Editorial
[La Isla, 7 de abril de 2006]
Al hilo de la reciente celebración de las I Jornadas Preventivas sobre Acoso Escolar, organizadas por el Ayuntamiento de Tías, cabe hacerse numerosas reflexiones sobre un tema que preocupa cada día más a educadores, familias y administraciones públicas. ¿Cómo intervenir para prevenir y para reconducir esos procesos? ¿Cuáles son los mecanismos que crean esa relación entre víctimas y maltratadores en un grupo de iguales? ¿Qué se puede hacer desde el sistema educativo y desde el conjunto de la sociedad para evitar que las primeras experiencias de socialización de un chico o una chica se conviertan en un infierno?
No podemos afirmar que la situación en nuestros centros escolares sea alarmante aún. Es cierto que la convivencia educativa se mueve por parámetros muy alejados aún de los que se sufren en otros sociedades más desarrolladas, en las que hemos observado como en algunos institutos se hacía precisa la presencia de la policía y hasta se efectuaban estrictos controles de seguridad para evitar la entrada de armas en el recinto. Y recalcamos el aún porque para impedir que el problema crezca es necesaria la reflexión y la generación de condiciones desde hoy.
Esos fenómenos de maltrato, de burla, de desprecio han estado presentes siempre. Los abusos y chanzas se pueden dirigir a un pibe por tener gafas, las orejas grandes, padecer una dificultad motora, tener exceso de peso o mostrar abiertamente su homosexualidad. En otras ocasiones entran en juego elementos de racismo o de xenofobia.
Siempre hubo abusadores y víctimas, así como pasivos espectadores. Y, por no ser tan negativos, también hubo y hay gente justa que rechaza a los maltratadores y apoya abiertamente a sus víctimas.
El asunto de la violencia escolar no es un problema menor, por el sufrimiento que acarrea y por el papel que juega en el desarrollo de las personalidades de cada uno de los actores del proceso. Las víctimas, con dificultades para integrarse socialmente, con su autoestima destrozada y con el dolor de verse continuamente humillados, ridiculizados. Los agresores construyendo una forma de ser perversa, en la que todo vale, en la que los comportamientos injustos y amorales están sometidos a la más absoluta impunidad. Los espectadores, convertidos en muro de silencio de situaciones injustas, evitando que trasciendan y colocándose en una poca presentable neutralidad entre verdugos y víctimas. Y todos educándose en una máxima: la de la razón de la fuerza frente a la fuerza de la razón.
Intervenir para prevenir. Esa es la clave. Y hacerlo sabiendo que la escuela no es algo aislado del conjunto de una sociedad que educa en muy diversos foros, desde la familia a los medios de comunicación. Ello exige cultivar, desde todos los ámbitos, valores de solidaridad, de igualdad, de tolerancia, de respeto a la diferencia. Unos valores bastante alejados de los que en muchas ocasiones se nos venden desde las propias programaciones televisivas infantiles, que jalean a los vencedores, a los capaces de suscitar apoyos y reconocimientos de liderazgo, y son absolutamente crueles con los perdedores; que justifican, en fin, la violencia y el abuso de poder.
Y para abordar consecuentemente este fenómeno también se precisa, junto al cultivo de valores, la puesta en marcha de actuaciones desde el ámbito educativo y desde el psicológico dirigidas tanto a maltratadores como a víctimas y espectadores de las acciones violentas.
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