Luis Arencibia Verdú
Aun a sabiendas de que haya lectores que lo consideren excesivo, me meto en el rebufo de la última secuencia de artículos colgados en este blog, motivado sobre todo por un comentario al artículo de Josechu Pérez Niz, en el que se pretendía despejar cualquier sospecha de discriminación hacia Jorge Marsá, alegando que si alguien era responsable de que se le tachara de godo, era el propio Jorge Marsá. Por arrogante.
No pretendo aquí entrar en la discusión de si su artículo fue una afrenta a la cultura canaria o a los canarios en general; aunque aclaro que, desde mi punto de vista, obviamente no lo ha sido. Considero que ni por defender que tiene poco sentido fomentar la lectura ciñéndose a la literatura canaria, se tilda automáticamente ésta de despreciable, ni porque se señale la evidencia de que hay infinidad de obras superiores a las producidas en Canarias me siento, como canario, ofendido. Pretendo ceñirme exclusivamente al comentario en cuestión, con el que no estoy en absoluto de acuerdo.
Porque un canario al que se acusa de arrogante es… un canario arrogante. En cambio, para muchos, un peninsular con la misma calificación es un godo. Los canarios arrogantes no tienen ninguna categoría propia, más que la que incluye a los demás arrogantes nacidos en las islas. Los procedentes de la península, sí; entran a formar parte de la de los godos. No es casualidad, obviamente, que así sea. Ni tampoco es casualidad que no se haya creado una categoría para englobar a los peninsulares simpáticos o a los peninsulares neuróticos, sino que sea precisamente ese rasgo, la soberbia, el merecedor de categoría propia. Tengo la sensación de que el victimismo frente a la metrópoli, tan convenientemente alimentado por algunos, tiene que ver mucho con la elección.
El calificativo de godo, como todos los estereotipos –que es al final de lo que se trata– sirve al que lo usa para simplificarle tremendamente las cosas: por medio de esas cajitas mentales en las que se va clasificando, de forma rápida y sencilla, a las distintas personas que le rodean. Con esas etiquetitas por fuera –los prejuicios– en las que se apuntan las características que ostentarán todos los que en ellas estén contenidos. Hasta que, en todo caso, logren demostrar lo contrario.
Con el fin de que el procedimiento sea realmente beneficioso para el que lo usa –todos, en realidad, con intensidades muy diferentes, eso sí–, los prejuicios asignados a cada uno de los estereotipos deben cumplir una serie de condiciones. En primer lugar, y con muy pocas excepciones, se debe tratar de una valoración negativa del colectivo al que van dirigidos. Así, automáticamente, nos catapultamos hacia la cima del escalafón social, por encima de aquel grupo catalogado como violento, de ese otro compuesto en gran medida por avariciosos sin escrúpulos, o del que me ocupa en este artículo, formado por peninsulares con delirios de grandeza. Por otra parte, los prejuicios asignados a cada grupo deben ser lo suficientemente numerosos y rígidos como para que tengamos una buena reserva de ellos, en conserva, para aplicarlos cuando lo estimemos conveniente.
Por eso, cuando se tacha a Jorge Marsá de godo, ni se está dando una opinión personal sobre su conducta, ni se está queriendo hacer hincapié exclusivamente en su actitud arrogante –si es que eso realmente viene al caso en un debate de ideas–. Se está tirando de un cliché, socialmente creado con una intencionalidad muy concreta, que no se ciñe a catalogar a ciertas personas como arrogantes, sino que tiene otras muchas connotaciones, conocidas por todos. Entre ellas, y en lugar privilegiado, estaría un supuesto desdén por cualquier producción cultural elaborada en las islas, que se consideraría inferior a las del lugar de procedencia y, por ello, digna de ser despreciada.
Por eso, aunque Jorge Marsá se empeñe en explicar que lo que le mueve a defender la conveniencia de poner la mejor literatura al servicio de la promoción de la lectura, es el principio, más que razonable, de disponer los mejores medios para lograr los mejores resultados –frente a la tentación de estrategias más autocomplacientes, pero seguro que menos eficaces–, muchos no podrán evitar pensar que miente, o que no dice toda la verdad. Y tan seguros estarán de ello que se verán con el derecho a “tirar a matar”, no a las ideas, sino a quien las escribe. La posibilidad, tentadora, de hacer reduccionismo con la realidad y las personas no es, por supuesto, inocua.
LZ-III
9:52 | 26 Mayo 2006 | Permalink
Me parece muy injusto que Luis Arencibia plantee a algunos elementos que lo que hay que tener es “debate de ideas”, porque eso es situar las cosas en un plano que les deja claramente en desventaja, eso es pedirle algo a quien no lo tiene, plantearle una carrera a un cojo.
Isleño
10:45 | 26 Mayo 2006 | Permalink
Todos los discípulos de Marsá salen en defensa del maestro.
fernando marcet
14:02 | 26 Mayo 2006 | Permalink
Felicito a Luis por el artículo, que me parece bastante bueno. Y voy a apoyar su argumentación con un añadido.
Las personas que más facilmente caen en la violencia, ya sea verbal o física, son precisamente aquellas personas más inseguras o acomplejadas. Los maltratadores de género, por ejemplo, las más de las veces son individuos inseguros, que piensan que necesitan reafirmar su posición mediante la fuerza y la agresión. Son los inseguros aquellos que se sienten incapaces de dar la razón cuando alguien con ideas contrarias a las suyas demuestra tener mejores argumentos.
Particularmente conozco a bastante gente de ese estilo… que están plenamente convencidos de todo lo que dicen. Si tú se lo rebates entonces te contestan gritando más. Y si sigues rebatiendo, al final se ponen al borde del colapso y sus manos toman las direcciones más inverosímiles… entonces más vale que tu cara no esté por ahí.
Si todos fueramos personas más seguras, y todos cojeamos en ese sentido en un aspecto u otro… yo el primero, nos sentiríamos libres para dar la razón a quien opine de forma contraria a nosotros, simplemente analizando sus argumentos de manera fría y sosegada, sin ver en ellos un atentado a nuestra misma esencia.
Silvia
20:46 | 26 Mayo 2006 | Permalink
No sé si “todos los discípulos de Marsá” (que parecen no ser muchos) se han sentido atacados por el artículo publicado en La Isla y sentido la necesidad de defender al “maestro”. Algo sí da la impresión, pues tanto este artículo como el precedente (el de Josechu) parecen centrarse más en el mensajero que en el mensaje (aunque no creo que quien lea con cierta asiduidad a Marsá piense que éste necesita de ningún defensor, ni siquiera que le pueda inquietar ser tildado de godo). Pero no creo que esta primera impresión sea la más crucial.
Percibo que lo que en el fondo manifiestan ambos artículos es la preocupación por el uso persistente, en lo que debería ser un debate argumentado, de apelativos de distinto calibre que, sin abordar el debate, pretenden sofocarlo descalificando a quien lo plantea. Siendo ésta una práctica tan habitual que apenas sorprende, cobra especial significado si proviene del director de un medio impreso, de quien cabría esperar opiniones más formadas y otros recursos dialécticos.
Quizá la explicación se encuentre en el exceso de nacionalismo que apunta Marsá, aunque para mí que obedece a una explicación menos ideológica y más visceral: el convencimiento, siempre soterrado y nunca dicho, de que los de aquí tenemos más derechos que los de allí, somos más y mejores personas y acogemos a los de fuera, les hacemos un favor; y que no importa el tiempo que pase, porque los de fuera, aunque estén aquí –gracias a nosotros, porque también podríamos echarles– nunca serán de aquí.
El niño g
8:57 | 27 Mayo 2006 | Permalink
Llama la atención la calma con la que los aludidos se han tomado la cosa… ¿será que están reflexionando sus comentarios? Sería, la verad, un hecho sin precedentes.
Teca
8:42 | 29 Mayo 2006 | Permalink
Luego está lo de meterse unos con otros para crear polémica, lo que no está nada mal, si lo que se intenta es estar en el candelabro. No creo que tan buenas cabezas necesiten el protagonismo,¿o sí? Habrá quienes perdonen la vida al godo, y se crean con más derechos por ser de aquí, habrá de todo, pero yo, con franqueza, me aburro.
heartless
23:03 | 4 Junio 2006 | Permalink
vergüenza este debate dará a escritores de aquí y de alli. Escriben para que los lean personas individuales no para hacer patria.