Miguel Gallardo
Una de las peores consecuencias de la descentralización administrativa en nuestro país es la que se manifiesta en el desastre urbanístico en la costa española. Poco más que pequeños gestos puede hacer el Gobierno en una materia en la que carece de competencias. No obstante, aunque sean pequeños, son de agradecer los gestos de Cristina Narbona desde el Ministerio de Medio Ambiente. Y uno los agradece aún más cuando afectan a su territorio. Lo leí ayer en Diario de Lanzarote: “La Dirección General de Costas, dependiente del Ministerio de Medio Ambiente, ha declarado la utilidad pública de la expropiación de los terrenos ocupados por el Hotel Papagayo Arena, en la playa de Las Coloradas, en Playa Blanca (Yaiza)”.
Como es lógico, el director del hotel ha manifestado su contrariedad. No se ha parado en mientes Manuel Concepción, que ha calificado la medida como “un atentado contra la iniciativa privada”. Si prescindimos de término tan sonoro y tan duro como “atentado”, creo que tiene razón: la Administración ha tomado una medida que coarta la iniciativa privada, la de los propietarios del hotel.
Y parece que eso le resulta intolerable a Manuel Concepción. Pues depende. El Estado coarta la iniciativa privada de los ciudadanos al obligarles a pagar impuestos, y lo mismo hace cuando determina en qué propiedades se permitirá edificar y en cuáles no. También coarta la iniciativa privada cuando, por ejemplo, prohíbe a una empresa comercializar un producto que considera perjudicial para los consumidores, aunque la consideración de la privada entidad sea bien distinta. Las coacciones de cualquier Estado democrático a la libre iniciativa de las empresas son multitud, y sin ellas, sin regulación, el mercado sería una jungla en la que no sería posible competir en condiciones de por lo menos una cierta igualdad. Es más, cualquier economista sin excesivos prejuicios ideológicos informaría a Manuel Concepción de que esas cortapisas son en buena parte las que caracterizan a las economías capitalistas más productivas y avanzadas.
No obstante, resulta fácil comprender que alguien no se muestre muy complacido cuando la cortapisa le cae encima, y que no tenga a bien recordar en ese preciso momento el cúmulo de irregularidades que han acompañado a la construcción del establecimiento hotelero que regenta. Ahora bien, si lo de “atentado” ya constituye una exageración, calificar la medida del Ministerio de Medio Ambiente de “actuación totalitaria” resulta absoluta desmesura. Una muestra más de la alegría con la que algunos utilizan términos destinados a describir situaciones políticas en verdad terribles.
Me sorprende la irresponsabilidad de quienes, como Manuel Concepción, tildan al actual Gobierno español de totalitario; como si desconociéramos lo que es un gobierno totalitario. Y me sorprende tanto como la de quienes, desde enfrente, tachan a los compañeros de Manuel Concepción de fascistas, como si desconociéramos lo que es un partido fascista. Pero da la impresión de que resulta harto complicado contener el exceso y la incontinencia verbal en el espacio público de este ruedo ibérico. Así que… “a por ellos”.
Ricardo
12:51 | 28 Julio 2006 | Permalink
Es increíble la desvergüenza con que se tergiversa y se abusa de algunas palabras con la intención, no de denunciar abusos de poder, sino de escurrir el bulto ante la Ley, cuando lo menos que se puede pedir de un Estado de derecho es que la aplique. Esperemos que este sea el caso.
Rafael Cano
13:33 | 28 Julio 2006 | Permalink
Si hubiera que hablar de atentado, que hay que hacerlo, es del que cometieron estos señores contra el medio ambiente en Papagayo, porque aunque no sea totalitario, que es de negocios, eso sí que es un atentado.
Mafasca
13:37 | 28 Julio 2006 | Permalink
Menos mal que alguien se defiende de la iniciativa privada (en este caso nos defendemos todos) Parece ser que un sr. que construya su hotelito en nuestra propiedad debe ser alabado y defendido en honor a la propiedad privada.
nano
15:09 | 28 Julio 2006 | Permalink
Durante demasiado tiempo se ha dejado construir por estos lares impunemente. Yo pongo el hotel y a ver quien es el guapo que luego me lo echa abajo. Saben que muchas veces al Ayuntamiento le sale tan caro derribar el hotel que ni siquiera puede permitírselo, como pasó en Tias con el Hotel Fariones. Así que no está nada mal que el ministerio se haga cargo de estas cuestiones.
A ver si poco a poco acabamos con las malas costumbres. Entre lo de Marbella y esto algunas cositas se van arreglando. Por lo menos el susto ha paralizado a algunos por un tiempo.
Mati
19:30 | 28 Julio 2006 | Permalink
Enhorabuena a los totalitarios por su lección de democracia, por hacer lo que la mayoría de los lanzaroteños quería que se hiciera con ese horrible hotel.
Anabel Medina
20:17 | 28 Julio 2006 | Permalink
Comparto la afirmación de la primera frase de este artículo. Siendo ésta la peor consecuencia de la descentralización no es la única negativa aunque no todas lo sean. Debería ser motivo de reflexión y preocupación para todos aquellos que piensan que primero los nuestros.
Eduardo Ruíz
18:01 | 24 Agosto 2007 | Permalink
No sé si el tal Miguel Gallardo será uno de esos “ecologistas epidérmicos” que dice Antonio Coll en su artículo de esta semana en el Lancelot, pero a mí me da la impresión de que por aquí parecían estar en contra del hotelito de marras, y a favor de su fulminante derribo.
Es más, me parece recordar que si alguien estaba en contra del derribo del hotelito era su hermano, en un artículo que curiosamente se parece mucho a este último de Antonio, especialmente por la obsesión esa de que la gente sólo critica cuando los empresarios son de aquí y no de fuera.