[La Opinión de Tenerife, 18 de junio de 2006]
Estoy seguro de que, en su inmensa mayoría, los que compran El Día no leen sus editoriales. De lo contrario, a mis escasas entendederas les costaría aún más comprender que ese sea el diario más vendido en la isla de Tenerife y, por si ello no fuera suficiente, el más temido por sus políticos. Hace muchos años que dejé de frecuentar esas páginas –de momento, no busco las esquelas ni necesito encontrar trabajo–, pero de vez en cuando, mientras espero mi turno en la peluquería o en alguna consulta médica, vuelvo a tropezarme con sus dos piedras angulares: el tinerfeñismo paranoico e hiriente y el reduccionismo de una derecha vetusta.
Como es bien sabido, un editorial es un artículo sin firma en el que se refleja la opinión de la dirección, constituye la quintaesencia de un periódico, su ADN ideológico con el que se identifican sus lectores, dicho sea grosso modo. Desde hace unos meses, desde que hemos empezado a sentir en carne tinerfeña la tragedia emigrante de África, el diario dirigido por José Rodríguez destila racismo en sus editoriales tonitronantes, apocalípticos y mal escritos (Nada nuevo, en este sentido, porque siempre han sido un modelo de estrechez literaria). Dejemos la pobreza de su estilo, aunque me cueste porque, como Flaubert, creo que “el estilo es el hombre”, que no puede haber buen fondo con malas formas. Lo que ahora me parece alarmante es la sal gorda de sus latigazos racistas. No porque me preocupe la opinión personal del director y propietario de El Día, sino porque estoy convencido de la responsabilidad social de un medio de comunicación, la necesidad de que, desde la independencia de su criterio, contribuya al bienestar social colectivo, a elevar el nivel reflexivo de sus lectores, a no fomentar el visceralismo de las emociones más primarias.
Dos ideas se amalgaman en esos preocupantes editoriales. Por un lado, el sentimiento por la desaparición de unas islas que nunca existieron, “un paraíso natural de envidiable paz debido al apacible carácter de sus habitantes” (18-5-2006), la nostalgia de una Edad de oro, tiempo edénico en el que los canarios gozábamos de la admiración mundial, la añoranza de nuestro locus amoenus, de las verdes praderas, aves canoras, cristalinos arroyos, todo ello encumbrado, por supuesto, por nuestro Teide, gigante Generalife. Por otro lado y tras la tristeza por la pérdida de ese beatus ille horaciano y atlántico, la obligación de “mantener la pureza de la sangre de raza blanca en Tenerife” (En Las Palmas de Gran Canaria, dicho sea de paso y también según el aludido editorialista, el problema no es tan grave, porque allí “mucha gente no considera a los berberiscos tan extraños étnicamente”. Gracias a Dios, supongo, la provincia de Santa Cruz de Tenerife, la Nivaria añorada, “está a años luz de esas ideas”). Llegados a este extremo, con la piel del pensamiento erizada con el eco del eco nazi que encierra esa “pureza”, conscientes de que el director de El Día pisa la dudosa luz del delito, uno recurre a asideros claros para no perderse en la pasividad o complicidad ciudadanas ante tamaños disparates. Primero, me agarro al diccionario, a la búsqueda de la definición de racista: “El que tiende a considerar unas razas superiores a otras y, como consecuencia, a discriminar a las inferiores” (Diccionario del español actual, de Manuel Seco et alii). Delimitado el territorio en el que nos movemos, sabedor de que ya hace quince años que el Tribunal Constitucional dejó muy claro que el principio de la libertad de opinión o de expresión no autoriza a nadie a hacer declaraciones racistas o xenófobas, no veo más salida que consultar el Código Penal, el vigente desde hace diez años, para constatar que son varios los artículos que condenan la discriminación y el odio raciales.
En otro editorial (20-5-2006), dedicado al actual Consejero de Economía y Hacienda del Gobierno de Canarias, “Mauricio, el africano”, José Rodríguez exige al Presidente que le sustituya por otro, “si quiere de la misma calaña política comunistoide”, porque “está poniendo en peligro el bienestar de la población mayoritaria del Archipiélago, es decir, la de raza blanca y origen europeo”. Sabía que José Carlos Mauricio arrastra las pesadas cadenas de un currículum avieso y camaleónico, capaz de ir sembrando de cadáveres políticos su camino hacia, por y para el poder. Lo que ignoraba eran sus cualidades de “reyezuelo africano” o tal vez “de gran capo del negocio de las ventas de pateras”. La paranoia antigrancanaria de José Rodríguez mezclada con sus ideas racistas forman un cóctel realmente explosivo. Esa manera disparatada de argumentar es más propia del que pontifica apoyado en la barra del bar, de uno de esos ciudadanos que creen tener la llave que abre de par en par la complejidad del mundo en el que vivimos. Es esta una actitud que mueve incluso a la lástima, porque no trasciende su exiguo espacio personal. Sin embargo, cuando esa misma mentalidad se hace papel de periódico, se publica en el diario más leído de Tenerife, se me disparan las alarmas sociológicas. ¿Es posible que sean esas ideas las que anidan en la intimidad de la mayoría de sus lectores, que en esta isla el racismo sea una mina por explotar?
Leyendo las características del editorialista de El Día se me ha cruzado la imagen de Agustín Acosta. ¿Alguien podría explicarme las razones de este cruce de visiones? ¿Tiene algo que ver Agustín Acosta con el tal Don José?
No sé si tienen algo que ver Agustín Acosta y el director de El Día, pero me parece que el hecho de que sean los periodistas de mayor audiencia en sus respectivas islas dice muy poco en favor de las sociedades de Tenerife y Lanzarote. Porque, al margen de su racismo o de sus prácticas de extorsión, el hecho de que un periodismo-basura como este y de que semejantes personajes tengan el éxito que tienen, lo cierto es que es producto de los miles de personas que les escuchan y les sostienen.