Sábado, 29 de Julio de 2006

Sados y masocas

José H. Chela

[Canarias Ahora, 28 de julio de 2006]

La noticia de que un hotel majorero, aún con sus puertas cerradas al público por lo visto, está basando su publicidad para atraer potenciales clientes en una oferta de turismo sexual sadomasoquista, ha generado polémica y, como se informaba ayer en este mismo periódico, malestar en el Cabildo de Fuerteventura. La consejera insular del ramo, Olivia Estévez, opina que una promoción de esas características no va a favorecer a la isla en lo que a captación de mercados de interés se refiere, en tanto que el concejal de la cosa en Pájara, Guillermo Concepción, se muestra favorable a la iniciativa.

No sé yo. Todas las ideas novedosas se suelen acoger con recelo. Pero, al margen de que haya turistas para todo, que los hay, incluso a la hora de elegir destinos de auténtico riesgo, por ejemplo países en guerra, y eso también se puede considerar puro masoquismo, una afirmación de doña Olivia me sume en un piélago de dudas y reflexiones. Exagero claro. Cuando dice que no debe confundirse la libertad de opción sexual de cada persona con estas prácticas –las alentadas por la empresa hotelera de marras- que incluyen actos vejatorios. A uno le da la impresión, aunque ya lo sospechaba, de que en esto de la libertad de opciones sexuales también se impone, en el fondo y a la hora de la verdad, lo política y eróticamente correcto. Hay, a lo que se ve, opciones más aceptables que otras. Me ciño a las opciones entre adultos, por supuestísimo.

Sin embargo, todos, en las entretelas de nuestra personalidad profunda, tenemos algo de sádicos y algo de masocas (la prueba evidente se revela en las urnas, cada vez que hay elecciones). El sadomasoquismo sexual suele pertenecer al ámbito de lo privado y nadie va aireando por ahí esas preferencias, precisamente porque no está de moda ni bien visto. Pero, si ustedes se detienen, aunque sólo sea por curiosidad, a leer los anuncios de servicios sexuales que se ofrecen en las páginas de la prensa, comprobarán que se publican muchos reclamos de ese tipo, lo cual indica que hay una clientela amplia dispuesta a zurrar o a que la zurren, lo cual puede ser, en efecto, vejatorio, pero, al mismo tiempo, y por difícil de entender que puede parecerle a mucha gente, placentero y estimulante para quienes esa tendencia resulta natural. Si se entra –vale, también por mera curiosidad- en una tienda especializada en juegos e instrumentos eróticos, se podrá descubrir la cantidad de prendas y artilugios (látigos, cadenas, trajes de cuero, botas de puntiagudos tacones…) ideados para hacer más atractivas estas prácticas. Se venden, obviamente, y son un buen negocio.

No sé en qué parará todo esto, pero, en mi modesta opinión, mientras una relación de esta clase –se lleve a cabo en un hotel o en un domicilio particular– no acabe en tragedia, se trata de una opción tan respetable como otra cualquiera en el marco de la libertad sexual de la que tanto presumimos. Teniendo en cuenta, además, que cualquier relación heterosexual y normalita, es un decir, puede terminan también trágicamente. Como la experiencia cotidiana se encarga de demostrarnos cada dos por tres.