El horror africano
Diego Talavera
[La Provincia, 18 de junio de 2006]
La lectura del último libro del antropólogo Albert Sánchez Piñol (Payasos y monstruos. Dictadores africanos que se creían dioses. Editorial Aguilar, 2006) ayuda a comprender el flujo masivo de emigrantes subsaharianos en busca del paraíso europeo, previa escala en el Archipiélago canario. El autor, con una buena dosis de ironía y humor, habla de la trayectoria de los dictadores africanos –Amin Dada, Bokassa, Mobutu, Sékou Touré…–, siniestros personajes que asesinaron a cientos de miles de personas, casi siempre compatriotas suyos, muchas veces con torturas y mutilaciones salvajes. A menudo, estos dictadores sangrientos tomaron como modelo de gobierno a personalidades europeas: desde Napoleón a Stalin, de Hitler a Franco. Nada nos puede extrañar, porque en Europa está el origen del África moderna y, en cierto modo, de la grave situación que padece.
África ya existía antes de que llegaran las potencias coloniales. Y los pueblos africanos tenían sus propias leyes e instituciones, sus modelos familiares, sus mundos simbólicos y sus esctructuras económicas. Un ejemplo: el hambre que hoy azota al continente negro era un fenómeno practicamente desconocido en el África precolonial y hasta la Segunda Guerra Mundial era autosuficiente. Sobre esa realidad peculiar y múltiple, las potencias impusieron un sistema ajeno y desconocido para los africanos: el Estado. Y como el Estado era una realidad ajena, sólo quedó una manera de mantenerlo, el autoritarismo. Porque, como afirma Sánchez Piñol, “imponer un sistema político determinado a una población que no se identifica con él o que lo rechaza abiertamente requiere un alto grado de represión”. Así, pues, los gobernantes africanos optaron por el autoritarismo porque era su referente más inmediato, porque fue el método que las metrópolis europeas impusieron en sus colonias.
Los monstruos de este libro no inventaron nada, se limitaron a copiar lo que tan bien conocía. Pero la responsabilidad de Occidente no estuvo sólo en suministrar un modelo; mantuvo e incluso animó a estos dictadores a cambio de conseguir las licencias para explotar sus recursos naturales. La maldad de estos personajes corre pareja con su mediocridad intelectual. Eran ignorantes que se pasaron por maestros, cobardes que fingieron ser héroes, seres insignificantes que se creyeron dioses. Fueron los que sembraron el odio tribal y las desigualdades que hoy padecen muchos pueblos africanos. De esa terrible realidad huyen los miles de inmigrantes que llegan en cayucos a nuestras costas. Y todavía existen algunos ingenuos que quieren ponerle puertas al mar.


La conclusión del artículo es clara como el agua: la responsabilidad de lo que ocurre en África es casi toda de Occidente, cuyos modelos copiaron esos “dictadores sangrientos”. La responsabilidad es de Occidente, del copiado, no de los que copian, y los africanos no tienen culpa de nada. Además, son tan imbéciles, que “de esa terrible realidad huyen los miles de inmigrantes que llegan en cayucos a nuestras costas”. Es decir, que huyen de un modelo copiado de Occidente… para venirse a Occidente. ¡Habrase visto mayor estupidez!
Para algunos está claro que la responsabilidad de todo malo que en el mundo ocurre es de Occidente. Y no es que no haya culpas por aquí, que las hay, pero no estaría de más un poquito de imaginación para dejar de repetir la misma cantinela y conceder la mayoría de edad a quienes habitan en sociedades no occidentales, que algo tendrán que ver con lo que pasa en ellas, digo yo.