido a hacer nuestra vida bastante más estimulante. A nadie se le ocurriría cuestionar las ventajas de la liberación de tantas costumbres que constreñían las vidas de nuestros antepasados, y entre las que la liberación sexual ocupa un lugar nada despreciable a la hora de apostar por lo nuevo frente a lo viejo. Es cierto que el incremento de la libertad para elegir estilos de vida viene acompañado a veces por “el miedo a la libertad”, pero no creo que podamos añorar la vida prácticamente predeterminada de los obreros y campesinos de antaño.
Y cuando hablamos de una vida mejor, resulta pertinente establecer diferencias por género: si ha mejorado la de los hombres, qué decir de la de las mujeres. Es posible hoy referirse a los excesos de atención para con los niños, pero resulta difícil negar que la infancia es en la actualidad una época más feliz que en tiempos pasados. Si tener la piel negra es actualmene un problema en muchos lugares de Europa, ni comparación con lo que era hace medio siglo. Si no se ha terminado de conseguir eliminar del todo la discriminación de una persona por su condición de homosexual, tiempo atrás su vida era un auténtico infierno. Si hablamos hoy de las dificultades de los discapacitados, ayer el problema no encontraba siquiera un hueco en la agenda pública. Resulta difícil negar que las conquistas sociales de muchos grupos sometidos a discriminación durante tanto tiempo han contribuido decisivamente a mejorar sus vidas.
Otro componente importante para una vida plena es la disposición de tiempo para el ocio y que existan posibilidades para disfrutarlo. Hasta 1950, las vacaciones pagadas no eran muy frecuentes en Europa, y raramente sobrepasaban las dos semanas al año. La disminución de la jornada laboral y el aumento de las vacaciones en este medio siglo han sido realmente importantes. Y por mucho que algunos desprecien los mecanismos más habituales del ocio, y al margen del uso que cada persona haga de ellos, lo cierto es que parece mucho mejor una vida que transcurre en una casa en la que se disfruta de televisión, aparato de música, ordenador personal, Internet, videoconsola, etc., que aquella en la que la radio era la máxima distracción a la que podían aspirar la mayoría de las familias en su casa.
No es cuestión de alargarse innecesariamente con los ejemplos, porque creo que son suficientes para avalar la opinión de que, en efecto, hoy se vive en general mucho mejor que antes y que la gente puede ser en la actualidad bastante más feliz que en el pasado. Es verdad lo que escribía Miguel Hernández: “es posible que este mundo no sea el mejor de los posibles”. Es seguro; tanto como que este mundo es el mejor de los que hasta la fecha hemos conocido. Y aunque quede mucho que mejorar, me reafirmo en lo que más que una opinión me parece un hecho: cualquier tiempo pasado fue peor, especialmente para los sectores menos favorecidos de la sociedad.
digo yo
13:51 | 22 Diciembre 2006 | Permalink
digo yo que las dos partes forman una artículo fantástico que desmonta toda el rollo llorón. un gustazo
uno mas
15:35 | 22 Diciembre 2006 | Permalink
Tan fantástico que solo le falta terminar diciendo VIVA EL CAPITALISMO
Antonio Suárez
11:44 | 23 Diciembre 2006 | Permalink
VAle que antes eramos más pobres, pero también eramos más solidarios con los nuestros porque eramos menos individualistas y yo no veo que el individualismo y el dinero den mucha felicidad. Aunque nosotros tengamos más dinero sabemos que en otros países viven mucho peor y no se puede ser feliz cuando sabes que otros seres humanos están muriendo para que nosotros tengamos ese dinero, porque no es verdad lo que dice Marsá de que en todos los sitios menos en África se viva mejor que antes, se ha olvidado de los pobres de Sudamerica y de Asia. Pero creo que lo más importante no es decir que vivimos mejor sino esforzarse en denunciar lo que funciona mal para que podamos solucionarlo.
Simón
11:56 | 23 Diciembre 2006 | Permalink
¿Más solidarios Antonio? No creo. En todo caso, también, menos cultos, menos libres, menos saludables, menos viajados, menos informados, menos posibilitados, menos, menos y menos.
Fernando Marcet
19:21 | 23 Diciembre 2006 | Permalink
Dado que Miguel Hernández parece haberse retirado de la contienda, me dispongo yo a recoger su testigo, sin ánimo de disputa exagerada, pero tampoco dispuesto a dejar morir el debate porque sí.
Supongo que esta es la forma utilizada por Jorge para henchir nuestro espíritu navideño. Decirnos que cualquier tiempo pasado fue peor. Y la verdad es que no me apetece demasiado ser yo quien se empeñe en destruir esta percepción de las cosas. Pero con todo, y aun estando de acuerdo respecto a que en términos generales la evolución humana, si la contemplamos desde sus orígenes, ha ido sobrepasando barreras que nos han permitido ganar en bienestar, educación, salud, etc, etc… estoy con Hernández en que nada de todo esto es garante de una vida más satisfactoria. Si la felicidad puede medirse de alguna forma sólo puede ser de una… comparando. Comparamos nuestro estado actual con un estado anterior, comparamos nuestra situación con la situación de los demás. El resultante de esa comparación es nuestra felicidad. ¿Quién es más feliz, un niño al que teniendo cinco caramelos le arrebatan dos u otro al que no teniendo ninguno le dan dos? En términos absolutos el que tenía cinco y ahora tres sigue poseyendo más caramelos que el que sólo tiene dos… sin embargo, apuesto lo que quieran que el nivel de satisfacción del que menos tiene será mucho mayor el nivel de satisfacción del otro.
Hemos repleto nuestras vidas de caramelos que no necesitamos, y nos sentimos tremendamente desgraciados por chorradas que no deberían tener mayor importancia. Alguien nos critica en un artículo y pretendemos ir a juicio, alguien nos toca el coche y le llamamos de todo, alguien se nos cuela en la fila del supermercado y casi nos liamos a tortas… cada vez tenemos más de todo, supuestamente deberíamos ser más felices que nunca, pero lo único que estamos consiguiendo es poner cada vez más alto el listón de la felicidad. Cuanto más caramelos tengamos más difícil será que podamos aspirar a más, y más sencillo será que los perdamos. La felicidad requiere altibajos, requiere momentos malos, obstáculos que superar… nada como pasar frío y hambre una temporada como para saber apreciar las pequeñas cosas de la vida… nada como tenerlo todo para ser unos niñatos insatisfechos el resto de nuestra existencia.
Estas navidades los padres han comprado más regalos que el año anterior, y menos que el año que viene. ¿Es eso señal de que los niños son más felices cada año que pasa? Mis navidades más gratas, esas de las que tengo mejor recuerdo, no fueron precisamente aquellas en las que más regalos tuve, pero entonces no lo sabía. Hay un montón de cosas que nos estamos perdiendo… cosas pequeñas, y ninguna de ellas fabricadas por manos humanas. Desde que una vez decidimos ponernos ropa para abrigarnos del frío ya no hemos hecho otra cosa que crear barreras entre la naturaleza y nosotros. De ahí han surgido ingenios buenos y otros no tanto, pero lo que está claro es que ni aunque consiguiéramos construir la burbuja más irrompible, más segura y más perfecta, estaríamos mejor dentro de ella que fuera. El mito de la seguridad es una gran patraña que en realidad no necesitamos para nada. La seguridad absoluta y la muerte son conceptos que se parecen mucho, ambos tienen la certidumbre y la quietud por bandera. De hecho encuentro gran parecido entre las empresas aseguradoras y las funerarias.
Aun hay otra cosa. Las últimas generaciones estamos siendo conejillos de indias de muchos inventos. Todas las generaciones lo son, pero no cabe duda de que los adelantos tecnológicos de las últimas décadas no tienen parangón con ninguna otra época. No sabemos a ciencia cierta qué clase de daños nos puede hacer el uso diario del teléfono móvil, la ubicación de antenas por todos lados, el consumo de productos químicos hasta hace poco inexistentes. Sólo el futuro nos dirá si todo eso no estará jodiéndonos mucho más de lo que imaginamos. Dentro de veinte año les diré si Jorge tenía razón.
Jorge Marsá
11:07 | 26 Diciembre 2006 | Permalink
No me parece mal el ejemplo de los caramelos. Pero lo que no cuela es la cantidad: “¿Quién es más feliz, un niño al que teniendo cinco caramelos le arrebatan dos u otro al que no teniendo ninguno le dan dos?”.
Para que el ejemplo ilustrara la realidad del cambio producido en el último medio siglo tendría que ser algo así: ¿quién es más feliz, un niño que teniendo veinticinco caramelos le arrebatan cinco u otro al que no teniendo ninguno le dan dos? Porque la diferencia entre 2 y 20 se acerca mucho más a la diferencia entre lo que poseían nuestros abuelos y lo que poseemos nosotros que la que el ejemplo sitúa entre 2 y 3.
La Opinión de Lanzarote » ¿Libres o felices?
8:52 | 11 Enero 2007 | Permalink
[...] Este blog se despidió de 2.006 con algo de debate acerca del grado de felicidad de nuestros contemporáneos versus el de nuestros antepasados. Por mi parte, me parece evidente que las condiciones actuales son inmensamente más propicias para ser felices que las que padecían los que nos antecedieron. [...]