Mejor que ayer (I)

Jorge Marsá

El miércoles escribía que, como en todas las sociedades ricas, “también en Lanzarote, cualquier tiempo pasado fue peor”. Pero a pesar de tantas historias, memorias y obsesiones con la tradición, parece que nos cueste entender incluso el pasado más cercano, y hay quien manifiesta sus dudas sobre que se haya producido una mejoría generalizada en nuestras condiciones de vida. El comentario de Miguel Hernández era una muestra de esas dudas:

¿Cualquier tiempo pasado fue peor? Hasta cierto punto y dependiendo de a quiénes cojamos como ejemplo. Desde luego, para quienes hoy día viven en casas terreras rodeados de todos los lujos imaginables, sin problemas para llegar a fin de mes, etc, etc, seguramente para estos, nunca el ser humano ha vivido tan bien como actualmente. Pero para otros muchos, ahogados por una hipoteca para pagar una casa de paredes de papel, teniendo que tirar de arroz y espaguettis porque la cesta de la compra no da pa más… para esos es posible que este mundo no sea el mejor de los posibles, y probablemente añoren otros tiempos en los que las cosas eran más sencillas.

Con la información de la que disponemos, creo que debe considerarse un hecho que en el último medio siglo se ha producido una mejora de las condiciones de vida de la población en todos los lugares del planeta salvo en una parte importante del continente africano. Pero en nuestro entorno económico y político ese progreso ha sido realmente espectacular. Coincido con la valoración que también el miércoles hacía Denis Macshane en el diario El País: “los mejores 50 años de Europa en sus 2.500 años de existencia”.

No creo que sea necesario proporcionar los datos que justifican calificar de extraordinario el crecimiento económico de las sociedades de la Europa occidental desde 1950. Pero quizá sí resaltar que, al contrario de lo que piensa Miguel Hernández, la principal característica de esa transformación económica y social reside en que benefició claramente a la gran mayoría de la población, que sus efectos no se restringieron como ocurría hasta entonces a los sectores más favorecidos de la sociedad.

Baste decir que hasta 1950, la inmensa mayoría de los europeos desconocían lo que hoy denominamos el fenómeno del consumo. Los ingresos de la generalidad de la población apenas alcanzaban para sobrevivir, para sufragar las necesidades más elementales, y a ellas se dedicaban casi por entero. A partir de ese momento, todo cambió a ritmo vertiginoso. Pocas dudas caben de que, pese a las desigualdades existentes, la gran mayoría de los europeos consumen hoy con fruición todo tipo de bienes. En resumen, cualquier europeo de clase media o baja que viviera antes de 1950 tacharía de opulenta la vida que llevan hoy la mayoría de los ciudadanos del Occidente europeo, incluidos los que a esas clases pertenecen. Y lo mismo haría, y podemos retrasar un poco la fecha, cualquier español, canario o lanzaroteño de la época.

Otra cosa es que haya quien piense que esa fruición por el consumo resulta poco edificante. Ya en la década de los cincuenta del pasado siglo se escuchaban las voces de un sector de la élite intelectual denunciando la perversa americanización de las alienadas masas europeas. Si alienadas estaban las masas, alienadas siguen; porque la apuesta de la mayoría de la población no dejó lugar a dudas: el mismo caso hicieron a esa élite, que desde luego nada tenía de pobre, que hacen hoy a los consumidores de la diferencia que les ponen en guardia ante los peligros del consumo, ninguno.

Y desde esa perspectiva me pareció que lo planteaba ayer Miguel Hernández en segundo turno: “¿pero somos más felices?, ¿estamos más satisfechos?”. Sí, hay quien piensa que el dinero no da la felicidad. ¿Pero ha sido sólo dinero lo obtenido?

Publicado el 22 de diciembre de 2006 a las 11:23 am en 'Sociedad'.

18 Comentarios

  1. 11:56 | 22 diciembre 2006 | Permalink

    Mejor que a mi abuelo es verdad que me va, pero no soy conformista… quiero más. Y por querer más y por no tenerlo, pues sufro de una angustia que no me hace muy feliz, mientras que mi abuelo ni se planteaba el problema: era pobre, pero como no podía ser otra cosa, tan feliz el hombre. ¡Qué tiempos aquellos!

  2. 10:25 | 27 diciembre 2006 | Permalink

    Artículo publicado en La Voz de Galicia sobre el “proceso”:

    El cuento de la lechera y el cántaro de la paz

    Roberto L. Blanco Valdés

    Tras muchos meses de contactos indirectos con ETA y Batasuna, Zapatero llegó un día a la conclusión de que los terroristas habían decidido disolverse a cambio de un buen trato para sus presos y fugados.

    El presidente del Gobierno hizo entonces aprobar una moción en el Congreso –la de 17 de mayo del año 2005– que transparentaba sus planes para lo que llamó «un final dialogado de la violencia terrorista». ETA anunciaría la irreversibilidad de la tregua permanente y Batasuna, libre de su tutela, pasaría a legalizarse por la ventanilla del Ministerio de Interior. Cumplida esa indispensable condición –el final del terrorismo– el Gobierno y ETA hablarían del futuro de los terroristas y los partidos vascos negociarían un nuevo Estatuto que no podría presentarse como fruto del chantaje, pues ETA habría ya desaparecido para nunca más volver.

    Aunque, desde el principio, Zapatero proclamó que el proceso sería largo, duro y difícil, la alegría de su rostro y el desparpajo con el que decidió, sin dudarlo ni un minuto, prescindir del apoyo del PP, traicionaban sus palabras e indicaban bien a las claras que el líder del PSOE estaba convencido de que la victoria sobre ETA estaba hecha y de que, en tal situación, nada ganaba regalando al adversario parte de un éxito cantado.

    Obviamente, el gobierno construyó un discurso que resultaba coherente con sus planes: no se hablaría con ETA mientras no proclamase su decisión de abandonar, la política vendría después del final de la violencia y para hacerla sería necesario cumplir con las exigencias de las leyes.

    Ahora sabemos que el Gobierno erró en sus presunciones de partida –quizá por el optimismo antropológico de su presidente–, pues nada ha salido como se había planeado: ETA no ha abandonado la violencia, sino que la patrocina y se rearma; Batasuna no se ha legalizado, ni se ha desvinculado de ETA, ni ha condenado ni un sólo acto de violencia callejera; y ambas, que son la misma cosa, han dejado claro que toda negociación pasa por discutir de la anexión de Navarra y la autodeterminación, es decir, de lo de siempre.

    Esa situación ha llevado al Gobierno no sólo a violentar sin rubor todos sus planes –se está hablando con ETA sin un anuncio de abandono irreversible, se está hablando de política antes del final de la violencia y se planea, al parecer, legalizar a Batasuna sin que rompa con ETA o ETA se disuelva– sino a hacerlo manteniendo el mismo discurso que planeó cuando creyó estar en condiciones de cumplirlo. Lo primero supone una violación de lo acordado en el Congreso. Lo segundo, una deliberada decisión de engañar a la ciudadanía.

  3. 11:42 | 29 diciembre 2006 | Permalink

    Editorial de hoy de El Mundo:

    LAS HIPOTECAS NACIONALISTAS PONEN EN EVIDENCIA A ZAPATERO

    Zapatero siempre ha confiado en que podría manejar a sus socios nacionalistas y lograr su apoyo hasta el final de la legislatura a cambio de concesiones más retóricas que reales. Pero la estrategia le está saliendo rematadamente mal a juzgar por la escalada de reivindicaciones que parten de Cataluña y Galicia, las dos comunidades en las que gobierna con partidos nacionalistas de signo radical como son ERC y BNG.

    Nuestro periódico informaba ayer de la amenaza de un recurso de inconstitucionalidad por parte del Gobierno de Montilla contra un decreto del Ministerio de Educación que aumenta el número de horas de enseñanza del castellano en Cataluña. EL MUNDO publica hoy que la Xunta de Galicia amenaza con expedientar a los profesores que escriban en castellano a partir del próximo curso la programación de su asignatura.

    La Xunta se ampara en un lamentable decreto aprobado por Manuel Fraga en 1997 en el que se establecía que «las actuaciones administrativas de régimen interno de los centros docentes se redactarán con carácter general en gallego».

    Como la norma habla del «carácter general» del gallego, se había interpretado hasta ahora que cabían las excepciones, o sea, que se podía emplear el castellano. Pero la consejera de Educación del Gobierno que preside el socialista Emilio Pérez Touriño ha decidido cambiar la interpretación y pretende obligar a todos los docentes a expresarse en gallego bajo amenaza de suspensión de empleo o de traslado.

    Lo que está sucediendo en estas dos comunidades no es una casualidad ni es el fruto de una enajenación pasajera. Es el comienzo de una larga serie de conflictos y exigencias que no han hecho más que comenzar. Ayer mismo, Montilla y los partidos nacionalistas catalanes demandaban a Zapatero que cumpla su compromiso de aplicar el nuevo sistema de financiación autonómica en 2008, invocando lo pactado en el Estatuto frente al criterio dilatorio de Solbes. Pero detrás vienen las reivindicaciones de la puesta en marcha de las comisiones bilaterales, de la gestión del aeropuerto de El Prat, de la delimitación de competencias, de la creación de la futura Agencia Tributaria, de las funciones del Tribunal Superior de Cataluña y de la reforma de 30 leyes estatales que hay que adaptar al Estatuto.

    Hipoteca tras hipoteca, el dilema que se le va a plantear a Zapatero en su último año de legislatura es si está dispuesto a ceder a este permanente chantaje al que le van a someter los nacionalistas u opta por los principios de cohesión y solidaridad que siempre ha mantenido el PSOE y que le han proporcionado un amplio respaldo electoral en las comunidades donde no existe ese nacionalismo. Pues claro, para ello, tendrá que incumplir lo pactado e incluso lo legislado.

    Zapatero está atrapado en este dilema porque no puede contentar a todo el mundo. Cada vez le será más difícil preservar el equilibrio entre un nacionalismo insaciable y la defensa de los intereses generales del Estado. Lo que estamos viendo estos días es la aceleración de la dinámica que él mismo ha creado al apoyar el Estatuto catalán y al alentar las desorbitadas exigencias de sus socios nacionalistas.

  4. 20:13 | 30 diciembre 2006 | Permalink

    Una banda terrorista y un gobierno estúpido

    Carlos Martínez Gorriarán

    [Basta Ya, 30 de diciembre de 2006]

    Seguramente habrá buena gente que se haya sorprendido por el salvaje bombazo de hoy, con el que ETA casi derriba la flamante terminal T-4, pero el gobierno de Zapatero no tiene ningún derecho a la sorpresa ni a mostrarse decepcionado por un atentado que no sólo acaba definitivamente con las ilusiones del “alto el fuego” de los terroristas, sino que, sobre todo, era un suceso previsto y razonablemente explicado por muchos de nosotros. Sin embargo, es un hecho que ETA ha sorprendido al gobierno; según Rubalcaba, no podían calcular que esto pudiera ocurrir. Y en efecto, de otra manera no se comprende la rueda de prensa del presidente Zapatero del día 29, con su infame equívoco entre atentados y “accidentes mortales”, ni tampoco la sucesión de disparatadas exculpaciones de ETA de Mezquida –la banda no se está rearmando- y Rubalcaba –el zulo lleno de explosivos es sólo un “proyecto”. Ya sería escandaloso si ambos fueran sólo políticos sin cargo, pero es que semejantes dislates vienen del jefe de las fuerzas de orden público y de su superior, el ministro del interior (¿por cuánto tiempo?)

    Así pues, es indudable que el atentado no sólo ha cogido al gobierno a contrapié, sino que ETA ha sabido jugar con lo que sólo cabe calificar, en buen castellano, como la insondable estupidez gubernamental, empeñado en que la banda y Batasuna eran algo distinto a los que todos sabemos que son: terroristas. La banda ha escogido el día siguiente de la triunfalista enésima proclama de Zapatero sobre la buena marcha del “proceso” no sólo para volarlo, sino para poner en ridículo al gobierno. Otro pronóstico desdichado. Han sido Zapatero, sus personas de confianza y el poderoso y extenso círculo de sus turiferarios –una facción de la clase mediática no menos inepta que su correspondiente política- quienes se han empeñado en luchar contra los hechos evidentes antes que contra los terroristas, en llamar “enemigos de la paz” (y amigos a tipos como De Juana Chaos) a quienes advertían de los errores y pedían, por lo menos, un poco de sensatez. Pero si un comando etarra se ha colado en Madrid con un furgoneta llena de explosivos es porque el gobierno estaba convencido de que tal eventualidad era imposible, pues habrían verificado la voluntad de continuar el proceso de “la otra parte”. La mendacidad del lenguaje ha sido perfectamente proporcionada a su desprecio del pensamiento racional y el sentido común.

    Al gobierno sólo le quedan dos caminos. Uno, empeñarse en que sólo ha sido un accidente y que el proceso debe continuar porque es una oportunidad histórica; se invocarán al respecto “accidentes” comparables en la larga negociación entre el IRA y los británicos. Al fin y al cabo, parece que –a falta de conocer qué ha sido de un desaparecido- nadie ha muerto, y si hubiera muerto quizás podría considerarse una víctima accidental. El otro camino consiste en tirar la toalla en su inútil pugna contra la realidad, abandonar la propaganda sedante y volver a la política del pacto antiterrorista, en su integridad. Altamente improbable, porque implicaría dar por fracasado casi todo lo hecho por el gobierno y el PSOE en los últimos años. Y porque a estas alturas, ¿quién puede creerse que Zapatero y sus huestes puedan liderar esa estrategia? Rubalcaba se ha limitado a condenar los hechos, a mostrarse engañado y a anunciar que “diálogo y violencia son incompatibles en la democracia”. Pero eso ya nos la había dicho en cada “accidente” anterior, de la invasión de Aritxulegi al robo de las 300 pistolas, pasando por la voluntariosa ignorancia de la extorsión y la kale borroka. Es decir, que las cosas seguirán igual si nadie lo remedia. Sin duda, 2007 va a ser un año muy penoso.

  5. 19:53 | 30 diciembre 2006 | Permalink

    El País trás la declaración de Pérez Rubalcaba: “El ministro no ha ocultado su sorpresa por el atentado, al asegurar que ni él ‘ni nadie podía imaginar que se pudiera producir este atentado hoy porque las pautas y las reglas son las que son”.

    Titular de la edición impresa de El País de hoy: “El 64% de los vascos teme que ETA rompa el alto el fuego”.

    Comparecencia del presidente del Gobierno: “El Gobierno considera que no se cumplen las condiciones de la resolución que aprobó el Parlamento en 2005, que pasa por que los terroristas y quienes les representan muestren una voluntad inequívoca de abandono de la violencia; hasta que esto no se produzca, no habrá ninguna aproximación al diálogo”.

    Ni se cumplen hoy ni se han cumplido nunca. ETA y Batasuna en ningún momento declararon su “voluntad inequívoca de abandono de la violencia”. Se limitaron a declarar un alto el fuego, esto es, una medida provisional, en espera de la negociación, de que se les concediera el precio político que exigían para abandonar la violencia. Y durante todo este tiempo han dejado meridianamente claro que esa era su postura, que sólo se produciría “una voluntad inequívoca de abandono de la violencia” a cambio del derecho a la autodeterminación y Navarra. Otra cosa es lo que pudieran o quisieran imaginarse Zapatero y Rubalcaba para contravenir la declaración del Congreso.

  6. 0:04 | 31 diciembre 2006 | Permalink

    Las víctimas son más de dos

    Victoria Prego

    [Blog de El Mundo, 30 de diciembre de 2006]

    No solamente están los dos desaparecidos a los que incluso fuentes oficiales ya dan por muertos. (Ojalá, de todos modos, que la próxima noticia en torno a este atentado sea la del hallazgo con vida de estas dos personas)

    Pero hay otra víctima del atentado que ha resultado entraordinariamente dañada por la explosión: José Luis Rodríguez Zapatero.

    Porque ha sido él quien ha asumido en solitario la gestión de este peliagudo e incierto proceso. Ha sido él quien ha manejado los hilos y la información.

    Porque ha sido él quien se ha dirigido una y otra vez a los ciudadanos para transmitirles, contra viento y marea, contra toda evidencia, un optimismo que no se veía refrendado por los hechos.

    Porque ha sido él quien ha reclamado confianza plena, casi ciega, en su manera de ver y de hacer las cosas.

    Porque ha sido él quien ayer mismo, el penúltimo día del año, convirtió las conversaciones con ETA para el final del terrorismo en el asunto protagonista, a gran distancia sobre los demás, de toda su gestión.

    Porque ha sido él quien ha dicho eso de que “los ciudadanos le juzgarán por este asunto”. Lo dijo ayer sin ir más lejos. Y porque fué él quien nos explicó que las cosas estaban mejorando y que iban a mejorar aún más.

    Primera y gravísima conclusión: el presidente no se entera de lo que pasa. Ni sabe lo que piensa ETA, ni sabe lo que planea, ni sabe si lo que le dicen es la verdad o le están engañando como a un chino.

    Segunda e indignante conclusión: ETA ha querido humillar públicamente al presidente del Gobierno, que es lo mismo que humillarnos a todos los españoles.

    No puede interpretarse de otra manera un atentado de esa violencia, con esa cantidad formidable de explosivo, destinada a hundir literalmente un lugar emblemático del país, de su avance y de su modernidad.

    Ni la fecha elegida: el final de año.

    La explosión de esta mañana ha sonado como una espantosa carcajada en los oídos de Zapatero. Le han engañado y han querido que se supiera que le habían engañado.

    Es una burla además de un crimen. Por eso digo que las víctimas de este atentado terrorista son más de dos.

  7. 9:21 | 31 diciembre 2006 | Permalink

    Que rompan ellos

    José María Ridao

    [El País, 31 de diciembre de 2006]

    El alto el fuego declarado por los terroristas en el mes de marzo no sirvió para unir a los demócratas. La gran pregunta que ninguna fuerza política puede ni debe eludir es si el regreso de la violencia logrará recomponer el consenso. La derrota de los terroristas no será posible, ni por la vía del diálogo ni por ninguna otra, si los partidos democráticos no recuerdan una evidencia irresponsablemente emborronada durante los últimos tiempos: la única línea decisiva, la única frontera que ningún demócrata está autorizado a franquear, es la que separa a quienes recurren al asesinato y a los que no. Incluso, aunque entre estos últimos se disienta, incluso aunque quien tiene las responsabilidades de gobierno llegara a equivocarse. La bomba que estalló ayer en el aeropuerto de Barajas y que, según la información de la que se dispone hasta esta hora, podría haber costado la vida a dos ciudadanos, ha demostrado dos cosas. Que el Gobierno no tenía razón al transmitir un infundado optimismo sobre el final de ETA y que la oposición mentía al decir que el Estado se había rendido ante los terroristas.

    Si ETA llevaba tres años sin matar no era porque le faltase la voluntad para hacerlo llegado el caso. La suerte en unas ocasiones, y la tarea de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en otras, lo habían impedido hasta ayer mismo. Extraer consecuencias políticas de este hecho, como la de decir que nos encontrábamos ante la mejor oportunidad para acabar con ETA, era olvidar que la banda asesina no porque tenga argumentos para hacerlo, sino porque no conoce escrúpulos ni políticos ni morales para disponer de la vida ajena en función de sus propios fines. Si entendía que la mejor manera de perseguirlos era matar, mataba. Y si entendía lo contrario, declaraba lo que pomposamente llama un alto el fuego, que es la manera en la que los criminales se refieren a no cometer crímenes.

    En sus primeras reacciones tras el atentado, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero y el líder de la oposición, Mariano Rajoy, coincidieron en hablar de la supresión o de la suspensión del diálogo, no de la ruptura. Si no es fruto del azar, estamos ante un primer gesto de responsabilidad compartida que debería dar lugar a la reconstitución íntegra del consenso en materia antiterrorista. Con independencia del error o del acierto al iniciar el llamado proceso, lo que es verdad es que el mayor regalo que se le podría hacer a ETA en estos momentos es que sean los demócratas los que declaren la ruptura. Ésa es la relegitimación que desean, ese es el banderazo de salida que esperan para volver a cometer sus crímenes, amparándose en la excusa de que el Estado se niega a reconocer por las buenas lo que ellos llaman las aspiraciones del pueblo vasco, es decir, sus fantasías minoritarias y asesinas. Detener y no romper, ese es el camino. Pero no para continuar con ningún proceso, con ninguna mesa, sino para fortalecernos como demócratas, para estar en condiciones de afrontar unidos cualquier cosa que los terroristas hagan a partir de ahora, matar o declarar un alto el fuego.

    A la larga lista de sus atrocidades, hay que sumar hoy la de Barajas. Y aunque materialmente eso ya sea una ruptura, que no sigan hablándonos de ramas de olivo, que no sigan confundiendo: que también formal y explícitamente rompan ellos.

  8. 9:42 | 31 diciembre 2006 | Permalink

    ETA tiene la culpa

    Editorial

    [El País, 31 de diciembre de 2006]

    ETA reanudó ayer el único e intolerante discurso que ha exhibido en sus cuatro décadas de existencia: el terror. La furgoneta bomba que estalló en una de las plantas de la nueva terminal del aeropuerto madrileño de Barajas causó, por la información disponible al cierre de esta edición, dos desaparecidos, varios heridos leves y serios destrozos en las instalaciones, así como el caos más absoluto durante las horas que estuvo suspendido el tráfico aéreo. Con este atentado, la banda rompe el alto el fuego que anunció hace nueve meses, lo que obligó al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero a suspender cualquier iniciativa de diálogo con ella, en cumplimiento de la resolución aprobada en el Congreso el pasado mes de junio.

    Así lo anunció el propio presidente en una comparecencia pública en la que, además, consideró que la acción de ETA era “el paso más equivocado e inútil que han podido dar los terroristas”. La resolución del Congreso establecía como condición para cualquier diálogo la voluntad inequívoca de abandonar la violencia. La organización dejó ayer bien claro, con un atentado gravísimo -se emplearon unos 200 kilos de material explosivo- en uno de los lugares más emblemáticos de Madrid, que su camino es el del terror y el miedo. Se trata, una vez más, del reconocimiento de su impotencia.

    Lo sucedido ayer sólo tiene un culpable: ETA. Frente al anacronismo de un grupo de terroristas convencidos de que es posible fraguar su proyecto político sobre el dolor y la sangre, la democracia debe contraponer la unidad de todas las fuerzas democráticas, el apoyo de todas ellas al Gobierno en los momentos de mayor dificultad, la fortaleza de las instituciones y la firmeza del Estado frente a los violentos. Zapatero anunció ayer la busca y captura, para su entrega a la justicia, de los autores del atentado. No podía ser de otra manera.

    La dirección de la lucha antiterrorista es responsabilidad del Gobierno. A él, en particular a su presidente, corresponde decidir el camino a seguir. Para ello cuenta con el mandato del Parlamento. Lo peor que podría suceder en este momento es que las rencillas partidistas y el egoísmo de vuelo corto hicieran aún más fácil el objetivo de la banda de desgastar y debilitar el Ejecutivo.

    La acción de Barajas pilló desprevenido al Gobierno, según reconoció el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, y se produjo un día después de que el presidente Zapatero manifestara su optimismo por la marcha del proceso para el fin de ETA. No es descartable que algunos utilicen esta circunstancia como munición para el navajeo político, pero, pese a que la crítica a la labor de cualquier Gobierno es necesaria en los sistemas democráticos, no parece éste el momento más adecuado para reproches estériles.

    ETA ha modificado con este atentado su tradicional ritual de anunciar mediante un comunicado la ruptura de una tregua, como ya sucedió con las de 1989 y 1998. En esta ocasión, con la bomba de Barajas, la banda parece querer forzar al Gobierno hacia una ruptura del proceso para la paz que le permita librarse de culpas y justificar posteriores acciones violentas. De nuevo es una estrategia suicida e insensata. No sólo porque camina por encima del dolor de las víctimas y el terror de los ciudadanos, sino también por la frustración que provoca en la gente, incluida la izquierda abertzale, parte de la cual había depositado en este alto el fuego permanente fundadas esperanzas de alcanzar, en el plazo que fuera necesario, la paz que ansía este país.

    Desgraciadamente, Batasuna volvió ayer a decepcionar con un discurso alejado de la realidad. Su máximo dirigente, Arnaldo Otegi, se refugió en la solidaridad con las víctimas del atentado de Madrid y en una llamada al sosiego y a la responsabilidad para evitar la condena de lo sucedido. La falta de liderazgo en la formación abertzale, justo lo que más se necesit

  9. 10:03 | 31 diciembre 2006 | Permalink

    ¿Suspender o romper el proceso?

    ROGELIO ALONSO

    [El Correo, 31 de diciembre de 2006]

    En 1951, el psicólogo Solomon Asch llevó a cabo un experimento con el fin de demostrar hasta qué punto la presión grupal puede llegar a influir sobre las percepciones de los individuos. Con ese fin, reunió a un grupo de estudiantes a los que mostró una serie de imágenes en las que podían verse barras de diferentes tamaños. Siguiendo las instrucciones del coordinador del experimento, la mayoría de los alumnos debían responder incorrectamente al ser preguntados cuál de las barras era la de mayor longitud. Si bien la respuesta correcta resultaba obvia, sólo uno de los estudiantes, al que se le ocultaba la verdadera intención del experimento, habiéndosele indicado por el contrario que la finalidad del mismo consistía en comprobar el nivel de agudeza visual, parecía destinado a responder de manera acertada. Así pues, el único alumno que desconocía lo que el resto del grupo sí sabía respondería en antepenúltimo lugar, con el fin de que su respuesta llegara después de las de la mayoría de los integrantes del experimento, condicionando por ello su decisión. El alumno que con sorpresa escuchó cómo la mayoría de los participantes respondía incorrectamente al ser preguntados por el tamaño de las barras terminó por aceptar en un elevado número de ocasiones dicha respuesta errónea aportada por la colectividad, a pesar de que inicialmente resultara obvio para él que la barra de mayor tamaño no era la identificada por sus compañeros. Para Asch, el resultado de su experimentó demostraba la inquietante tendencia a la conformidad con el grupo por parte de los individuos cuando éstos se ven en minoría.

    El denominado ‘proceso de paz’ por el que el Gobierno español ha optado como eje de su política antiterrorista ha descansado en la necesidad de que los ciudadanos mostrasen su conformidad con las decisiones gubernamentales, a pesar de la evidente disonancia que se apreciaba entre la realidad y la interpretación de la misma que las autoridades han venido realizando. Con el fin de maquillar los hechos objetivos para que éstos no expusiesen la inconsistencia que se apreciaba al comparar los esperanzados deseos del ejecutivo con la cruda realidad en torno a las actividades de ETA y Batasuna durante los últimos meses, resultaba fundamental articular una propaganda como la desplegada desde la declaración del alto el fuego. A través de los pronunciamientos de las autoridades y de diversos formadores de opinión se ha insistido en interpretaciones benignas de la realidad, aunque la realidad ofrecía pocos aspectos para tan optimistas valoraciones de los hechos. Quienes han intentado llamar la atención sobre dichas inconsistencias mostrando por tanto una disconformidad con el grupo que hábilmente el Gobierno se ha encargado de definir cómo la «mayoría de la sociedad» han sido calificados injustamente como «enemigos de la paz». Así se pretendía invalidar los argumentos críticos con la interpretación del ‘proceso de paz’ defendida por el Ejecutivo y se buscaba además descalificar a quienes así razonaban, atribuyéndoles unas intencionalidades políticas. Se intentaba de este modo vaciar de contenido críticas constructivas fundamentadas en análisis rigurosos de los hechos objetivos.

    Oportuno parece recordar esta lógica de comportamiento en unos momentos en los que aún hay quienes abogan por continuar con un ‘proceso de paz’ que sólo está acarreando costes para nuestra democracia, como evidencia la creciente polarización política y social en torno a la política antiterrorista mientras ETA persiste en su violencia. Es preciso destacarlo a propósito de la declaración del presidente Zapatero anunciando la suspensión del diálogo con ETA mientras no se den las condiciones recogidas en la resolución aprobada por el Congreso en 2005. Lo cierto es que a pesar de la insistencia gubernamental en construir una realidad virtual, al estilo del experimento antes citado, el diálogo con ETA se inició sin que se cumplieran las exigencias impuestas por el propio Ejecutivo. El atentado de Barajas ha corroborado algo que ya era evidente, que ETA carecía de la exigida voluntad de concluir con el terrorismo. Debe destacarse que la explosión de ayer ha ido precedida de otras acciones terroristas que han sido minimizadas por los defensores del llamado ‘proceso de paz’ a pesar de que revelaban con crudeza cuáles eran las verdaderas intenciones de la banda. Por ello deben recordarse el brutal ataque contra un concejal de Barañain en abril, las incesantes coacciones y chantajes a empresarios y políticos desde el momento en que ETA anunció su tregua, la continuidad de las actividades de financiación ilegal de la banda que llevaron a la detención de varios implicados, los intensos actos de terrorismo callejero en diversas ciudades vascas, los sucesivos comunicados de la banda reiterando sus deseos de continuar activa, así como los robos de armas y materiales para la preparación de explosivos que daban credibilidad a la amenaza que la mera existencia de una organización terrorista supone. Todas estas pruebas inequívocas de la voluntad de ETA de no poner fin a la violencia han sido ignoradas por el Gobierno, aceptando un diálogo con la banda y su entorno cuya suspensión el presidente anunció ayer. Es por tanto innegable que el hecho de que ETA no haya cumplido las condiciones impuestas para iniciar el diálogo no ha servido para evitar el comienzo del mismo.

    Esta importante variable suscita dudas sobre la aparente firmeza del presidente del Gobierno al anunciar el final de las negociaciones con la organización terrorista mientras no se den unas condiciones que, en realidad, jamás han existido, sin que ello impidiera el referido diálogo con ETA y su entorno. Con estos precedentes, y con una ETA evidentemente dispuesta a continuar asesinado, las declaraciones gubernamentales ganarían credibilidad si fueran acompañadas de la inmediata convocatoria del Pacto por las Libertades que obliga al Ejecutivo de la nación y al principal partido de la oposición a consensuar la política antiterrorista. De ese modo se contribuiría a contrarrestar uno de los perversos efectos de un ‘proceso de paz’ que ha servido para invertir los roles de demócratas y terroristas. Así ha ocurrido al despreciarse como «enemigos de la paz» a quienes planteaban necesarios y coherentes interrogantes sobre las peligrosas iniciativas del Gobierno, mientras quienes han amenazado y coaccionado a políticos y ciudadanos han sido legitimados como «interlocutores necesarios en el camino por la paz». El manipulador lenguaje en torno al ‘proceso de paz’ ha beneficiado a los intereses de la organización terrorista. La terminología de políticos y medios de comunicación ha servido para construir ‘enemigos’ donde sólo debería haber aliados, trampa en la que se podría permanecer si se aceptase la continuidad de un ‘proceso de paz’ que no debería admitir suspensión alguna, reclamando por el contrario una ruptura contundente que permita un claro retorno a la estrategia del consenso entre los principales partidos democráticos.

  10. 10:10 | 31 diciembre 2006 | Permalink

    Experimento

    TONIA ETXARRI

    [El Correo, 31 de diciembre de 2006]

    No es el momento de pasar facturas, tras el atentado de ETA. Pero hay que reconocer que el triunfalismo del presidente Zapatero se lo ha echado por tierra la banda terrorista ETA, que, al ver que los negros presagios que iban anunciando los portavoces de Batasuna no estaban siendo tomados en serio, ha decidido tirar del arsenal tan cuidadosamente almacenado en estos meses de proceso. Fin del experimento. Y el mismo presidente que, veinticuatro horas antes, había proclamado solemnemente que «estamos mejor que hace un año y dentro de un año estaremos mejor», se veía, forzado por los hechos, a reconocer que «hoy estamos peor; mucho peor que ayer».

    Al calor de los primeros momentos de decepción tras el zarpazo terrorista, resulta obligado preguntar. Porque se necesitan respuestas. Aquí no ha habido información (y no me refiero a los detalles más cotillas de las reuniones, con sus menús incluidos, porque eso, al fin y al cabo, resulta baladí) sino a las claves de este fracaso. Va cobrando dimensión la idea de que se construyó un gran castillo sobre bases falsas. O bien, alimentadas de malentendidos o de no querer tomar en serio, por parte del Gobierno, las exigencias de ETA. Seguramente no valdría gran cosa que la oposición reclamase una comparecencia del presidente del PSE, Jesús Eguiguren, como interlocutor de las negociaciones, y, de paso, podría romper el silencio que viene manteniendo, en una actitud más propia de un cartujo que de su condición de parlamentario. Pero alguien debería empezar a contestar. ¿De qué han estado hablando durante todo este tiempo ETA y el Gobierno? ¿cómo había llegado el Gobierno a la conclusión de que ETA quería abandonar la violencia? ¿ETA ha engañado al presidente, como ya hizo con sus antecesores, o se trata de que Zapatero no se estaba enterando de cómo se ‘trabaja’ la banda sus particulares procesos de negociación?

    Porque lo que resulta chocante de este desenlace inadmisible es que el atentado haya pillado por sorpresa al Gobierno. Chocante pero lógico, a la vez, si recordamos que el robo de las 350 pistolas en Francia no encendió la luz de alarma, que el zulo encontrado en Vizcaya no fue considerado importante y, como guinda del pastel, el director general de la Policía y Guardia Civil declaró, el día de Navidad, que «no hay datos que hagan pensar que ETA se está rearmando». Bingo. Ese optimismo exultante contrastaba con la cautela y desconfianza del PP, de las asociaciones mayoritarias de víctimas del terrorismo y de tantos ciudadanos escarmentados con la historia de ETA. El propio Euskobarómetro reconocía que el 64%de los consultados veía probable que ETA volviera a matar. Primera lección tras el zarpazo que debería aprenderse el Gobierno: el significado de las palabras no es el mismo para un demócrata que para un terrorista.

  11. 10:19 | 31 diciembre 2006 | Permalink

    El espejo roto

    ANTONIO ELORZA

    [El Correo, 31 de diciembre de 2006]

    Para amigos y enemigos del Gobierno socialista debiera ser éste ante todo un triste final de año. Una cosa es el juicio que pueda formarse acerca de la gestión llevada a cabo por el presidente Zapatero desde la declaración de ‘alto el fuego permanente’ y otra la valoración de lo que representaban las expectativas de normalización política, que no de paz, en Euskadi y en el conjunto de España. Muchos tuvimos la sensación de que tales esperanzas se asentaban mucho más en la debilidad estratégica de ETA, y en la eficacia del cerco policial trazado con la colaboración de Francia, que en el acierto de los negociadores gubernamentales. No ha sido así y resulta necesario reflexionar sobre ello, más allá del caso ETA.

    La crítica al Gobierno no debe centrarse en lo que le demandaban la mayoría de los españoles: hacer todos los esfuerzos posibles dentro de la ley para que el paso dado por ETA se tradujera en el abandono definitivo del terror. Sin duda ésta será la línea seguida por el PP en sus comentarios, exhibiendo el acierto de las propias razones para rechazar cualquier tipo de negociación, ya que con los terroristas sólo cabe el aplastamiento por medio de la actuación policial respaldada por la ley. Era tanto como olvidar que ETA nada tenía que ver con el terrorismo grupuscular de las Brigadas Rojas o de la Baader Meinhof. Había que encauzar, no sólo a los terroristas, sino también a un 15% ó 20% de la sociedad vasca, hacia la democracia, y para ello era preciso abrirse con concesiones hasta el borde de la ley.

    Siempre, claro, que se diese una presunción razonable de que ETA estaba dispuesta a efectuar su conversión sin alcanzar los objetivos previamente fijados desde la llamada Alternativa Democrática. Es en este tema donde las señales de peligro se pusieron muy pronto en rojo, ya que una y otra vez los voceros de la banda, así como su brazo político, insistieron en reclamar la autodeterminación, la territorialidad y la conquista de Navarra. En la cuestión de los presos, nada tenía que extrañar la discreción, pues se trataba de un tema subordinado en el cual las soluciones debían venir de la negociación Gobierno-ETA aún por iniciarse. Lo que resultaba difícilmente admisible era la ausencia del lado del Gobierno, no ya de explicaciones sobre la marcha de los contactos, sino del cuadro general de vías previstas desde La Moncloa para llegar al doble acuerdo, sobre la relación bilateral Gobierno-ETA y sobre la mesa de partidos. ETA y los suyos hablaban, eran la única parte visible del conflicto. Ocupaban en exclusiva el centro del escenario, con lo que esto supone en una democracia moderna. Del Gobierno podían apreciarse gestos de benevolencia, como el de Zapatero al afirmar que De Juana estaba «de acuerdo con el proceso» o las iniciativas del fiscal general, pero de ideas claras, ninguna. Se repetía en este sentido lo que había pasado en el curso de la negociación del Estatut. Había que confiar en la reconocida capacidad de maniobra de Zapatero para prolongar el optimismo.

    En efecto, si ETA-Batasuna mantenía el jaque al rey, en cuanto a sus reivindicaciones, y el Gobierno no iba a ofrecer una modificación sustancial del marco definido por la Constitución, ¿cómo podía esperarse nada positivo de un ‘alto el fuego’ convertido en fase de preparación de una nueva etapa de lucha? Así las cosas, las declaraciones del día 29 de Zapatero con el lenguaje del Día de San Valentín, ‘hoy más que ayer y menos que mañana’, no representan como alguien ha dicho la expresión de un ‘ridículo’, sino de una política de información que, o bien pone de manifiesto una total ignorancia de cuanto está sucediendo en la relación con ETA, o, lo más probable, contempla su papel como un espejo destinado de repercutir imágenes falsas. Un espejo ahora roto.

    Y ahora, ¿qué hacer? Hay dos posibilidades. Una, que ETA explique el atentado como respuesta inevitable y no deseada, pues las fieras como se sabe quieren la paz, por la negativa del Gobierno a cumplir los compromisos que les llevaron a declarar el ‘alto el fuego’. Ante ello, por parte del Ejecutivo, habrá protestas de haber sido vilmente engañado, acusaciones contra el PP que sembró el malestar, etcétera, pero sin otro remedio que volver a la vía policial. Otra posibilidad es que con todo cinismo ETA presente la bomba como una advertencia del deterioro a que se ha llegado. El Gobierno se contentaría entonces con una declaración grandilocuente, volvería la acción policial, pero las puertas seguirían abiertas. Y el futuro, cerrado.

    Es también la ocasión para revisar de una vez por todas la forma de hacer política, y de presentar esa política, por parte de Zapatero. Ante problemas graves, el principio de que ‘gracias a mí todo va mejor en el mejor de los mundos’ sólo sirve para agravarlos. ZP debió anunciar que ‘la paz’ no iba a ser aceptada por ETA si él mantenía la legalidad constitucional en la negociación, con las consecuencias previsibles, poniendo en guardia a la opinión pública. Cuando las cosas son tan claras, las maniobras no sirven. Lo mismo sucedió con el Estatut, cuyos efectos disgregadores, Galicia incluida, apenas han empezado a sentirse.

    Y en otro terreno, otro tanto ocurre con el planteamiento de la famosa Alianza de Civilizaciones, rico en imágenes para la galería y de encefalograma plano en cuanto al análisis. Si el problema es el Islam ofendido por las caricaturas y no ante todo el terrorismo del 11-S o el 11-M, parecería que Zapatero acierta, pero ni eso, ya que la insistencia en que reina la islamofobia en Occidente y que el Islam se encuentra ‘humillado’, sin que exista ‘terrorismo islámico’, alienta un giro de nuestra comunidad musulmana -pensemos en Córdoba-, no hacia la búsqueda de una creciente integración en la España democrática, sino a la propia afirmación en nombre de ‘dar al-islam’ frente a su estatus actual. En una palabra, las buenas intenciones no bastan, y nadie duda de las albergadas por Zapatero y su Gobierno en relación al Terror, vasco o de Al-Qaida: de análisis erróneos y de informaciones desviadas sólo cabe esperar una política que a medio plazo nada resuelva y siembre el desaliento entre los demócratas. Ojalá me equivoque.

  12. 10:24 | 31 diciembre 2006 | Permalink

    ¿Cuándo se acaba una tregua?

    ROBERTO L. BLANCO VALDÉS

    [La Voz de Galicia, 31 de diciembre de 2006]

    El presidente del Gobierno proclamaba anteayer solemnemente, hablando del fin de ETA, que «dentro de un año estaremos mejor que hoy». Rodríguez Zapatero no sabía entonces, como es obvio, que menos de veinticuatro horas después de trasladar a la opinión pública esa animosa previsión ETA iba a hacer estallar una furgoneta bomba potentísima en el aparcamiento del aeropuerto de Barajas.

    El optimismo del presidente procedía, probablemente, de la información que le habían trasladado los representantes que en su nombre se habían entrevistado el 15 y 16 de diciembre con Josu Ternera y otros miembros de la cúpula de ETA: que la tregua seguía, pese a las reiteradas amenazas de los terroristas de romperla. Aunque el ministro del Interior no desmintió ni confirmó la celebración de la reunión, las informaciones publicadas al respecto, con todo lujo de detalles, en medios muy cercanos al Gobierno no dejaban lugar a dudas sobre el hecho de que aquélla tuvo lugar en los términos que posteriormente hemos podido conocer.

    Así las cosas, para explicar el gravísimo atentado de Barajas -que lo sería más aún si se confirmase la muerte de las personas que se dan por desaparecidas cuando escribo- sólo caben dos opciones: o bien que estamos ante otra tregua trampa, utilizada por ETA para recolocar sus efectivos tras el acoso que la puso al borde de la desaparición; o bien que los terroristas consideran que las bombas no afectan a la tregua y que es posible, pese a ellas, que el Gobierno siga conversando con ETA y Batasuna.

    En la primera hipótesis, el Gobierno hará lo único que cabe: tomar nota y actuar en consecuencia. Es la segunda hipótesis la que plantea más problemas, pues la tentación que Rodríguez Zapatero ha de superar es la de considerar, de hecho, y más allá de lo que ayer por la tarde proclamó, que puede seguir buscándose una solución dialogada al terrorismo sin exigir a los terroristas que, de verdad, abandonen previamente la violencia de un modo definitivo e irreversible.

    Por más que ese fuese teóricamente el planteamiento de partida del Gobierno, plasmado en la resolución de mayo de 2005 del Congreso, lo cierto es que en la práctica se ha mantenido abierta durante meses la negociación con ETA-Batasuna pese a las cartas de extorsión, el atentado de Barañáin, la creciente violencia callejera, los disparos al aire en Oyarzun, el robo de pistolas en Francia y la preparación de zulos en España. Algunos dijimos, desde el principio, que seguir hablando en esas condiciones era enviar a ETA el peor mensaje imaginable. Los terroristas lo confirmaron, de un modo dramático, ayer por la mañana.

  13. 10:29 | 31 diciembre 2006 | Permalink

    La sonrisa que se heló a las 20 horas

    FERNANDO ÓNEGA

    [La Voz de Galicia, 31 de diciembre de 2006]

    SE acabó. Se pueden buscar todos los matices: suspensión, ruptura, espera de condiciones, pero el proceso de paz ya no existe. El atentado de ayer no fue un episodio de kale borroka. No fue una algarada de mozalbetes exaltados. Ha sido un hecho criminal. Rompió el discurso de «más de tres años sin víctimas». Mató la esperanza de un final pactado del terrorismo. Fue «gravísimo», en palabras de Zapatero. Ha escrito la palabra fin a nueve meses de alto el fuego.

    Y además, sin atenuante. Si ETA puso el coche bomba como respuesta al optimismo («dentro de un año estaremos mejor»), es que tiene gran capacidad de respuesta. Si es una acción preparada desde hace tiempo, es que no está tan controlada como nos venían diciendo. Se mueve con facilidad y puede acceder a un lugar de gran seguridad. Y, en cualquiera de los casos, se ha burlado de la buena intención de un Gobierno que le ofrecía una salida y de una sociedad que soñaba con no tener una pistola en la nuca.

    El presidente, que tuvo que sentir una enorme sensación de ridículo, ha reaccionado con la dignidad mínima: suspendió todas las iniciativas para desarrollar el diálogo. Su esperanzada sonrisa se ha helado 20 horas después. Ha dejado una puerta abierta, por si desaparece la violencia, pero ETA nos ha instalado a todos en la desconfianza. Tras el atentado, el diálogo ha perdido legitimidad y crédito social.

    A partir de aquí, cambia todo el escenario político. Hay que rehacer la lucha antiterrorista. Y hay que hacerlo, probablemente, en la línea que ha señalado Mariano Rajoy: con el apoyo al Gobierno, que es víctima, y no autor. Al Gobierno se lo podrá acusar de ingenuo, de torpe, de haberse fiado de un grupo de asesinos y de haber calculado mal la capacidad de maldad de esa banda mafiosa y criminal; pero no es el responsable. Los responsables son únicamente quienes fabricaron y pusieron la bomba.

    Digo esto porque el ciudadano Otegi ha responsabilizado, como hace siempre, al Gobierno por no haber dado no sé qué pasos. Pues sepa ese señor que ETA también atentó ayer contra Batasuna. Le ha cerrado las puertas que Zapatero le había abierto. Con violencia terrorista, si queda algo de dignidad, se acaba la tolerancia con ellos y se les retira cualquier pasaporte para estar en las elecciones de mayo sin haber abrazado previamente la legalidad. O se está con la democracia o con los asesinos. Que quizá no sea la cárcel; pero es la exclusión política y la marginación social.

  14. 10:37 | 31 diciembre 2006 | Permalink

    ¿APRENDERA ALGUNA VEZ LA LECCION ESTE PRESIDENTE IRRESPONSABLE?

    Editorial

    [El Mundo, 31 de diciembre de 2006]

    Cuando ayer nuestro periódico destacaba en su portada el pronóstico de Zapatero de que «dentro de un año estaremos mejor» y advertía que el presidente «se la está jugando con ETA» no podíamos pensar que en unas pocas horas se iba a materializar de forma tan dramática ese diagnóstico. De hecho, en el momento en que el presidente expresaba su optimismo el pasado viernes, el coche bomba estaba ya en el aparcamiento de Barajas o iba de camino.

    El atentado de ayer supone el peor escenario posible para un Gobierno que se había jactado de los avances en «el proceso de paz» y que daba por seguro categóricamente que la situación iría a mejor. Pues bien, ha ido a peor de la peor forma posible: con un coche bomba en la T-4, la obra más emblemática inaugurada por este Gobierno, colapsando el transporte aéreo en vísperas de Nochevieja y con dos desaparecidos, presumiblemente sepultados bajo los escombros.

    Si en el plano humano lo más trágico sería el fallecimiento de esas dos personas, queda en evidencia en el plano político el fracaso de la estrategia del Gobierno respecto a ETA y la falta de sustento del optimismo de Zapatero y Rubalcaba. Cabe preguntarse en qué manos estamos cuando tanto el presidente como el ministro de Interior -¡menudo papelón el suyo en la rueda de prensa del «ni confirmo ni desmiento»!- han demostrado una ignorancia tan absoluta respecto a los planes de la banda.

    Una reacción insuficiente

    Zapatero compareció por la tarde en La Moncloa para decir que considera que el dialogo con ETA no puede seguir mientras la organización armada no renuncie a la violencia pero no quiso ir más allá de esa «suspensión» temporal. Su intervención dejó la sensación de que se resiste a que la terca realidad trastoque sus ingenuos planteamientos.

    Zapatero no es un traidor ni un malvado ni creemos que haya firmado letras de cambio a ETA -como a veces se sostiene de forma estereotipada por sus adversarios- pero sí ha actuado de una forma profundamente equivocada, sin medir las consecuencias de sus actos y sin un sentido claro de hacia donde se dirigía. Estamos ante un caso claro de irresponsabilidad política que los electores deberían castigar.

    La suspensión del diálogo es lo menos que podía hacer el presidente del Gobierno ante un atentado de esta envergadura, pero su negativa a declarar que está roto definitivamente demuestra que sigue queriendo mantener la puerta entreabierta con la banda. Suspender significa «detener o diferir por algún tiempo». En este sentido, la intervención de Zapatero no supone una rectificación explícita de los errores cometidos sino más bien un intento de ganar tiempo hasta comprobar hacia dónde evolucionan los acontecimientos.

    Zapatero se aferró ayer a la resolución del Congreso de mayo de 2005, en la que se daba luz verde a una negociación con ETA si ésta renunciaba a las armas. El tiempo ha demostrado que esta resolución sirvió para dar alas a la banda y para que sus dirigentes se creyeran que podían discutir la autodeterminación del País Vasco de tú a tú con el Gobierno.

    Esa iniciativa marcó formalmente el distanciamiento con el PP, fortaleció la alianza del PSOE con los nacionalistas y supuso en la práctica la ruptura del Pacto Antiterrorista y del consenso de las dos grandes formaciones. Lo que era hasta entonces una política de Estado pasó a convertirse en una estrategia partidista. Por eso, el Rey no pudo apoyarla el día de Nochebuena. Que Zapatero insistiera en lo «largo y difícil» del proceso no hace más que mantener la expectativa de que, cuando escampe el aguacero, se reanudará el diálogo. De esta forma, el atentado de ayer quedaría amortizado como poco más que «un hecho añadido a la situación», según las miserables palabras utilizadas por Arnaldo Otegi.

    ETA ha roto la tregua

    Rubalcaba afirmó que la tregua de ETA había supuesto nueve meses «sin violencia». No es cierto. En abril, la banda envió cartas de extorsión a los empresarios y el Gobierno dijo que habían sido redactadas antes del alto el fuego. Poco después, un grupo de radicales quemó la ferretería de un militante del PP e Interior dió por buena la explicación de ETA de que era una «acción espontánea». Luego se intensificó la kale borroka y el Gobierno alegó que no era suficiente para romper el diálogo. Y más recientemente ETA robó 350 pistolas en Francia y las Fuerzas de Seguridad descubrieron un zulo con armas, hechos a los que el Ejecutivo restó parte de su gravedad. Ayer la banda sembró el terror en el aeropuerto y probablemente mató a dos personas, ¿Qué más hace falta para dar por roto este falso «proceso de paz» definitivamente, como pidió Mariano Rajoy?

    Otegi afirmó ayer que el atentado «no nos retrotrae a la situación de antes del 24 de marzo», fecha del comienzo de la tregua. Es justamente al revés: sí nos retrotrae porque ETA ha quebrantado su alto el fuego con el coche bomba de Barajas, aunque quede el enigma de por qué la banda no lo comunicó previamente como en otras ocasiones en las que rompió sus treguas. Esto es precisamente lo que tenía que haber dicho Zapatero. Esto y otras muchas cosas más como que Batasuna no será legalizada en estas condiciones, que jamás consentirá que se cree una mesa de partidos fuera de las instituciones, que no negociará el futuro de Navarra como moneda de cambio y que no habrá excarcelaciones prematuras de presos. Por cierto, que también debería haber anunciado su disposición a instar al fiscal general del Estado a actuar contra Arnaldo Otegi por un delito de enaltecimiento del terrorismo cuando calificó a De Juana Chaos como «preso político».

    Aunque Zapatero defraudó ayer a muchos españoles, que esperaban bastante más de él, no hay que descartar que el inconcreto paso de «suspender» el diálogo sea el comienzo de una rectificación gradual por la vía de los hechos. En ese caso, el PP debería ayudarle a cambiar de política y recuperar el consenso, como nuestro periódico ha defendido siempre.

  15. 10:51 | 31 diciembre 2006 | Permalink

    El fin de un falso «proceso»

    Editorial

    [ABC, 31 de diciembre de 2006]

    Después de dos años de rearme ininterrumpido, ETA cometió ayer en Madrid un brutal atentado que quiebra por la base el «proceso» de negociación iniciado por el Gobierno socialista antes incluso del anuncio oficial de alto el fuego permanente, el 22 de marzo pasado. La gigantesca deflagración que demolió uno de los aparcamientos de la Terminal 4 del aeropuerto madrileño, causando dos desaparecidos y una veintena de heridos, es, a un mismo tiempo, la reafirmación de ETA en sí misma y el más claro desmentido a todos los discursos que han alentado engañosamente en la opinión pública española las expectativas de una paz que los etarras nunca han estado dispuestos a dar. Por tanto, no debería sorprender que ETA colocara ayer un coche-bomba sin un comunicado previo que revocara la tregua, porque para ETA, lo mismo que para Batasuna, este atentado también forma parte de lo que la banda terrorista entiende por «proceso político».

    Para ETA, la confusión entre violencia y política es absolutamente natural y, por eso, Otegi declaró ayer que «el proceso político de solución al conflicto no está roto». El desparpajo inmoral de este proetarra, al que Rodríguez Zapatero llegó a reconocer un «discurso de paz» cuando aún permanecía en prisión provisional, refleja fielmente que ETA sólo quería un «proceso» que le permitiera alcanzar sin matar los objetivos por los que llevaba más de tres décadas matando. En absoluto cabe sorprenderse de lo que ayer hizo una ETA que en dos años ha robado toneladas de materiales explosivos y más de trescientas cincuenta armas cortas. El aumento de la violencia callejera, de la extorsión y de las amenazas por medio de «zutabes» y comunicados ha sido el umbral del atentado de ayer en Barajas.

    Ahora se demuestra que ETA no habla nunca para «consumo interno» cuando afirma que la tregua es un recurso de su «lucha armada» o cuando hace de la autodeterminación y de Navarra condiciones inexcusables para el fin de la violencia. Tampoco ETA es esa banda terrorista intimidada por los efectos del 14-M ni, menos aún, seducida por la «oportunidad histórica» que representa un Gobierno español dispuesto a respetar la libre voluntad de los ciudadanos vascos. ETA sólo ha sorprendido a los incautos y a los necios, a quienes pensaban que los etarras habían dejado de ser terroristas y a quienes, aún peor, creían que, en el fondo, los etarras perseguían objetivos políticos legítimos que podían ahormarse en los cauces del diálogo. No han faltado aduladores de esta impostura ni coros sumisos a la ficción de que esta vez la tregua iba en serio. Al final, tanto compararse con el Gobierno de Aznar y esta tregua ha durado nueves meses, frente a los quince de la de 1998, y sin que el anterior Ejecutivo aceptara mesas políticas, ni rompiera el consenso con la oposición.

    De este atentado, y de los que puedan seguirle, sólo ETA es culpable, porque únicamente los terroristas son responsables de sus actos y nada ajeno a ellos puede actuar como justificación o atenuación de sus crímenes. Nunca un gobierno democrático puede compartir el reproche que ha de recaer, en exclusiva, sobre los terroristas. Sin embargo, es imprescindible que el atentado de Barajas dé lugar a un cambio radical de la política del Gobierno de Rodríguez Zapatero en relación con ETA. La política de apaciguamiento ha fallado, como era previsible, y si ETA atentó ayer no fue porque no haya habido cesiones, sino porque quería más que ya no están al alcance del Gobierno. Es al PSOE y al Ejecutivo a quienes corresponde iniciar una auténtica política de Estado que se fije como objetivo irrenunciable la derrota de ETA, sin condiciones ni matices, con los instrumentos policiales y judiciales del Estado de Derecho. Así resulta inadmisible que los emplazamientos se hagan al PP para que no utilice políticamente el atentado de ayer: no sólo Rajoy eludió en su comparecencia cualquier tentación partidista, sino que esa advertencia suena cínica en quienes protagonizaron la bochornosa noche electoral del 13 de marzo de 2004.

    Existe una responsabilidad política por el origen y el desarrollo del proceso de negociación con ETA. Una responsabilidad que alcanza a los graves daños causados por decisiones concretas del Gobierno, con el apoyo incondicional del PSOE, de liquidar el pacto antiterrorista, de no utilizar la Ley de Partidos contra una Batasuna -que ni condena el atentado ni pide el fin del terror-, de aceptar la interlocución política de ETA y Batasuna en una mesa de partidos y de inocular en la sociedad española la confusión sobre quiénes son los partidarios de la paz y quiénes los de la violencia. Ha sido desde el Gobierno donde se ha dicho que no había indicios de que ETA se estuviera rearmando. Con juicios así, se desvela la incapacidad de discernimiento que aqueja al Ejecutivo para valorar a ETA como el peligro real y grave que representa para los españoles. Es, en definitiva, un problema de incapacidad para la responsabilidad de gobernar.

    No es en absoluto suficiente lo que ayer anunció el presidente del Gobierno. Es más, sus palabras encierran una nueva oportunidad para la estrategia falsaria de los terroristas, cuando lo cierto es que ETA, aunque anunciara más treguas o altos el fuego, no merece más que respuestas policiales. No basta con que el jefe del Ejecutivo haya ordenado «la suspensión de iniciativas para el desarrollo del diálogo con ETA», porque el problema es que Zapatero no cancela la posibilidad del diálogo mismo con los etarras. El «proceso» está muerto y aunque reconocerlo así pueda ser -y lo es- un fracaso político del Ejecutivo que pactó la tregua con ETA, por dignidad nacional, el presidente del Gobierno tenía que haber asumido que, hagan lo que hagan los etarras en el futuro, no hay más opción que la derrota policial. Rodríguez Zapatero perdió ayer la ocasión de reactivar el Estado contra ETA mediante la recuperación de los grandes activos de la anterior política antiterrorista, como la vuelta al Pacto de Estado por las Libertades y contra el Terrorismo, la recomposición de relaciones con el PP y la declaración solemne del fin del diálogo. Para suspender las iniciativas del Gobierno, Rodríguez Zapatero ha tenido múltiples motivos y ocasiones en los últimos meses, desde los actos de «kale borroka» hasta el robo masivo de armas cortas. Ayer era el momento de darle la iniciativa al Estado y el presidente del Gobierno no lo hizo.

  16. 11:02 | 31 diciembre 2006 | Permalink

    Tregua rota

    Santiago González

    [El Correo Digital, 31 de diciembre de 2006]

    Mire que se lo he venido avisando desde el principio del proceso, mi señor Zapatero, que no había motivos para tanta confianza y que usted en su negociación con ETA me recordaba a Woody Allen en aquella extraordinaria secuencia de ‘Misterioso asesinato en Manhattan’ en la que chantajea por teléfono al asesino, simulando que tiene el cadáver de su víctima para conseguir que se delate.
    -
    Cuando Allen le dice que hay un paquete (el cadáver) que le puede interesar, pero que eso le va a costar 200.000 dólares, la cámara muestra al señor House, que tiene junto a sí a la mujer de Allen y replica que si quiere volver a verla, hará lo que él diga. «¿En serio?», replica Woody Allen/Larry Lipton. «Creo que se está echando un farol. Nunca intente farolear a un farolero. Si tiene a Carol, que se ponga al teléfono.»
    -
    Estamos viviendo el momento preciso en que House le quita la mordaza a Diane Keaton para que hable con su marido. Eso es lo que supone el atentado de Barajas: el fin del lenguaje creativo y el asentamiento del principio de realidad. ETA ha puesto una bomba al día siguiente de que usted nos contara que estamos mucho mejor de lo que estábamos hace un año, cuando ETA ponía bombas, y de habernos expresado su «convicción» de que el año que viene estaremos mejor que ahora.
    -
    No me cabe la menor, presidente, de que, donde usted dijo «convicción», en realidad, había querido decir «pálpito». Es que no cabe en cabeza humana que se puedan tener convicciones sobre el comportamiento futuro de una banda terrorista. El proceso de paz ya es un concepto autónomo que navega con recursos propios por los mares de la ambigüedad y no requiere como condición inexcusable el fin de la violencia, tal como estableció el Congreso el 17 de mayo de 2005 y tal como decía usted mismo en frase ya obsoleta: «primero la paz, luego la política».
    -
    Usted y su ministro del Interior coincidieron ayer en decir que el atentado supone la interrupción del ‘alto el fuego permanente’ establecido por ETA hace nueve meses. Arnaldo Otegi compareció una hora antes que usted para decir que desde su punto de vista «el proceso no está roto» y me ha llamado la atención su profunda sintonía con la preocupación fundamental de la portavoz del Gobierno vasco, a saber, que el proceso de paz no se rompa. Se confirma así que el proceso de paz es algo sustancialmente diferente de la ausencia de violencia. La letra con sangre entra y la furgoneta de Barajas fue colocada para que vayan ustedes macerándose en la idea de los efectos que podría tener sobre los votantes un atentado en plena campaña electoral.

    Esto le coloca en una disyuntiva peliaguda, presidente: ceder a sus pretensiones o rescatar el Pacto Antiterrorista que antaño mantuvieron con el PP. No se puede hacer idea de con qué fuerza de convicción cruzo los dedos para que haga usted lo más correcto. Piense que, después de todo, el famoso y caducado acuerdo fue una idea suya, la mejor que ha tenido en este terreno. Ande.

  17. 11:06 | 31 diciembre 2006 | Permalink

    El País publica un editorial

    Santiago González

    [Blog del autor, 31 de diciembre de 2006]

    Es hora de amables obviedades; la portavoz del Gobierno vasco enunció una ayer: “Si hay bombas, no hay tregua; si hay tregua, no se ponen bombas”. ‘El País’ ha publicado un editorial hoy, en el que señala: ETA es culpable. La pieza es una invitación irresistible a la deconstrucción y la hermenéutica.
    -
    Sepamos de qué es culpable la banda terrorista. Evidentemente la responsabilidad del coche-bomba que ayer costó la vida a dos personas, (a las que sólo parece echar de menos Arcadi Espada), colapsó Barajas y la vida política nacional y destrozó el aparcamiento de la T-4 es de quien la puso. Parece, sin embargo, que aparte del hecho terrorista, hay algunas cuestiones de cierta importancia: la confesión del ministro del Interior de que no se esperaban esto es radicalmente incompatible con las realizadas en fechas previas por el propio ministro y por el director general de la Policía y la Guardia Civil: “los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado no han bajado la guardia ni un milímetro”, o esta muestra de competencia profesional enunciada en Nochebuena por el jefe de los guardias: “no hay datos que hagan pensar ahora mismo ni que ETA se está rearmando ni que pueda existir un comando”.
    -
    El editorial de ‘El País’ dice que

    “La acción de Barajas pilló desprevenido al Gobierno, según reconoció el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, y se produjo un día después de que el presidente Zapatero manifestara su optimismo por la marcha del proceso para el fin de ETA. No es descartable que algunos utilicen esta circunstancia como munición para el navajeo político, pero, pese a que la crítica a la labor de cualquier Gobierno es necesaria en los sistemas democráticos, no parece éste el momento más adecuado para reproches estériles.”

    Seguramente no sería el momento más apropiado para los reproches si el presidente del Gobierno hubiera dicho ayer que hasta aquí hemos llegado y hubiese llamado a la oposición a reconstruir el Pacto Antiterrorista y derrotar a ETA. No se entiende que el Gobierno deba gozar de un manto de impunidad por su propia incompetencia precisamente en los asuntos más delicados que gestiona.
    -
    ETA es la única responsable de sus crímenes. El Gobierno es el único responsable de sus propios errores. Verbigracia: el proceso de pazzz.

    ——————————————

    El editorial dice: “No es descartable que algunos utilicen esta circunstancia como munición para el navajeo político”.

    ¿Munición para el navajeo? No se había visto una perla tan extraordinaria del lenguaje distraído desde que María, la amante maciza, pero inculta, del amo del Universo en “La hoguera de las vanidades” es abandonada por su hombre. Mientras él se aleja, ella le grita su maldición: “¡Ojalá te cuelguen en la silla eléctrica!”

  18. 18:53 | 31 diciembre 2006 | Permalink

    Unidos contra ETA

    ROSA DÍEZ

    [ABC, 31 de diciembre de 2006]

    ETA ha vuelto a cometer un grave atentado utilizando un coche-bomba con una gran carga de explosivos, que se ha podido llevar la vida de dos personas. Esta vez ha elegido un escenario que le garantiza el máximo de repercusión nacional e internacional y que ha provocado, por el número de personas directamente afectadas, una gran conmoción ciudadana. Y mucho miedo.

    El coche-bomba es un instrumento cobarde, que permite a los terroristas asesinar sin correr apenas riesgos. Más allá de los muertos o heridos que han provocado cada uno de los coches que ETA ha hecho estallar a lo largo de su historia, que nadie se equivoque: cuando ETA pone un coche-bomba con esa carga de explosivos da por descontado que puede haberlos. Y no le importa que los haya, ni el número de ellos.

    Durante estos nueve meses de tregua ha habido quien se ha empeñado en considerar como «actos para la galería» los diferentes comunicados de la banda y todas sus acciones, desde el robo de pistolas, la aparición de encapuchados o la quema de autobuses urbanos. Hoy el enemigo, nuestro único enemigo, se ha quitado con total obscenidad la careta. Ya no queda espacio para el disimulo. Tampoco es tiempo de llorar por la leche derramada. Es tiempo para el análisis sereno y para la respuesta democrática, firme y unívoca.

    Mientras había quien interpretaba la actividad de la banda desde la declaración del alto el fuego como «gestos para su gente», otros pensábamos que los comunicados y las acciones de ETA y Batasuna demostraban su carácter totalitario y sus verdaderas intenciones. La voluntad de la banda de no renunciar a ninguna de sus reivindicaciones se ponía claramente de manifiesto en el contenido de su último zutabe, en el que reiteraban su exigencia al Gobierno de establecer una interlocución entre iguales. Durante estos meses hemos temido -y denunciado- que ETA sintió que se legitimaba su historia desde el mismo momento en que percibió que tanto nacional como internacionalmente era considerada como una parte del «proceso»; y que a partir de ahí y desde esa perspectiva ha ido desarrollando toda su estrategia.

    Por muy buena intención que el Gobierno tuviera al embarcarse en este proceso de diálogo con ETA, es evidente que las cesiones semánticas ante los terroristas con el objetivo de convertirles a la democracia no han tenido éxito alguno. Por el contrario, todos esos gestos han sido percibidos por los terroristas como signos de debilidad. Porque hablar con ellos se ha hablado; y mucho. Pero, como la historia se ha encargado de enseñarnos, hablando no siempre se entiende la gente. Ningún movimiento totalitario se ha convertido jamás a la democracia.

    Este nuevo atentado de ETA llega en un momento especialmente delicado. Las dos principales fuerzas democráticas españolas están profundamente divididas respecto de la política antiterrorista; y esa ruptura del consenso básico ha acarreado una profunda desarticulación de los movimientos cívicos y en la sociedad española en su conjunto. Esta es la principal novedad de este momento en el que ETA vuelve a romper una tregua; y esa es también su principal fortaleza. ETA ha cometido este atentado en el mejor de los climas para una organización totalitaria: con los demócratas desunidos y con una parte importante de la sociedad civil bajo los síntomas del cloroformo apaciguador, presa de una potencial cobardía que le lleva a pensar que «otro nos sacará las castañas del fuego».

    Ante esta situación dolorosa y difícil tenemos que reaccionar reafirmando nuestra voluntad de aplicar todos los instrumentos del Estado de Derecho para derrotar a ETA; llamando a las cosas por su nombre; y reclamando y facilitando la unidad de acción entre los dos principales partidos de la democracia española. Sólo así seremos capaces de enfrentarnos con éxito a su estrategia desestabilizadora y criminal. No olvidemos que ETA conoce cuáles son nuestras debilidades; su objetivo con este nuevo atentado va más allá de su voluntad de demostrar su capacidad para aterrorizar a la sociedad. No olvidemos que el objetivo de ETA es destruir la democracia. Su mayor éxito sería que este atentado nos dividiera y nos debilitara aún más.

    Es la hora de los Políticos y de la Política. Ambos con mayúsculas. Pero también es la hora de la sociedad civil. Es la hora de responder con unidad, con compromiso y con madurez. Es la hora de mirar hacia adelante, sin que eso signifique que no hemos de hacer y exigir autocrítica. Tiempo y momento habrá para ello. Hoy toca solidarizarnos con las víctimas, con aquellos que directamente han sufrido los efectos de este brutal atentado. Y responder con firmeza al enemigo, a ETA.

    La resolución de mayo de 2005 supuso un cambio de estrategia en la lucha contra el terrorismo. La estrategia del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, que consistía en perseguir la derrota de ETA, fue sustituida por un acuerdo entre el Gobierno y los grupos parlamentarios nacionalistas e IU para impulsar el final dialogado con la banda. Más allá de la opinión que nos merezca ese intento, el Gobierno estaba en su derecho de explorar esa opción; pero su estrategia ha fracasado. Es la hora de volver al Pacto.

    A ETA sólo se le puede ganar si se le quiere ganar. Sería la hora de que les hiciéramos saber que todos hemos aprendido la lección. Y que vamos a por ellos. Con unidad, con firmeza y con madurez. Y que vamos a utilizar todos y cada uno de los instrumentos del Estado de Derecho para derrotarlos. Ni uno más; pero ni uno menos.