El término “participación” se ha convertido en talismán hace ya tiempo en el ámbito político. Lo utilizan hoy tanto los políticos como sus críticos. En Lanzarote, se redactan reglamentos de participación ciudadana y se apela a ella como el mejor remedio para nuestros males. Cuanto más directa la democracia, mejor. Y como acabo de leer, aunque con retraso, el Homo videns. La sociedad teledirigida de Giovanni Sartori, me parece interesante extractar uno de sus capítulos dedicado a esta cuestión. A partir de aquí, todo responsabilidad de Sartori:
El pueblo soberano es titular del poder. ¿De qué modo y en qué grado puede ejercitarlo? Para responder debemos volver a la opinión pública y a la cuestión de lo que sabe o no sabe. De todos modos sabemos –lo palpamos todos los días– que la mayor parte del público no sabe casi nada de los problemas públicos. Cada vez que llega el caso, descubrimos que la base de la información de la población es de una pobreza alarmante, de una pobreza que nunca termina de sorprendernos.
Se podría pensar que siempre ha sido más o menos así y que, a pesar de ello, nuestras democracias han funcionado. Es cierto. Pero el edificio que ha resistido la prueba es el edificio de la democracia representativa. En ésta, la ciudadanía ejercita su poder eligiendo a quien ha de gobernarla. En tal caso, el pueblo no decide propiamente las cuestiones, cuál será la solución al asunto que hay que resolver, sino que se limita a elegir quién las decidirá. El problema es que la democracia representativa ya no nos satisface, y por ello reclamamos “más democracia”, lo que quiere decir, en concreto, dosis creciente de directismo, de democracia directa.
Pero para serlo realmente, a cada incremento del poder del pueblo debería corresponderle un incremento del saber del pueblo. De otro modo, la democracia se convierte en un sistema de gobierno en el que son los más incompetentes los que deciden. Es decir, un sistema de gobierno suicida.
A diferencia de los progresistas del momento, los progresistas del pasado nunca han fingido que no entendían que todo progreso de la democracia –de auténtico poder del pueblo– dependía de un pueblo “participativo” interesado e informado sobre política. Por eso, desde hace un siglo, nos estamos preguntando cuál es la causa del alto grado de desinterés y de ignorancia del ciudadano medio. Es una pregunta crucial, porque si no hay diagnóstico no hay terapia.
Cuando se libraba la batalla de la ampliación del sufragio, a la objeción de que la mayoría no sabía votar y, por tanto, no era capaz de utilizar este instrumento, se respondía que para aprender a votar era necesario votar. Y a la objeción de que este conocimiento, este aprendizaje, no progresaba, se replicaba que los factores de este bloqueo eran la pobreza y el analfabetismo; de lo cual no se podía dudar. Por otra parte, nos encontramos ante el hecho de que la reducción de la pobreza y el fuerte incremento de la alfabetización no han mejorado gran cosa la situación.
Cuando hablamos de personas “políticamente educadas” debemos distinguir entre quien está informado de política y quien es cognitivamente competente para resolver los problemas de la política. A esta distinción le corresponden grandes variaciones entre las dos poblaciones en cuestión. Es comprensible que los porcentajes dependan de cuánta información y qué cognición se consideren respectivamente suficientes y adecuadas. Pero, en Occidente, las personas políticamente informadas e interesadas giran entre el 10 y el 25 por ciento del universo, mientras que los competentes alcanzan niveles del 2 ó 3 por ciento.
Obviamente, lo esencial no es conocer exactamente cuántos son los ciudadanos informados que siguen los acontecimientos políticos, con respecto a los competentes que conocen el modo de resolverlos (o que saben que no lo saben); lo importante es que cada maximización de democracia, cada crecimiento de directismo requiere que el número de personas informadas se incremente y que, al mismo tiempo, aumente su competencia, conocimiento y entendimiento. Si tomamos esta dirección, entonces el resultado es un demos potenciado, capaz de actuar más y mejor que antes. Pero si, por el contrario, esta dirección se invierte, entonces nos acercamos a un demos debilitado. Que es exactamente lo que está ocurriendo.
Entretanto, es toda la educación la que está decayendo y la que se ha deteriorado por el 68 y por la torpe pedagogía en auge. En segundo lugar y, específicamente, la televisión empobrece drásticamente la información y la formación del ciudadano. Por último, y sobre todo, el mundo en imágenes que nos ofrece el vídeo-ver desactiva nuestra capacidad de abstracción y, con ella, nuestra capacidad de comprender los problemas y afrontarlos racionalmente. En estas condiciones, el que apela y promueve un demos que se autogobierne es un estafador sin escrúpulos, o un simple irresponsable, un increíble inconsciente.
Y, sin embargo, es así. Estamos acosados por pregoneros que nos aconsejan a bombo y platillo nuevos mecanismos de consenso y de intervención directa de los ciudadanos en las decisiones de gobierno, pero que callan como momias ante las premisas del discurso, es decir, sobre lo que los ciudadanos saben o no saben de las cuestiones sobre las cuales deberían decidir. No tienen la más mínima sospecha de que éste sea el verdadero problema. Los “directistas” distribuyen permisos de conducir sin preguntarse si las personas saben conducir.
Como férreo defensor de la democracia directa, pero de una democracia directa realista y práctica, me veo impelido a hacer uso del derecho a réplica que me asiste.
Primero decir que del libro de Sartori, que he leído, me gusta especialmente la percepción del Homo-videns, una clase de homo que vendría a sustituir al sapiens de toda la vida, y cuya principal característica vendría a ser, como apunta Jorge, su nula capacidad de abstracción debido al predominio de la imagen en todos los ámbitos de nuestra vida.
Somos lenguaje. Otros dirían que al principio fue el verbo, aunque lo dirían sin demasiada consciencia, pues eso es lo que suele pasar cuando se convierte un texto cualquiera en oración o mantra, que pierde su significado y se convierte él mismo en significante.
En “El mundo feliz”, de Huxley, el partido tipo gran hermano que ostentaba el poder absoluto tenía una secreta ambición. Ir quitando palabras al diccionario hasta que este no tuviera más que unas cuantas entradas básicas e imprescindibles. Eran plenamente conscientes de que si conseguían eliminar el lenguaje de las personas estas dejarían de poder reflexionar sobre las cuestiones, dejarían de preocuparse y se mostrarían mucho más sumisos. Es el lenguaje lo que nos permite reflexionar y pensar. Sin lenguaje simplemente viviríamos el momento, moviéndonos instintivamente únicamente guiados por nuestros cinco sentidos. Tal vez seríamos más felices, desde determinado punto de vista, pero ya no seríamos lo que somos, y desde luego no seríamos homo-sapiens.
Esto es exactamente lo que está sucediendo. Aunque no haya ningún partido tipo gran hermano que nos esté obligando a ello, lo cierto es que la pérdida de vocabulario entre las jóvenes generaciones no se puede negar. Más o menos en la época de Cervantes, cuando no existía la televisión y la transmisión oral era la principal forma de comunicación, la lengua castellana alcanzó su plenitud. En ningún otro momento, ni anterior ni posterior, existieron tantas palabras, tantos vocablos para conceptualizar hasta los matices más insospechados.
Esa inmensa riqueza se ha ido perdiendo, a pesar de los vanos esfuerzos académicos. Sobretodo en los últimos tiempos. Las palabras se han ido quedando por el camino, y cada vez recurrimos más a las mismas coletillas para comunicarnos en multitud de situaciones. Quien sabe, es posible que llegue el día en que todos hablemos los unos con los otros usando un simple “qué fuerte”, cual ladrido o sonido gutural propiamente humano.
Ahora bien. Dice Sartori, y parece defender también Jorge, que en una situación como esta no se puede tener la inconsciencia de introducir democracia directa ninguna. Antes habría que esperar a que hubiera una cantidad suficiente de ciudadanos capaces de reflexionar e interesarse por las cuestiones a votar. No es que yo piense que es una crítica desacertada, al contrario, lo que pasa es que Sartori, como la mayoría de personas que se muestran contrarias a la democracia directa, simplifica el término de una forma exagerada.
Los que defendemos una democracia directa realista y viable no queremos que todos los ciudadanos voten cosntantemente por todo, como los críticos suelen mantener. Lo único que deseamos es introducir dos sencillos mecanismos, como son la Iniciativa Legislativa Popular y el Referéndum Vinculante. I + R. Tampoco pedimos acabar con la democracia representativa, más al contrario, pretendemos enriquecerla, pues pensamos que por sí sola no es suficiente para atender todas las necesidades y problemática de una colectividad grande.
También creemos que la única forma de revertir este proceso de analfabetización al que estamos abocados por el predominio de la imagen, es “obligar” a la ciudadanía a reflexionar sobre las cuestiones, pues es precisamente en la discusión y en el contraste de ideas cuando surge la necesidad de utilizar las palabras. Es decir, las palabras habrán de abarcar un campo de realidad más amplio según nos veamos necesitados a sumergirnos en esa realidad. Pero bueno, este es un aspecto más polémico de la democracia directa, pues se adentra demasiado en ámbitos educativos e incluso morales. Lo importante de la democracia directa no es que nos haga a todos mejores personas o que nos convierta en cervantes andantes, sino que realmente ayudaría a descongestionar la democracia representativa desde un punto de vista puramente práctico.
Los ciudadnos no pueden participar directamente en la política porque no están lo bastante informados o educados, eso es exactamente lo que se dice, pero entonces no sólo se niega la democracia directa sino cualquiera, pues tampoco deberían poder votar si no saben lo que hacen, así que el artículo va contra cualquier democracia.
Me apunto al referendum y me extraña que Marcet no haya puesto un ejemplo tan cercano como el de San Bartolomé con Ajei que fue un éxito bárbaro de participación ciudadana.
En principio y sin negar, por evidente, el “diagnóstico” planteado quisiera aportar algunas reflexiones que considero claves. Por un lado considero que existe una trampa valorativa a la hora de evaluar las iniciativas por el número de “elementos” participantes. Es decir, utilizar exclusivamente criterios cuantitativos es utilizar criterios de lo que existe y no de lo que debería existir , de esta forma se utiliza un “diagnóstico” cualitativo y se concluye con una terapia que se halla condicionada en su justificación por lo “cuantitativo”.
Por otra parte no acabo de entender por qué las diversas opciones tienen que excluirse. Es obvio que existe una escasísima educación “civica” y aún más una cuasi-inexistente implicación política responsable; pero no es menos cierto que la educación cívica (o, política como creo que sería más acertado si no queremos instaurar una indeseable brecha entre lo “cívico” y lo “político” que, únicamente, beneficiaría a los planteamientos más conservadores) es inviable sin una “deliberación pública”, y, por supuesto, sin una toma de partido responsable y consecuente.
El problema de la representatividad radica, a mi modesto entender, en que un notable número de políticos que ejercen en la función pública tan sólo reperesentan a su estómago y a su insaciable y obsesiva inclinación por el poder. De esta manera se hace buena aquella visión de Maquiavelo que nos dibuja a la política como el arte de conseguir el poder y de mantenerse en él. Pero lo más lamenteable es que se olvidan de aquella otra importantísma visión maquiaveliana de la “virtú” cívica de los ciudadanos republicanos como esfuerzo por mantener una “autodisciplina que exige enfrentarse a uno mismo, a las inclinaciones naturales…sin hacerse ilusiones autocomplacientes..” (R. del Águila/S.Chaparro Claves nº165).
Por último pienso que las estructuras en las que nos hallamos inmersos y por las que transcurren nuestros días (medios de comunicación, relaciones laborales, terminología linguística desde la que nos explicamos y entendemos, el “simulacro” de “ser propietarios” , el individuo como “medida de todas las cosas”…), no son las más apropiadas para favorecer, no sólo una deliberación pública, sino una mínima educación política, es decir, de cómo y para qué regular nuestra convivencia.
Desde estas perspectivas considero que es necesario introducir los cauces mínimos que favorezcan la participación por muy escasa que esta sea.
Hay veces que (parafraseando a B. Brecht) deberíamos de exigir la dimisión del pueblo y de esta forma abandonar esa visión de la izquierda freudiana en la que toda causa se halla en el exterior o en la infancia y eesto nos condiciona definitivamente. Creo que llegado a ciertas edades sómos totalmente responsables de nuestros actos y , en íntima relación-condición con nuestras circunstancias, de hacer uso, sin miedos, de nuestra libertad para construir y crear de manera que lo significativo es que no se haga ese uso y, lo más grave, que no se tenga voluntad de hacerlo.
Iba a escribir algo aquí, pero ya Bertola lo ha hecho mucho mejor de lo que yo podría. Muy de acuerdo. Simplemente mencionar que el ejemplo de ajei nunca puede ser representativo de una verdadera democracia directa, puesto que fue una iniciativa que partió del grupo de gobierno y no tiene, por tanto, nada que ver con la iniciativa legislativa popular, que como su nombre indica, debería partir del pueblo, no de quienes lo gobiernan. Aun así, lo considero, como lo consideré en su día, un paso importante de cara al futuro. Como bertola ha dicho:
“Desde estas perspectivas considero que es necesario introducir los cauces mínimos que favorezcan la participación por muy escasa que esta sea.”
Realmente es tan tonta la gente como dicen, y que por ello no está preparada para una democracia más participativa o directa. Yo creo que la gente en genral, sabe lo que quiere, talvez no sepan expresarlo en un lenguaje político o burocrático, pero si a la mayoría le ponen los medios para poder participar, sabrían responder positivamente. Lo que sí puede que ocurra en estos momentos, es que la clase política actual trate por todos los medios de evitar esa participación, porque probablemente disminuiría su “poder.”
Cómo bien dice Bertola “considero que es necesario introducir los cauces mínimos que favorezcan la participación por muy escasa que esta sea.” Si se van consiguiendo resultados, poco a poco la participación se haría mucho mayor.
.
[...] palabras, de Giovanni Sartori, insertas en el blog por Jorge Marsá hace ya un tiempo, creo que resumen a la perfección la corriente de [...]