Heraclio Sánchez
María y Pedro son amigos. Conviven desde hace veinte años. Tienen dos hijos. Una guapísima moza ya de 14 años y un pequeño diablillo de 10. Beatriz y Pedrito llevan por nombres las criaturas. Viven en Conil, término municipal de Tías. Aunque coincidimos en multitud de ocasiones a lo largo del año, hacía unas cuantas temporadas que no charlábamos sobre sus vidas, aquí y ahora, después de 20 años de convivencia, matrimonio y fiesta de altura mediante, y el crecimiento de sus dos retoños.
Hablamos mucho el pasado sábado. Pero lo que más me llamó la atención fue el trabajo extra de los padres para facilitarles una buena educación a sus hijos.
Al vivir en Conil, al tener María turno de mañana en el trabajo y Pedro horario partido en la empresa que dirige, se las ven y se las desean. Básicamente, me dicen, por carecer el pueblo, como la isla entera, de un digno sistema de transporte público. Sus vidas, sí, sus vidas, estarían mejor si dejaran de ejercer de taxistas de sus hijos.
Pónganse en su lugar; es posible que ya lo estén. De lunes a viernes, cornetilla de salida a las 7 de la mañana; desayunos; María coge el coche, deposita a Beatriz y Pedrito, una en el Instituto de Tías, el otro en el Colegio; María, después, a Puerto del Carmen de 8.30 a 14.30 horas. Más tarde, María sube la cuesta de Tías, ve el campo de golf en construcción, le entran arcadas, pero tiene que seguir cuesta arriba, trinca a Pedrito recién comido en el recién inaugurado comedor escolar (“Bendito comedor, Heraclio, bendito comedor”), y trinca a Beatriz que hoy comió en casa de una amiga.
Pedro ha tenido una mañana más tranquila. Entra a su empresa aproximadamente a las nueve y llegará a casa a las tres. María, Beatriz y Pedrito le esperan. María ya preparó la mesa. Él se sienta y come. Cómo ha ido el día y lo que queda de éste conforman la conversación de mediodía.
Un cuarto de hora después de tomar el café, Pedro trinca a Beatriz y Pedrito: Bea irá a clase de baloncesto, a Pedrito le toca hoy judo. Afortunadamente, los gustos de los chavales se ajustan, casi todos los días, a la oferta que ofrece el núcleo de Tías. Casi todos los días porque a Bea, a principios de este curso, le dio por aprender a bailar y los martes y jueves hay que ir a Playa Honda, después del baloncesto o el inglés, según el día. En esos días, María, la madre, tendrá que encender su coche, tras poner la colada y preparar lo sustancial de la comida del día siguiente, coger a su hija del baloncesto o inglés y viajar a Playa Honda.
En Playa Honda o en Tías, más o menos cuando concluye la jornada laboral de Pedro, el padre va a recoger a sus hijos. A eso de las ocho y media de la tarde llega a casa. Destrozado. Como él, ella, María.
Ya tienen 10 y 14 años. Se duchan solos, harán sus pocos deberes (“es que no les ponen deberes, Heraclio”) y a la cama, que mañana es otro día.
Esta situación, mes tras mes, de lunes a viernes. Porque el sábado habrá que madrugar nuevamente, “esos son los días que duelen más”, me dice el amigo Pedro. Empezó la liga de baloncesto y las exhibiciones de judo. Y cada sábado, diana a las siete y recogida a las dos de la tarde. Y bien entrada la tarde, Beatriz, un sábado sí y otro también, empieza a quedar con sus amigas y amigos, y otro viaje de Conil a Playa Honda, parada obligatoria en el Deiland, obliga primero a María a las cinco y a Pedro a las 11 a coger el coche… otra vez.
Buena parte de este ajetreo, me cuentan, se aliviaría con un digno sistema de transporte público con guaguas interconectadas entre el municipio de Tías y el resto de la isla. “Les acompaño en el sentimiento; esperen sentados, quizá en una década de estas, cuando Beatriz y Pedrito tengan su propio coche, otros padres puedan respirar tranquilos”, les digo.
Era un sábado por la tarde noche cuando apurábamos un buen café y mejor vino en la casa de estos amigos en Conil. “Oye Heraclio, sintiéndolo mucho, tenemos que ir a buscar a Beatriz al Deiland. ¿La semana que viene en tu casa?”, me interrumpe María. “Sí, sin problema; pero sin niños, bichillos”.
Jorge Marsá
11:06 | 31 Marzo 2006 | Permalink
El artículo de Heraclio es buena y cariñosa manera de explicar dos datos que son fundamentales en la sociedad española de hoy: la sociedad europea con menor tasa de natalidad y de mujeres activas laboralmente. Y es que con ese suplicio que narra Heraclio, son muchas mujeres las que se ven obligadas a escoger entre la maternidad o la actividad profesional, pero que consideran que ambas son incompatibles… a no ser que se disfrute de otra rareza española, comparada casi todos los demás países ricos: abuelos. En ese caso, los abuelos cargarán con los nietos, con las deficiencias de un Estado del Bienestar cuyas políticas familiares y cuyas facilidades para que las mujeres puedan efectivamente trababar son nulas. Y lo seguirán siendo por el momento, porque el Gobierno de Zapatero está mucho más interesado en las cuotas y otras alharacas que en poner dinero para abrir guarderías.
raquel
12:05 | 31 Marzo 2006 | Permalink
El artículo está mejor que bien, y es un ejemplo de lo que ocurre con las mujeres españolas, con las madres y las abuelas. Me parece también pertinente el comentario que hace Jorge Marsá. Pero sobre todo me parece estupenda la manera en la que Heraclio nos cuenta este drama cotidiano que viven tantas y tantas mujeres.
Pedro G
20:09 | 31 Marzo 2006 | Permalink
Estoy de acuerdo en que el artículo está muy bien, pero hay un dato que me parece importante y que no se ha tenido en cuenta: parte de la paliza que se tienen que dar María y Pedro obedece a una decisión que sólo es responsabilidad de ellos, que es la de vivir en Conil. Por lo que se cuenta, si vivieran en Playa Honda o Arrecife se evitarían unos cuantos viajes a la semana acarreando a sus hijos. Y es cierto que en la isla el transporte público brilla más por su ausencia que por su presencia, pero también que una sociedad no tiene porque acarrear con las consecuencias de que a la gente le dé por querer irse a vivir al campo en lugar de hacerlo en la ciudad, donde es más sencillo proporcionar los servicios públicos y donde se consume menos territorio. Así que convendría decir que una parte importante de los problemas de María y Pedro es sólo culpa de ellos y de la elección de bastantes lanzaroteños de querer vivir en una casa terrera en el campo.
Juan Tormento
21:06 | 31 Marzo 2006 | Permalink
Es que igual ellos no se fueron de Arrecife, sino que nacieron en Conil y tuvieron la suerte de que los padres de uno de ellos les dejó un cacho de tierra para que se hicieran la casa poco a poco. O es que es obligado marcharte a la ciudad.
Por esa regla de tres, Pedro G., nadie viviría en el campo, sino todos concentraditos en Arrecife y seguro que también tendrías que coger el coche para llevar a los chicos a las clases extraescolares, o sea, que no evitas el problema.
¿Es que los vecinos de Arrecife no llevan a sus hijos al colegio en coche? Claro que si, los dejan cuando van a su trabajo lejos de donde residen, y los recogen cuando vuelven.
En mi época no había clases extraescolares, sólo jugábamos en la calle cuando salíamos del colegio, alrededor de casa, mi padre trabajaba a todas horas y no lo veía nunca y mi madre la recuerdo casi siempre de mal humor limpiando, haciendo de comer y cuidando a todos sus hijos, menos en el verano que nos íbamos al apartamento de la playa, fuera de Arrecife.
Por lo menos ahora se relacionan algo más, aunque sea en un coche.
La Opinión de Lanzarote » Vivir en el campo
0:42 | 3 Abril 2006 | Permalink
[...] El viernes pasado, Heraclio Sánchez publicó un artículo en este blog, titulado «María y Pedro», sobre una pareja que vive en Conil y que, se decía, «se las ven y se las desean. Básicamente, me dicen, por carecer el pueblo, como la isla entera, de un digno sistema de transporte público. Sus vidas, sí, sus vidas, estarían mejor si dejaran de ejercer de taxistas de sus hijos». [...]